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60 Audios encontrados en Podcast: Audio libros de AudioLibro.org
 
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Descripción del podcast de Audio libros de AudioLibro.org: Audiolibros de calidad en lengua castel.lana



Las alas robadas
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08:22 min | hace 2 años
Las alas robada Audio cuento Anónimo africano Voz: Lola Acevedo Diaz Duración: 8:22 Música: Tom Fahy and Sikos (cc:by-sa) Producción: http://audio-libro.com Grupo Editorial www.Audiolibro.org
Género: Audiolibros y relatos
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Vistes al mar
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02:53 min | hace 2 años
Vistes al mar. Joan Maragall Marta Salvador Torras 3 minutos Music: Ehma (cc:by-sa) Producción: http://audio-libro.com Poet a y escriptor clàssic català. Va néixer a Barcelona l’any 1860 i va morir a la mateixa ciutat el 1911. Maragall, era l’hereu d’una acaudalada família textil. Desde jove va sentir una fervorosa pasió artística que el va abocar a la literatura. El primer premi que va guanyar va ser a l’any 1881 va guanyar els Jocs Florals de Badalona. Encara que es va llicenciar en Dret i, en contra de la voluntat familiar, va seguir cultivant la seva activitat literaria. Al tombant de segle part de la burgesia es va sentir identificada amb el nacionalisme català naixent i amb les idees modernistes representades en arquitectura per Antoni Gaudí, i intimament lligades al romanticisme europeau. Joan Maragall va representar nova ideologia i la va intelectualment amb la seva obra
Género: Audiolibros y relatos
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Una pequeñez
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10:30 min | hace 2 años
Una pequeñez Anton Chejov Voz: David Tenreiro Martínez Duración: 11 Minutos Música: Zero-Project (cc:by-sa) Producción: http://audio-libro.com Anton Chejov nació en Tangarov (Rusia) en 1860 y murió en 1904. Fue un renovador del teatro ruso. Escribir sobre la gente de la calle, sin importancia, indefensa y sin recursos, es una de las características más relevantes de Chejov. Con una mezcla de humor y de tristeza el autor nos dibuja las situaciones más diversas de la vida de cada día. Cuentos, como éste, en los que los personajes luchan contra el ambiente cotidiano que les rodea.
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En el tren
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07:01 min | hace 2 años
En el tren Leopoldo Alas "Clarín" Voz: Enrique Aparicio Robles Duración: 7 Minutos Música: Frozen Silence (cc:by-sa) Aud iolibro.org y audio-libro.com les presenta un singular relato de Clarín en formato audiolibro.
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La sandalia de Nitocris
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05:27 min | hace 2 años
La sandalia de Nitocris Anónimo Egipcio Cuento Voz: Susana Fernández Lázaro Duración: 6 Minutos Música: Esgi (cc:by-sa) Producción: http://audio-libro.com Descargar más audiolibros en nuestro canal dentro de Ivoox.com o en nuestra web : http://audio-libro.com
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Fábula de Esopo
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00:58 min | hace 2 años
Fábulas Esopo Audiolibro Voz: David Tenreiro Martínez Duración: 1 min Música: Torley on piano (cc:by-sa) Producción: ht tp://audio-libro.com El grupo editorial Audiolibro.org les presenta la primera colección de fábulas en audio. Descárgate ésta y muchas más en nuestra Web.
Género: Audiolibros y relatos
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El conductor borracho
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01:51 min | hace 2 años
El conductor borracho Cuento anónimo hindú Voz: Susana Fernández Lázaro Duración 2 Minutos Música: Caerou (cc:by-sa) FX : Audiolibro.org Audiolibro gratis "Si bebes no conduzcas"; este lema siempre ha existido. Más cuentos orientales en http://audio-libro.com
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La zorra de Gibran Khalil Gibran
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01:30 min | hace 2 años
La Zorra Gibrán Khalil Gibran Audiolibro Duración: 1:30 Producción: http://audio-libro.com Grupo Editorial Audiolibro.om Voz: Susana Fernández Lázaro Música: Ehma (jamendo.com) Gibran Khalil Gibran, fue poeta, pintor, novelista, filósofo y ensayista. Nació en Bcherri, Líbano, en 1883 y falleció el 10 de abril de 1931 en Nueva York. Nieto de un sacerdote. Emigra con su familia a los Estados Unidos en 1896. Cuando era estudiante se interesó por las obras de los filósofos árabes. Interesado igualmente por la pintura, comenzó muy joven su obra, pero se vio malograda en parte, como consecuencia de un fatal incendio en una sala de Boston donde exponía. Con su muerte en 1931, perdimos uno de los filósofos y poetas que con más intimidad y profundidad nos mostró los conceptos que tratan de la vida y de la muerte y que se avienen al a máxima socrática del conocerte a ti mismo
Género: Audiolibros y relatos
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Las Leyes
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01:31 min | hace 2 años
Las Leyes Audiolibro Gibrán Khalil Gibrán Voz: Susana Fernández Lázaro Duración: 1:35 Producción: http://audio-libro.co m Música: BrunoXe (cc:by-sa) ?ibr?n Jal?l ?ibr?n ibn Mij?’?l ibn Sa’d, Gibran Khalil Gibran, fue poeta, pintor, novelista, filósofo y ensayista. Nacó en Bisharri, Líbano, en 1883 y falleció el 10 de abril de 1931 en Nueva York.
