Jesús enseñó a orar: “Perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores... (versículo 12). Luego insistió (versículos 14, 15) en que, si no deseamos perdonar, Dios no nos perdonará.
El pensamiento es aterrador. En última instancia, todos somos pecadores, y necesitamos el perdón divino. Por eso, todos debemos aprender a per-donar si queremos ser perdonados.
El perdón es importante por ser el fundamento para reparar y mantener buenas relaciones. La carga de pecado es dolorosa, y debe ser liberada por medio del perdón que obtenemos de Dios y por el perdón que otorgamos a otros.
La experiencia del perdón es útil, no solo para quien lo recibe, sino también para quien lo otorga. El sentimiento de gracia y generosidad experimentado por quien concede el perdón acerca a Dios y contribuye a la edificación del carácter.
Un estudio realizado entre personas divorciadas mostró la diferencia entre los que estaban dispuestos a perdonar y los que no lo estaban. Mark Rye, de la Universidad de Iowa, EE.UU., reclutó a 199 personas divorciadas de distintas organizaciones. Los investigadores encontraron que los que extendían el perdón a sus anteriores cónyuges gozaban de niveles más altos de salud mental. Cuando fueron comparados con los que no estaban dispuestos a perdonar, las personas perdonadoras experimentaron niveles más altos de bienestar y satisfacción religiosa, y niveles más bajos de enojo y depresión.
Esto no es una experiencia aislada. El perdón reduce la depresión y la ansiedad, aumenta la estima propia y el bienestar emocional general. En cambio, mantener rencor es peligroso para el cuerpo y el alma.
¿Es esto tan sorpresivo? ¿Quién no ha experimentado el alivio y la sanidad que vienen de ofrecer el perdón a los que los han herido?