Bran tenía los ojos bien abiertos mucho antes de que los dedos pálidos del amanecer empezaran a filtrarse po...r las hendiduras de los postigos.
Había visitas en Invernalia, los invitados habían llegado para el festín de la cosecha. Aquella mañana justarían contra el estafermo del patio. En el pasado, la perspectiva lo habría llenado de emoción. En el pasado.Ya no. Serían los Walders quienes cruzarían lanzas con los escuderos de la escolta de Lord Manderly, y Bran no podría tomar parte. Tenía que hacer de príncipe en las
estancias de su padre.
—Escucha con atención y puede que aprendas lo que de verdad significa ser un señor —le había dicho el maestre Luwin.
Bran no había pedido que lo nombraran príncipe. Su sueño había sido siempre convertirse en un caballero: armadura brillante, estandartes al viento, una lanza, una espada, un caballo de combate entre las piernas... ¿Por qué tenía que perder el tiempo escuchando a unos viejos hablar de cosas que sólo entendía a medias?
«Porque estás roto», le recordó una voz en su interior. Un señor sólo tenía que
permanecer sentado entre cojines, podía estar tullido. Los Walders le habían contado
que su abuelo estaba tan débil que había que llevarlo a todas partes en una litera. Pero a
un caballero no, un caballero debía ir a lomos de un gran caballo. Además, era su deber.
—Eres el heredero de tu hermano y el Stark de Invernalia —le dijo Ser Rodrik,
para después recordarle cómo Robb se sentaba junto a su señor padre cuando iban a
verlo sus vasallos.