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El corazón delator de Edgar Allan Poe
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15:46 min | hace 2 años
El corazón delator Edgar Allan Poe Voz: Paco Segura 16 Minutos Música: Chris Onac (Jamendo) Producción: http://audio-libro .com Debido al gran éxito de los audiolibros de Edgar Allan Poe desdel el grupo editorial Audiolibro.org tenemos el placer de obserquiarles con este magnífico audiolibro. Esta versión sonora ha sido adaptada por el gran artista Paco Segura. Esperamos sea de su agrado
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Poema Lope de Vega
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02:19 min | hace 2 años
Poema "Es de Lope" Lope de Vega Duración 2 minutos Voz : María Teresa Ramírez García Música: MusOpen Produción: http:/ /audio-libro.com Grupo Editorial: Audiolibro.com Desmayarse, atreverse, estar furioso, áspero, tierno, liberal, esquivo, alentado, mortal, difunto, vivo, leal, traidor, cobarde y animoso; no hallar fuera del bien centro y reposo, mostrarse alegre, triste, humilde, altivo, enojado, valiente, fugitivo, satisfecho, ofendido, receloso; huir el rostro al claro desengaño, beber veneno por licor süave, olvidar el provecho, amar el daño; creer que un cielo en un infierno cabe, dar la vida y el alma a un desengaño; esto es amor, quien lo probó lo sabe. Lope Félix de Vega y Carpio
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El asceta y la Prostituta
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05:02 min | hace 2 años
El asceta y la Prostituta Anónimo hindú Audiolibro Producción: http://audio-libro.com Voz: Susana Fernández Lázaro Dura ción: 5 Minutos Música: Blancheneige Bazaar Orchestra (Jamendo) Cortesía del Grupo Editorial Audiolibro.org Audiolibro.org pretende acercar los valores éticos a todos los oyentes de la gran colección: Cuentos Orientales. El asceta y la Prostitua se ha extraío del IV Volumen. Puedes escuchar más audiolibros en nuestra Web o en nuestro canal dentro de Ivoox.com
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Cantar de los Cantares : Octavo Cantar
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03:02 min | hace 2 años
Cantar de los Cantares : Octavo Cantar Audiolibro-Poema Rey Salomón Voz: María Teresa Ramírez García Música: Ehma (Jamend o) Producción: http://audio-libro.com Grupo Editorial Audiolibro.org Para todos es bien conocida la gran sabiduría del Rey Salomón. En cierta ocasión, a dos mujeres que habían acudido a él para disputar la maternidad de un niño recién nacido, el sabio rey propuso cortar por la mitad al niño, con la seguridad de que la auténtica madre, antes de ver morir a su hijo, preferiría cederlo a la falsa, con lo que se podría descubrir quién era la verdadera. Y así ocurrió. Aparte de ser un excelente gobernante se le atribuye la composición de los libros del Antiguo Testamento conocidos con el nombre de los Provervios, Cantar de los Cantares y Eclesiastés. Las Sagradas Escrituras afirman que llegó a componer 3000 parábolas y 5000 cánticos. El Cantar de Los Cantares es una especie de égloga pastoril en la cual, empleado un lenguaje propio de pastores, dialogan dos amantes. El grupo editorial Adiolibro.org, con la dirección de María Teresa Ramírez García, ha adaptado este precioso poema romántico en una bella versión sonora que cautivará muchas veces a aquellos que deseen escucharlo.
