Después de la tempestad, la calma. Se quedó dormida al anochecer sobre la mesa del ordenador. La conv...ersación con su antiguo compañero la había dejado muy aturdida y se fue directamente a casa. No sabía muy bien la razón, pero prefirió que esa noche sus hijos la pasasen con los abuelos. Sufridos abuelos, que compartían el dolor de la madre de sus nietos. Así que tras hablar con todos ellos por teléfono, disimulando el llanto que la había quebrantado, se metió en la cama con resignación por no tener a quien abrazar, besar y hacer el amor apasionadamente… Por el contrario, aguardaba a que la pesadilla rubia asaltase nuevamente sus sueños para sumirla en la angustia.
Curiosamente, esa noche durmió de un tirón. Se levantó descansada y asombrosamente animosa, decidida a dar carpetazo al asunto “Cavalcanti” tras visitar la casa y reconocer su fracaso… ante lo que fuera. Devolvería el dinero e intentaría olvidar lo sucedido, como si no hubiera acontecido.
Era temprano, no llevar los niños al colegio ni pasar por su despacho le había dado mayor margen de tiempo. No serían ni las diez cuando enfiló la calle donde se hallaba la mansión. Distinguió una persona frente a la puerta. A medida que se acercaba pudo apreciar que se trataba de una mujer, muy arreglada, parada, como en actitud pensativa. Al pasar a su altura pudo comprobar de quien se trataba… Se bajó del vehículo inmediatamente y se acercó a ella, que se asustó como el que es sustraído súbitamente de sus reflexiones… o recuerdos.
- ¿La señorita Gentile, supongo?
Dudó antes de responder, no por miedo sino porque le costase reconocer ese apellido.
- Sí… sí, soy yo. Hacía muchísimo tiempo – dijo con un ligero acento italiano – que nadie se dirigía a mí utilizando ese apellido… que es el mío. Hubo una época en que llegué a usar el de esta casa, pero…