Se acomoda en el colchón hundido en la forma exacta de su cuerpo, como quien ha hallado su lugar definitivo.
...
No la atemoriza el ejército de manchas de humedad en la pared ni su incipiente alianza con espacios descascarados.
Sombras de sombras que la acompañan como un posible cortejo, esos dos círculos ya sin indagatoria, asomando entre los pliegues de su rostro.
Alguna vez, tronco y ramas celebramos el encuentro. Hubo diálogos en las tramas secretas de otros cielos, no cuando ella era una niña y yo me enredaba en una ancianidad prematura.
Tampoco ahora. Ella vuela hacia el incalculable manto, el viaje se ha tornado leve, no le pesa el mundo. Y yo me he convertido en niña, sudando mi intemperie, sin certeza y sin después