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Artículos de costumbre : La cuestión transparente
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05:42 min | hace 2 años
Artículos de costumbre : La cuestión transparente Mariano José de Larra Voz: Paco Esquivias Duración: 6 Minutos Música: T om Fahy (cc:by-sa) Audiolibro http://audio-libro.com Grupo editorial audilolibro.org No ha dos días que un señor orador apellidó en el Estamento de Procuradores a la cuestión de los empleos «cuestión transparente», porque detrás de ella, por más que se quiera evitar, siempre se ven las personas. Nosotros pensamos lo mismo. Hay expresiones felices que nunca quedarán, en nuestro entender, bastante grabadas en la memoria. Cuánto sea el valor de estas expresiones, dichas en tiempo y lugar, no necesitamos inculcárselo al lector. Felices son por lo bien ocurridas, felices por el apropósito, y felices, en fin, porque hacen fortuna. Estas expresiones, de tal suerte dispuestas y colocadas, suelen ser el cachetero de las discusiones, la última mano, la razón, en fin, sin réplica ni respuesta. Después que un orador ha dicho en clara y distinta voz que el Pretendiente es un faccioso más, ya quisiera yo saber qué se le contesta. Cuando un orador suelta el «mal aconsejado», el «inoportuno», el «cimiento» y la «rama podrida», ya quisiera yo que me dijeran hasta qué punto puede llevarse la cuestión en cuestión; y si hay oradores, si hay epítetos y adjetivos, si hay expresiones felices, hay cuestiones que no lo son menos. Una cuestión, cuando es una simple cuestión, es una cuestión y nada más. Pero hay cuestiones de cuestiones. Las hay espesas y de suyo oscuras y enmarañadas, al trasluz de las cuales nada se ve; puédese escribir encima de ellas non plus ultra: nada hay más allá. Entre éstas pudiera muy bien clasificarse la de los derechos sociales. ¿Qué se ve al través de esta cuestión? Nada ciertamente: algún «visto», algún «veremos», o por mejor decir algún «no veremos». La de la libertad de imprenta. He aquí otra cuestión, oscura, negra como boca de lobo. Encima de ella ya se distinguen algunas prohibiciones, tal cual destierro; pero al trasluz, ¿qué se ve detrás? Absolutamente nada; como dice Guzmán en La pata de cabra, «sólo se ve que no se ve nada». La de la Milicia Urbana: he aquí una señora cuestión; ésta es más tupida que una manta. ¿Qué se ve detrás? Es todo lo más si confusamente se divisa por encima un reglamento, que se las puede apostar en enmiendas y fe de erratas al mismo diccionario geográfico. Es todo lo más si en la superficie se distinguen algunos miles de hombres sin fusiles, y multitud de fusiles sin hombres. Pero al trasluz nada. Semejante al retablo de maese Pedro, las pocas figuras que hay, todas están delante. Detrás ni aun Ginesillo de Parapilla y Pasamonte, que las mueve, se distingue. Estas cuestiones, pues, oscuras y tupidas, no valen nada. Las grandes cuestiones son las transparentes. La de los empleos, por ejemplo: he aquí una cuestión de pura gasa. Aquí es donde se ve claro: detrás de ella no se necesita lente para echar de ver los empleos, y no tamaños como avellanas; el más pequeño aparece a guisa de prodigio microscópico, más grande que nuestra misma libertad, y en punto a tamaños no hay más que ponderar; pues aun se ve más, porque detrás del empleo se ve a lo lejos (un poco más en pequeño, es verdad) al hombre, pero se ve. ¡Qué no se divisa detrás de ciertos empleos, y no a ojos vistas precisamente, sino aun a cierra ojos! Se ven los empleados de los diez años; verdad es que apenas se ven los de los tres; pero, en fin, se ve; en una palabra, se ve que se ve algo; se ve que se verá más; y se verá, digámoslo de una vez, lo que siempre se ha visto; los compromisos, los amigos, los parientes... es el gran punto de vista: todo se ve. ¡Fatalidad de las cosas humanas! En las otras cuestiones anhelaríamos la transparencia. Y en ésta, en que se ve, nos hallamos precisados a exclamar: «¡Ojalá no se viera!». El Observador, n.º 97, 19 de octubre de 1834. Firmado: F.
