Después de aquella noche toledana hubo unos días de calma. Pero como D...iego Alatriste seguía empeñado en no salir de la ciudad ni esconderse, vivíamos en perpetua vigilia, cual si estuviéramos en campana. Mantenerse vivo, descubrí durante esos días, da muchas más fatigas que dejarse morir, y requiere los cinco sentidos. El capitán dormía más de día que de noche, y al menor ruido, un gato en el tejado o un peldaño de madera que crujiese en la escalera, yo me despertaba en mi cama para verlo en camisa, incorporado en la suya con la vizcaína o una pistola en la mano. Tras la escaramuza del Portillo de las Ánimas había intentado mandarme una temporada de vuelta con mi madre, o a casa de algún amigo; pero dije que no pensaba abandonar el campo, que su suerte era la mía, y que si yo había sido capaz de dar dos pistoletazos, igual podía dar otros veinte, si se terciaba. Estado de ánimo que reforcé expresando mi decisión de fugarme, fuera cual fuese el lugar a donde me enviara. Desconozco si Alatriste apreció mi decisión o no lo hizo, pues ya he contado que no era hombre aficionado a expresar sus sentimientos. Pero logré, al menos, que se encogiera de hombros y no volviera a plantear el asunto. Por cierto que al día siguiente encontré sobre mi almohada una buena daga, recién comprada en la calle de los Espaderos: mango damasquinado, cruz de acero y una cuarta larga de hoja de buen temple, fina y con doble filo. Una daga de esas que nuestros abuelos llamaban de misericordia, pues con ellas solía rematarse, introduciéndolas por resquicios de la armadura o la celada, a los caballeros caídos en tierra durante un combate. Aquel arma blanca fue la primera que poseí en mi vida; y la conservé con mucho aprecio durante veinte años hasta que un día, en Rocrol, tuve que dejarla clavada entre las junturas del coselete de un francés. Que no es, por cierto, mal fin para una buena daga como ésa.