Llegaba la flota, y Sevilla, y toda España, y la Europa entera... se aprestaban a beneficiarse del torrente de oro y plata que traía en sus bodegas. Escoltada desde las islas Terceras por la Armada del
Mar Océano, la inmensa escuadra que llenaba el horizonte de velas había arribado a la embocadura del Guadalquivir; y los primeros galeones, cargados de mercancías y riquezas hasta casi hundir las
bordas, empezaban a echar el ancla frente a Sanlúcar o en la bahía de Cádiz. Para agradecer a Dios haber conservado la flota a salvo
de los temporales, de los piratas y de los ingleses, las iglesias organizaban misas y tedeums. Los armadores y cargadores hacían cuentas
del beneficio, los comerciantes disponían sus tiendas para instalar las nuevas mercancías y organizaban su transporte a otros lugares,
los banqueros escribían a sus corresponsales preparando letras de cambio, los acreedores del rey ponían en regla las facturas que esperaban
cobrar en breve, y los funcionarios de las aduanas se frotaban las manos pensando en su propio bolsillo.......