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Cerraron sus ojos
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03:11 min | hace 2 años
Cerraron sus ojos Gustavo Adolfo Bécquer 3 Minutos Voz: Macu Gómez Música: Torley on Piano (CC:BY, Jamendo) http://Audio-l ibro.com http://www.audiolibro.org Extraído de Rimas LI Cerraron sus ojos que aún tenía abiertos, taparon su cara con un blanco lienzo, y unos sollozando, otros en silencio, de la triste alcoba todos se salieron. La luz que en un vaso ardía en el suelo, al muro arrojaba la sombra del lecho, y entre aquella sombra veíase a intérvalos dibujarse rígida la forma del cuerpo. Despertaba el día y a su albor primero con sus mil ruidos despertaba el pueblo. Ante aquel contraste de vida y misterio, de luz y tinieblas, yo pensé un momento: ¡Dios mío, qué solos se quedan los muertos! De la casa, en hombros, lleváronla al templo, y en una capilla dejaron el féretro. Allí rodearon sus pálidos restos de amarillas velas y de paños negros. Al dar de las Ánimas el toque postrero, acabó una vieja sus últimos rezos, cruzó la ancha nave, las puertas gimieron y el santo recinto quedóse desierto. De un reloj se oía compasado el péndulo y de algunos cirios el chisporroteo. Tan medroso y triste, tan oscuro y yerto todo se encontraba que pensé un momento: ¡Dios mío, qué solos se quedan los muertos! De la alta campana la lengua de hierro le dio volteando su adiós lastimero. El luto en las ropas, amigos y deudos cruzaron en fila formando el cortejo. Del último asilo, oscuro y estrecho, abrió la piqueta el nicho a un extremo; allí la acostaron, tapiáronle luego, y con un saludo despidióse el duelo. La piqueta al hombro el sepulturero, cantando entre dientes, se perdió a lo lejos. La noche se entraba, el sol se había puesto: perdido en las sombras yo pensé un momento: ¡Dios mío, que solos se quedan los muertos! En las largas noches del helado invierno, cuando las maderas crujir hace el viento y azota los vidrios el fuerte aguacero, de la pobre niña a veces me acuerdo. Allí cae la lluvia con un son eterno; allí la combate el soplo del cierzo. Del húmedo muro tendida en el hueco, ¡acaso de frío se hielan los huesos...! (...) ¿Vuelve el polvo al polvo? ¿Vuela el alma al cielo? ¿Todo es, sin espíritu, podredumbre y cieno? No sé; pero hay algo que explicar no puedo, algo que repugna aunque es fuerza hacerlo a dejar tan tristes, tan solos los muertos.
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La Ley del Talión logo de AudioLibro.org
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09:30 min | hace 3 años
La Ley del Talión. Audiolibro. Narradora: Macu Gómez Música: BrunoXe Duración: 9:27 Un honesto burgués de la Picardía, descendiente tal vez de uno de aquellos ilustres trovadores de las riberas del Oise o del Somme, cuya olvidada existencia acaba de ser rescatada de las tinieblas apenas hace diez o doce años por un gran escritor de este siglo; un burgués bueno y honrado, repito, vivía en la ciudad de San Quintín, tan célebre por los grandes hombres que ha dado a la literatura, y vivían allí honradamente él, su mujer y una prima en tercer grado, religiosa en un convento de la ciudad. La prima en tercer grado era una muchacha morena, de ojos vivaces, nariz respingona y esbelto talle. Fastidiada por tener veintidós años y por ser religiosa desde hacía ya cuatro, la hermana Petronila, pues ese era su nombre, poseía además una bonita voz y mucho más temperamento que religión. En cuanto a Esclaponville, que así se llamaba nuestro burgués, era un joven gordinflón de unos veintiocho años a quien por encima de todo le gustaba su prima y no tanto, ni muchísimo menos, la señora de Esclaponville, pues venía acostándose con ella desde hacía ya diez años y un hábito de diez años resulta verdaderamente funesto para el fuego del himeneo. La señora de Esclaponville -hay que hacer su descripción, pues, ¿qué ocurriría si no cuidásemos las descripciones en un siglo en el que sólo hay demanda de cuadros, en el que incluso una tragedia puede no ser aceptada si los vendedores de telones no ven en ella seis cambios de decorado, por lo menos.-; la señora de Esclaponville, repito, era una rubianca algo insípida pero blanca como la nieve, con unos ojos bastante bonitos, algo entrada en carnes y con esos mofletes que se suelen atribuir a una buena vida. Hasta el momento en que nos hallamos, la señora de Esclaponvílle ignoraba que pudiera existir una forma de vengarse de un esposo infiel. Prudente como su madre, que había vivido ochenta y tres años con el mismo hombre sin haberle sido infiel jamás, era todavía tan ingenua y tan candorosa que no podía ni siquiera sospechar ese espantoso crimen que los casuistas han denominado adulterio y que los sofisticados, que todo lo suavizan, han calificado simplemente de galantería. Pero una mujer traicionada pronto recibe consejos de venganza de su resentimiento, y como nadie quiere quedarse a la zaga, en seguida que se le presenta la ocasión no hay cosa alguna que la arredre para que nada le puedan reprochar. La señora de Esclaponvílle se enteró, al fin, de que su querido esposo