“Hermanos míos, ¿de qué aprovechará si alguno dice que tiene fe, y no tiene obras?” (Santiago 2: 14)
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“Pero sin fe es imposible agradar a Dios; porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que le hay, y que es galardonador de los que le buscan” (Hebreos 11: 6)
Decimos que la verdadera fe no es un deseo, una buena intención, ni siquiera una esperanza.
El cristiano ha de vivir de modo muy diferente respecto del que no conoce a Dios.
A diferencia del no creyente, el cual entiende que debe valerse sólo por sí mismo en sus solas fuerzas, nosotros hemos de vivir en la gracia, que es la plenitud de lo que Dios nos da para permanecer vivos en Él en este mundo condenado, ser más que vencedores.
Todo lo que es de Dios, su provisión, está reservado para ser manifestado a través del único y poderoso recurso: LA FE.
Ahora bien, ¿cómo llevamos la fe a la práctica? ¿Cómo hacer que nuestra fe sea real en nuestro caminar por este mundo?
Dijimos que la fe no debe ser confundida con un sentimiento o una emoción. La fe es algo que es de Dios, no pude ser fabricado por el creyente, ni tampoco es parte de su naturaleza.
Esto último es importante entenderlo: la fe verdadera afecta o inspira nuestras emociones, pero no surge de ellas. La fe verdadera afecta o inspira nuestra mente y pensamiento, pero no surge de nuestra mente o pensamiento.