L50PQHQVADM (31de50): La dama de Shanghai (1948)

Subido hace 1 año (27/03/2011) en Cine, tv y espectáculos por Juan Lopez Ayala

Todos tenemos una deuda con la RKO por no ceder a la presión de la prensa amarillista del ciudadano Hearst, y... darle a Orson Welles el control completo de "Ciudadano Kane", la película de las películas. No es de extrañar que el joven genio se hiciera sumo sacerdote de los adoradores de Shakespeare y Kafka, del melodrama trágico y del absurdo dramático, cuando después de terminar su obra maestra absoluta se encontró en Hollywood con una oposición casi universal en vez de con los mecenas que le habían prometido. Orson pasó de ser “enfant terrible” a terrible a secas, haciendo el recorrido de triunfo absoluto a descalabro total en un tiempo record, no superado por nadie desde entonces. Las alabanzas de prodigio se transformaron en rumores de manirroto, la peor calumnia que puede colgar Hollywood. La prensa de Hearst comenzó a llamarle “la barba”, Orson se la dejó crecer para un personaje y disimular su papada, porque ninguna figura pública norteamericana había usado barba desde el asesinato del zar Nicolás, y si en cambio Marx, Engels y Lenin o Trotsky.
En realidad Welles hizo siempre las películas más baratas del cine de su tiempo, y no sólo consiguió hacer “Macbeth” con miserias, sino que fue Orson el que puso dinero de su bolsillo, aceptando los papeles menos atractivos para terminar “Otelo”, “Falstaff”, “Mr. Arkadin” y “Fake”. No hay director en toda la historia del cine al que el cine le haya costado tanto dinero.

La calumnia máxima fue perpetrada por Pauline Kael, una crítica eminente del New Yorker, que escribió un libro para demostrar que Orson no hizo “Ciudadano Kane”, sino que se aprovechó de una conjunción casi mágica de un guionista menor, Herman Mankiewicz, y el estado de gracia de otros profesionales.
Welles se convertiría en un personaje temido por los Estudios, que dejaron de financiarle los proyectos por lo caóticos que podían llegar a resultar. No les compensaba la garantía de calidad artística si estaba cargada de polémica.Welles comprendió enseguida lo que pasaba, en cuanto su siguiente película, “The magnificent ambersons” fue montada, terminada en su ausencia y estrenada en un programa doble junto con “La fogosa mexicana ve un fantasma” de Lupe Vélez.

En 1947 Orson no tenía ningún interés por lo que pudiera ofrecerle Hollywood, hacía un año que había terminado "The stranger" un film de temática fascista y su gran proyecto en ese momento era un montaje espectacular de “La vuelta al mundo en 80 días” para el teatro. “Pero, de la noche a la mañana, quebró y me encontré en Boston el día del estreno, sin poder sacar los vestuarios de la estación porque debíamos 50.000 dólares. Sin ese dinero, no podíamos comenzar. Por esa época yo ya estaba separado de Rita; ni siquiera nos hablábamos. Yo no tenía la menor intención de hacer una película con ella. Desde Boston me puse en contacto con Harry Cohn, que era entonces director de la Columbia, y que estaba en Hollywood; le dije: Te tengo preparada una historia extraordinaria si me envías 50.000 dólares a cuenta por telegrama dentro de una hora, y te firmare un contrato para hacerlo. Cohn preguntó: ¿Que historia?. Yo estaba llamando desde la taquilla del teatro; al lado había un muestrario de libros de bolsillo, y le di el titulo ,de uno de ellos : La dama de Shangai, le dije. Compra la novela, y yo haré el filme. Una hora después recibíamos el dinero. Mas tarde, leí el libro y era horrible; de manera que me senté y escribí a toda prisa una historia. Llegue a Hollywood para hacer el filme con un presupuesto muy pequeño y en seis semanas de rodaje. Pero quería mas dinero para mi teatro. Cohn me preguntó por que no empleaba a Rita. Ella dijo que le gustaría mucho. Le di a entender que el personaje no era simpático, que era una mujer que mataba y eso podría dañar su imagen de estrella ante los ojos del público. Rita se empeñó en hacer el filme, y en vez de costar 350.000 dólares, se convirtió en un filme de dos millones. Rita cooperó mucho.”

Rita Hayworth llevaba dos años, desde el éxito de "Gilda", sin cruzarse una mirada con Orson, y sin embargo fue ella quien le pidió a Harry Cohn que la permitiese ocupar un papel pensado para una actriz sin luz estelar en una película de relleno.
Welles repudió los primeros diez minutos de la película porque le sabían a producto enlatado hollywoodiense, pero su genio aparece concentrado en tres grandes escenas: el encuentro en el acuario, la metáfora de los tiburones y la lucha en el laberinto de los espejos, que es uno de los ejemplos de fuerza más audaces y brillantes de todo su cine. Ante la densidad narrativa de la película el dueño de Columbia desafió al que pudiera defenderla diciendo: «le daré 1.000 dólares a cualquiera que pueda explicarme la historia». Comenzó a retocar el filme hasta retrasarlo cerca de un año, y luego estrenarlo como segunda película de un programa doble, prácticamente sin publicidad. “La dama de Shanghai” fracasó en taquilla y desapareció en pocos meses. La personalidad de Welles junto con el reconocimiento de los cinéfilos europeos en los años sesenta, la resucitaron.

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