visitaba con excesiva frecuencia a la prima en tercer grado; el demonio de los celos se apodera de su alma, acecha, se informa y acaba por descubrir que hay muy pocas cosas en San Quintín tan probadas como los amoríos de su esposo y de sor Petronila. Segura de su efecto, laseñora de Esclaponville declara finalmente a su marido que la conducta que observa la desgarra el alma; que ella nunca ha merecido un comportamiento semejante, y le ruega que no siga haciendo de las suyas. -¿De las mías? -le contesta flemáticamente su marido- ¿No sabes, amiga mía, que acostándome con mi prima la religiosa gano mi salvación? Con una intriga tan santa el alma queda limpia; es como identificarse con el Ser supremo; es como si el Espíritu Santo tomara cuerpo dentro de uno mismo. No puede haber ningún pecado, mujer, con personas consagradas a Dios; purifican todo lo que se hace con ellas, y frecuentarlas sume despejar el camino hacia la beatitud celestial. La señora de Esclaponville; no muy satisfecha del éxito de su amonestación, no despegó los labios, pero jura en su fuero interno que ya sabrá encontrar alguna forma de elocuencia más persuasiva... Lo malo de esto es que las mujeres siempre encuentran lo que buscan: por poco atractivas que sean, no tienen más que invocarlos y los vengadores les llueven por todas partes. En la ciudad vivía cierto vicario de parroquia al que llamaban el padre Bosquet, un buen mozo de unos treinta años que andaba detrás de todas las mujeres y que estaba haciendo un bosque con las frentes de todos los maridos de San Quintín. La señora de Esclaponville comió al vicario; como es inevitable, el vicario conoció a su vez a la señora de Esclaponville y los dos llegaron a conocerse tan a fondo que ambos hubieran podido pintar un retrato de cuerpo entero del otro sin temor a la más pequeña equivocación. Al cabo de un mes todos acudieron a felicitar al bueno de Esclapooville, que se jactaba de ser el único que había escapado a las temibles galanterías del vicario y de poseer la única frente aún no mancillada por aquel granuja. -Eso no puede ser-contesta Esclaponville a quienes se lo contaban-, mi mujer es tan virtuosa como una Lucrecia, no lo creería aunque me lo repitieran mil veces. -Entonces, ven -le dice uno de los amigos-, ven y haré que te convenzas con tus propios ojos y luego ya veremos si sigues dudándolo. Esclaponville se deja llevar y su amigo le conduce a un paraje solitario, a una media legua de la ciudad, donde el Somme, encajonado entre dos arboledas frescas y cubiertas de flores, invita a los habitantes de la ciudad a un delicioso baile; pero como la cita era a una hora en la que por lo general nadie se esta bañando todavía, nuestro infortunado esposo apura el amargo trago de ver cómo aparece primero su virtuosa mujer y acto seguido su rival sin que nadie venga a estorbarles. - ¿Y qué? -le pregunta su amigo a Esclaponville-, ¿ya te empieza a picar la frente? -Todavía no -contesta el burgués rascándosela, no obstante, sin darse cuenta-, a lo mejor viene aquí a confesarse. -Entonces esperemos al desenlace -responde su amigo. No tuvieron que esperar demasiado. Nada más llegar a la deliciosa sombra del oloroso seto, el padre Bosquet se despoja de todo cuanto pudiera constituir un estorbo para los amorosos abrazos que maquina y pone manos a la obra santamente para elevar, quizá ya por trigésima vez, al bueno y honrado de Esclaponville a la altura de los restantes maridos de la ciudad. -Y bien, ¿ahora lo crees? -le pregunta el amigo. -Volvamos -responde agriamente Esclaponville porque a fuerza de creerlo podría muy bien matar a ese maldito cura y me harían pagarlo más caro de lo que vale; volvamos, amigo mío, y guardadme el secreto, os lo ruego. Sumido en la mayor turbación, Esclaponville regresa a su casa y su beatífica esposa aparece poco después para comer en su casta compañía. -¡Un momento! -exclama el burgués, furioso-. Mujer, siendo aún un niño juré a mi padre que nunca me sentaría a la mesa con prostitutas. -¿Con prostitutas? -le contesta beatíficamente la señora de Esclaponville-. Amigo mío, vuestras palabras me asombran, ¿es que tenéis acaso algo que reprocharme? -¡Pero cómo, carroña! ¿Que si tengo algo que reprocharos? ¿Qué es lo que habéis ido a hacer esta tarde a los baños con nuestro vicario? -¡Oh, Dios mío! -responde la dulce esposa-. ¿Sólo es eso? ¿Eso es todo lo que tienes que decirme? -¡Cómo, diablos, que si es eso todo...! -Pero, amigo mío, yo he seguido vuestros consejos. ¿No me dijisteis que no había nada de malo en acostarse con gente de la Iglesia, que el alma se purificaba con una intriga tan santa, que era como identificarse con el Ser supremo, hacer que el Espíritu Santo entrara dentro de uno y abrirse; en una palabra, el camino de la beatitud celestial...? Pues bien, hijo mío, yo no he hecho más que lo que me indicasteis, por lo que soy una santa y no una ramera. ¡Ah!, y os añado que si alguna de esas almas elegidas de Dios tiene medios para abrir, como vos decíais, el camino de la beatitud celestial, tiene que ser, sin duda, la del señor vicario, pues yo no había visto nunca una llave tan grande.
