El caballero del jubón amarillo ( Capítulo final )

Subido hace 11 meses (01/07/2011) en Arte y literatura por ermakysevilla

LA ESPADA Y LA DAGA


—He de confesar que yo estaba aterrado. Y no era para menos. El cond... e de Guadalmedina en persona había ido a buscarme, y ahora caminábamos a buen paso bajo los arcos del patio principal de El Escorial. Don Francisco de Quevedo, a quien estaba
ayudando a poner en limpio unos versos de su comedia cuando Guadalmedina apareció en
la puerta del gabinete, apenas había tenido tiempo de dirigirme una grave ojeada
aconsejando prudencia antes de que el otro me ordenara seguirlo. Ahora me precedía muy
añusgado, oscilándole el elegante herreruelo sobre el hombro izquierdo, la mano zurda en
el pomo de la espada y los pasos impacientes resonando en la galería oriental del patio.
Pasamos así por delante del cuerpo de guardia, tomamos la escalera pequeña junto al juego
de pelota y salimos al piso superior.
—Espera aquí –dijo.
Obedecí, mientras Álvaro de la Marca desaparecía por una puerta. Estaba en un sombrío vestíbulo de granito gris, sin tapices, cuadros ni adornos, y toda aquella piedra fría al rededor me hizo estremecer. Pero aún me estremecí más cuando el de la Marca asomó de nuevo, dijo secamente que, entrase, y al dar cuatro pasos me vi en una galería larga, el
techo pintado y las paredes ornadas con frescos que representaban escenas militares, sin
otros muebles que un bufete con aderezo de escribir y una silla. La estancia tenía nueve
ventanas a un lado, abiertas a un patio interior cuya luz iluminaba la prolongada pintura
principal que decoraba la pop red opuesta, donde antiguos caballeros cristianos reñían con
moros, mostrándose hasta en el menor detalle los pormenores del ejército y del combate.
Era la primera vez que entraba en la galería de las Batallas, y estaba lejos de suponer hasta
qué punto, con el tiempo, aquellas pinturas conmemorando la victoria de la Higueruela, la
gesta de San Quintín y la jornada de las Terceras iban a serme tan familiares como el resto
del edificio real, cuando años después llegué a ser teniente, y luego capitán, de la guardia
vieja de nuestra señor Felipe IV De cualquier modo, en aquel momento, el Iñigo Balboa que caminaba junto al conde de Guadalmedina era sólo un joven asustado, incapaz de apreciar la majestuosidad de las pinturas que decoraban la galería. Mis cinco sentidos estaban puestos en la figura imponente que aguardaba al extremo, junto a la última de las
ventanas: un hombre corpulento, de barba espesa recortada en el mentón y terrible mostacho que se espesaba en las guías. Vestía de lama noguerada, con la cruz verde de Alcántara; y su cabeza, grande, poderosa, se asentaba sobre un cuello que a duras penas se veía contenido por la golilla almidonada. Al acercarme clavó en mí unos ojos inteligentes y amenazadores como arcabuces negros. En los días que narro, aquellos ojos daban pavor a toda Europa

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