Judy, Dorothy en la historia, le dice a su perrito tras el ciclón que les traslada a Oz: ””Totó”, me p...arece que ya no estamos en Kansas”, una frase que se convirtió en una bienvenida irónica a los “hermanos” recién salidos del armario en los años setenta, al igual que decir “soy amigo de Dorothy” era la manera de decir que se era homosexual.
Diez años después del estreno en 1939, había comenzado la identificación homosexual con la vulnerabilidad a la vez que con el carácter indómito de Garland. Sus calamidades y triunfos, una y otra vez recomenzando y cantando con gran emoción letras en las que se equiparaba el sufrimiento con la supervivencia, les pareció el mejor símbolo de sus propias vidas, además de que en sus interpretaciones, como en las de Greta Garbo, Dietrich o Streisand, mezclaba indumentaria masculina y femenina para dar un aspecto andrógino y, en muchas de sus películas, Garland no actúa según lo que un hombre esperaría de ella: ni busca ayuda ni tampoco convertirse en un objeto de deseo.
Los protagonistas de la película son una adolescente disfrazada de niña, Judy tenía 16 años, un león miedoso que busca un talismán que le devuelva el valor, un muñeco de latón oxidado que busca un corazón y un espantapájaros sin huesos que quiere caminar sin muletas. Todos anhelando escapar de la sordidez del mundo gris, valorar su diferencia y marginalidad respecto al resto, y aprendiendo al final que deben aceptarse a sí mismos tal como son. Los homosexuales la entendieron como un viaje épico y mítico del mundo normativo heterosexual a otro de la comunidad gay. Por si esto fuera poco, resulta además que el hada buena, viste como un travestido.
Hace dos años, el 7 de abril de 2007, la firma Sotheby’s rompió el récord de recaudación alcanzada por lotes de recuerdos cinematográficos. Tenían entre los objetos el traje de Supermán, uno de los usados por Christopher Reeve, considerado uno de los puntos fuertes de aquel día. El traje del hombre de acero alcanzó 115.000 dólares, pero tan sólo pudo igualar a otro de “El mago de Oz”. ¿El de Dorothy?, ¿el del león?. No. La misma cifra fue pagada por el de Winkie, simplemente uno de los guardas de la malvada bruja del oeste.
El exquisito George Cukor encauzó a la adolescente Judy Garland en la composición de la niña Dorothy Gale, antes de irse a “Lo que el viento se llevó”, y Victor Fleming tomó las riendas hasta casi acabar, pero no lo remató, porque le llamaron para sustituir de nuevo a Cukor, cuando Clark Gable exigió que le pusieran en la calle, porque “a mi no me dirige un marica”.
La volvemos a ver generación tras generación, con su magia indefinible que la defiende de la erosión del tiempo, porque sigue siendo la exploración más perturbadora de un mundo con apariencia de felicidad y futuro, pero el más turbio y menos infantil de los que existen. Es decir, la metáfora cinematográfica de nuestro mundo y nuestra vida.