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Introducción de Rimas y leyendas de Gustavo Adolfo Bécquer logo de AudioLibro.org
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07:30 min | hace 3 años
Narradora: María Teresa Ramírez García Edición y producción: AudioLibro.org Duración 8 minutos Música: Openmus Por lo s tenebrosos rincones de mi cerebro, acurrucados y desnudos, duermen los extravagantes hijos de mi fantasía, esperando en silencio que el arte los vista de la palabra para poderse presentar decentes en la escena del mundo. Fecunda, como el lecho de amor de la miseria, y parecida a esos padres que engendran más hijos de los que pueden alimentar, mi musa concibe y pare en el misterioso santuario de la cabeza, poblándola de creaciones sin número, a las cuales ni mi actividad ni todos los años que me restan de vida serían suficientes a dar forma. Y aquí dentro, desnudos y deformes, revueltos y barajados en indescriptible confusión, los siento a veces agitarse y vivir con una vida oscura y extraña, semejante a la de esas miríadas de gérmenes que hierven y se estremecen en una eterna incubación dentro de las entrañas de la tierra, sin encontrar fuerzas bastantes para salir a la superficie y convertirse, al beso del sol, en flores y frutos. Conmigo van, destinados a morir conmigo, sin que de ellos quede otro rastro que el que deja un sueño de la media noche, que a la mañana no puede recordarse. En algunas ocasiones, y ante esta idea terrible, se subleva en ellos el instinto de la vida, y agitándose en formidable aunque silencioso tumulto, buscan en tropel por dónde salir a la luz, de entre las tinieblas en que viven. Pero, ¡ay!, que entre el mundo de la idea y el de la forma existe un abismo que sólo puede salvar la palabra, y la palabra, tímida y perezosa, se niega a secundar sus esfuerzos. Mudos, sombríos e impotentes, después de la inútil lucha vuelven a caer en su antiguo marasmo. ¡Tal caen inertes en los surcos de las sendas, si cesa el viento, las hojas amarillas que levantó el remolino! Estas sediciones de los rebeldes hijos de la imaginación explican algunas de mis fiebres: ellas son la causa, desconocida para la ciencia, de mis exaltaciones y mis abatimientos. Y así, aunque mal, vengo viviendo hasta aquí paseando por entre la indiferente multitud esta silenciosa tempestad de mi cabeza. Así vengo viviendo; pero todas las cosas tienen un término, y a éstas hay que ponerles punto. El insomnio y la fantasía siguen y siguen procreando en monstruoso maridaje. Sus creaciones, apretadas ya como las raquíticas plantas de un vivero, pugnan por dilatar su fantástica existencia disputándose los átomos de la memoria, como el escaso jugo de una tierra estéril. Necesario es abrir paso a las aguas profundas, que acabarán por romper el dique, diariamente aumentadas por un manantial vivo. ¡Andad, pues! Andad y vivid con la única vida que puedo daros. Mi inteligencia os nutrirá lo suficiente para que seáis palpables; os vestirá, aunque sea de harapos, lo bastante para que no avergüence vuestra desnudez. Yo quisiera forjar para cada uno de vosotros una maravillosa estrofa tejida con frases exquisitas, en la que os pudierais envolver con orgullo como en un manto de púrpura. Yo quisiera poder cincelar la forma que ha de conteneros, como se cincela el vaso de oro que ha de guardar un preciado perfume. Mas es imposible. No obstante, necesito descansar; necesito, del mismo modo que se sangra el cuerpo por cuyas henchidas venas se precipita la sangre con pletórico empuje, desahogar el cerebro, insuficiente a contener tantos absurdos. Quedad, pues, consignados aquí como la estela nebulosa que señala el paso de un desconocido cometa, como los átomos dispersos de un mundo en embrión que avienta por el aire la muerte antes que su creador haya podido pronunciar el fiat lux que separa la claridad de las sombras. No quiero que en mis noches sin sueño volváis a pasar por delante de mis ojos en extravagante procesión pidiéndome, con gestos y contorsiones, que os saque a la vida de la realidad, del limbo en que vivís, semejantes a fantasmas sin consistencia. No quiero que al romperse este arpa, vieja y cascada ya, se pierdan, a la vez que el instrumento, las ignoradas notas que contenía. Deseo ocuparme un poco del mundo que me rodea, pudiendo, una vez vacío, apartar los