Sabiéndose tocado de muerte, Mahler abordó El canto de la tierra como síntesis estética personal y musical..., usando todos los efectivos de la orquesta y de la voz humana (con las tesituras extremas del tenor y la contralto) y fusionándolas. El resultado ¿escribe el profesor Jaume Radigales- es una obra desconcertante y paradójica por su ambivalencia, que fluctúa entre la desesperación y la resignación, pero siempre con la idea subyacente del eterno retorno.