ojos de este otro mundo que llevo dentro de la cabeza. El sentido común, que es la barrera de los sueños, comienza a flaquear, y las gentes de diversos campos se mezclan y confunden. Me cuesta trabajo saber qué cosas he soñado y cuáles me han sucedido. Mis afectos se reparten entre fantasmas de la imaginación y personajes reales. Mi memoria clasifica, revueltos, nombres y fechas de mujeres y días que han muerto o han pasado, con los días y mujeres que no han existido sino en mi mente. Preciso es acabar arrojándoos de la cabeza de una vez para siempre. Si morir es dormir, quiero dormir en paz en la noche de la muerte, sin que vengáis a ser mi pesadilla maldiciéndome por haberos condenado a la nada antes de haber nacido. Id, pues, al mundo a cuyo contacto fuisteis engendrados, y quedad en él como el eco que encontraron en un alma que pasó por la tierra sus alegrías y sus dolores, sus esperanzas y sus luchas. Tal vez muy pronto tendré que hacer la maleta para el gran viaje. De una hora a otra puede desligarse el espíritu de la materia para remontarse a regiones más puras. No quiero, cuando esto suceda, llevar conmigo, como el abigarrado equipaje de un saltimbanqui, el tesoro de oropeles y guiñapos que ha ido acumulando la fantasía en los desvanes del cerebro. Gustavo Adolfo Bécquer Junio de 1868
Género: Audiolibros y relatos
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El silencio de las sirenas. logo de AudioLibro.org
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03:41 min | hace 3 años
El silencio de las sirenas. MP3 Audio libro. Duración: 4 minutos. Autor: Franz Kafka. Narrador: Carlos Alberto Lara Carranza . Producción y edición: AudioLibro.org Existen métodos insuficientes, casi pueriles, que también pueden servir para la salvación. He aquí la prueba: Para guardarse del canto de las sirenas, Ulises tapó sus oídos con cera y se hizo encadenar al mástil de la nave. Aunque todo el mundo sabía que este recurso era ineficaz, muchos navegantes podían haber hecho lo mismo, excepto aquellos que eran atraídos por las sirenas ya desde lejos. El canto de las sirenas lo traspasaba todo, la pasión de los seducidos habría hecho saltar prisiones mas fuertes que mástiles y cadenas. Ulises no pensó en eso, si bién quizá alguna vez, algo había llegado a sus oídos. Se confió por completo en aquel puñado de cera y en el manojo de cadenas. Contento con sus pequeñas estratagemas, navegó en pos de las sirenas con inocente alegría. Sin embargo, las sirenas poseen un arma mucho más terrible que el canto: su silencio. No sucedió en realidad, pero es probable que alguien se hubiera salvado alguna vez de sus cantos, aunque nunca de su silencio. Ningún sentimiento terreno puede equipararse a la vanidad de haberlas vencido mediante las propias fuerzas. En efecto, las terribles seductoras no cantaron cuando pasó Ulises; tal vez porque creyeron que a aquel enemigo sólo podía herirlo el silencio, tal vez porque el espectáculo de felicidad en el rostro de Ulises, quien sólo pensaba en ceras y cadenas les hizo olvidar toda canción. Ulises, (para expresarlo de alguna manera) no oyó el silencio. Estaba convencido de que ellas cantaban y que sólo él se hallaba a salvo. Fugazmente, vió primero las curvas de sus cuellos, la respiración profunda, los ojos llenos de lágrimas, los labios entreabiertos. Creía que todo era parte de la melodía que fluía sorda en torno de él. El espectáculo comenzó a desvanecerse pronto; las sirenas se esfumaron de su horizonte personal, y precisamente cuando se hallaba más próximo, ya no supo mas acerca de ellas. Y ellas, más hermosas que nunca, se estiraban, se contoneaban. Desplegaban sus húmedas cabelleras al viento, abrían sus garras acariciando la roca. Ya no pretendían seducir, tan sólo querían atrapar por un momento más el fulgor de los grandes ojos de Ulises. Si las sirenas hubieran tenido conciencia, habrían desaparecido aquel día. Pero ellas permanecieron y Ulises escapó. La tradición añade un comentario a la historia. Se dice que Ulises era tan astuto, tan ladino, que incluso los dioses del destino eran incapaces de penetrar en su fuero interno. Por más que esto sea inconcebible para la mente humana, tal vez Ulises supo del silencio de las sirenas y tan sólo representó tamaña farsa para ellas y para los dioses, en cierta manera a modo de escudo.
Género: Audiolibros y relatos
Canal: AudioLibro.org
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El fantasma. logo de AudioLibro.org
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06:35 min | hace 3 años
Título: El Fantasma. Duración: 6,30 minutos. Seudónimo del autor: Juan del Páramo. Nombre del autor: Jonathan Alexander Esp aña Eraso. Introducción: Víctor Hugo. Narrado por: Teresa Ramírez. Editado por: AudioLibro.org.es Quienquiera que tú seas, teme, en esa honda sima, El roce de los vagos pasajeros del sueño… ¡Oh! ¡Los soplos! ¡Temed los soplos de la noche! ¿Adónde os arrebatan? Los cautivos de un sueño se hacen sueño ellos mismos y caen, fatalmente, en el enjambre negro de los rostros etéreos. Víctor Hugo. El cigarrillo dibuja la muerte y él también la dibuja, convirtiendo a aquella pasión en la solitaria soledad de su aposento. Todo se muere: la rosa, el amor, los humores, tu rostro, la vida, el olvido, la muerte; también esta palabra se muere, su lectura, su ruido; solo queda un recurso: convertir a la muerte en pasión. Entre deseos y paredes, la silla crepita y ese es el único sonido que interrumpe el silencio; Un hombre imagina fantasmas viviendo dentro del closet y sonríe sin darse cuenta ante el último vestigio de los miedos de la niñez. Él dibuja ventanas en todas partes, en los muros más altos y en los muros más bajos, en la paredes deformes, en los rincones, en el cielo y hasta en el piso y los techos; dibuja ventanas como si dibujara pájaros o montañas, en el día, en la noche, en las miradas y en los ojos de los fantasmas; habla de diversos ojos: ojos mortecinos e hinchados de noctámbulos, ojos falsos y ojerosos, ojos entornados casi expirantes entre los párpados enrojecidos por el llanto, ojos lagañosos por la enfermedad… todos los ojos de los fantasmas he visto en torno mío –comentó alguna vez- y para él los fantasmas eran solo ojos separados de todo, que se movían aquí y allá, dentro y fuera del closet para mirarlo. Pero él seguía incesante en su tarea, dibujando ventanas en los alrededores de la muerte, en las tumbas y los árboles; dibujaba ventanas en las puertas, pero nunca dibujó una puerta; no quería entrar ni salir de su aposento, sabía que no se podía, solamente quería ver: ver, porque también era un fantasma y dibujaba ventanas en todas partes. Cierta noche se acercó a la ventana que dibujó en la pared de su morada, daba a la calle; aquella ventana le mostraba luces tenues que rompían la oscuridad, pero que no eran suficientes para advertir si los peatones siguen deambulando o si está sola también su mirada, palpablemente sorda allá afuera: ¿por qué le pesará tanto la vida a veces, si es un fantasma? Se acerca más a la ventana, la abre y un par de gotas logran alcanzarlo -es sabido que la noche cálida augura lluvia-. Ahora los árboles, los autos, las casas y la calle adquieren el brillo del agua, parece que todo estuviera plastificado o cristalizado; la quietud del paisaje es una certeza; solo algunas hojas se atreven a moverse y el agua, claro. Bajo la luz que chorrea una columna de alumbrado, una mujer llama su atención, llama su mirada, su mirada de fantasma. El cuerpo preparado para un salto, los brazos extendidos como si un cisne estuviera a punto de emprender el vuelo, las palmas hacia arriba como si no quisiera que se le escapase la lluvia. Lleva un vestido suave o eso adivina por el modo en que se le adhiere al cuerpo; no ve la expresión de la cara pero habrá una sonrisa húmeda y unos ojos llenos de ensueño. Y él que no puede apartar su ciega y fría mirada de lo único vivo de la calle. Esa imagen, esa mujer, forma una simbiosis con el agua y con él mismo, que se pone bajo su piel sintiendo cada gota golpear y erizar su suavidad mientras resbala por el cuello y es absorbida y empapada en el escote. La recorre, porque él también es lluvia en la noche, él también la toca con la mirada y empapa su vestido. La razón fantasma le grita que está loco, fantasma (fantasma loco), pero qué importa la cordura fantasmal si por primera vez la pasión puede adueñarse por un instante de la belleza, de la dibujada re-creación. Y ahí, en medio del silencio de su aposento, los fantasmas salen con libertad del closet mientras un hombre-fantasma mira cómo se desdobla y danza en el cuerpo de una mujer, bajo una noche mojada. Un grito desgarra la noche y se silencia con la frenada violenta de un camión encendido hasta el techo con luces de una ciudad entera de neones, el aposento está mojado, el cuerpo aún está tibio, sus ojos recién comienzan a cerrarse; un manto negro se adueña de la última mirada desdibujada, los vestigios fantasmales empiezan a renacer nuevamente en el closet…..
Género: Audiolibros y relatos
Canal: AudioLibro.org
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El faraón Esnofrú logo de AudioLibro.org
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04:46 min | hace 3 años
Audiolibro basado en la historia de los faraones en Egipto. Cuento egipcio anónimo que cuenta las virtudes del faraón Esnofrú. Audiolibro.org.es . Susana Fernández Lázaro. 5 minutos. 4:45.
Género: Audiolibros y relatos
Canal: AudioLibro.org
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