El caballero del jubón amarillo de A.Pérez-Reverte

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El caballero del jubón amarillo de A.Pérez-Reverte
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Descripción del podcast de El caballero del jubón amarillo de A.Pérez-Reverte: El caballero del jubón amarillo es una novela escrita por el escritor español Arturo Pérez-Reverte. Es una nueva entrega de la colección Las aventuras del capitán Alatriste y fue publicada en el... 2003.
El Capitán Alatriste debido a una fuerte relación amorosa con una comedianta, María de Castro, se verá metido en una emboscada en la que Gualterio Malatesta, Luís de Alquézar, Angélica de Alquézar y Fray Emilio Bocanegra intentan asesinar al monarca Felipe IV.
El título hace referencia al hecho de que, cuando el rey salía por la noche de incógnito para encontrarse con sus amantes, iba totalmente embozado y solo se le podía reconocer por el jubón amarillo, que era lo único llamativo que portaba. Pero el escritor indica con ello que el caballero al que tendieron celada en este episodio fue a un doble del Habsburgo actuando de señuelo para las aventuras mal planeadas y desaguisadas de su señor, y usando de jubón amarillo que era a la sazón el uniforme de la guardia y soldadesca imperial de los Austrias, veladamente alude que a quienes así dio muerte tales lances de opereta pero en el escenario internacional fueron a los muchos que por la gloria de los Habsburgo dieron con sus vidas en lugar de ellos, heroica pero fútilmente.

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El caballero del jubón amarillo ( Capítulo final )
En el Podcast  El caballero del jubón amar.  en  Arte y literatura
02:36:06 min | hace 8 meses
LA ESPADA Y LA DAGA —He de confesar que yo estaba aterrado. Y no era para menos. El conde de Guadalmedina en persona había ido a buscarme, y ahora caminábamos a buen paso bajo los arcos del patio principal de El Escorial. Don Francisco de Quevedo, a quien estaba ayudando a poner en limpio unos versos de su comedia cuando Guadalmedina apareció en la puerta del gabinete, apenas había tenido tiempo de dirigirme una grave ojeada aconsejando prudencia antes de que el otro me ordenara seguirlo. Ahora me precedía muy añusgado, oscilándole el elegante herreruelo sobre el hombro izquierdo, la mano zurda en el pomo de la espada y los pasos impacientes resonando en la galería oriental del patio. Pasamos así por delante del cuerpo de guardia, tomamos la escalera pequeña junto al juego de pelota y salimos al piso superior. —Espera aquí –dijo. Obedecí, mientras Álvaro de la Marca desaparecía por una puerta. Estaba en un sombrío vestíbulo de granito gris, sin tapices, cuadros ni adornos, y toda aquella piedra fría al rededor me hizo estremecer. Pero aún me estremecí más cuando el de la Marca asomó de nuevo, dijo secamente que, entrase, y al dar cuatro pasos me vi en una galería larga, el techo pintado y las paredes ornadas con frescos que representaban escenas militares, sin otros muebles que un bufete con aderezo de escribir y una silla. La estancia tenía nueve ventanas a un lado, abiertas a un patio interior cuya luz iluminaba la prolongada pintura principal que decoraba la pop red opuesta, donde antiguos caballeros cristianos reñían con moros, mostrándose hasta en el menor detalle los pormenores del ejército y del combate. Era la primera vez que entraba en la galería de las Batallas, y estaba lejos de suponer hasta qué punto, con el tiempo, aquellas pinturas conmemorando la victoria de la Higueruela, la gesta de San Quintín y la jornada de las Terceras iban a serme tan familiares como el resto del edificio real, cuando años después llegué a ser teniente, y luego capitán, de la guardia vieja de nuestra señor Felipe IV De cualquier modo, en aquel momento, el Iñigo Balboa que caminaba junto al conde de Guadalmedina era sólo un joven asustado, incapaz de apreciar la majestuosidad de las pinturas que decoraban la galería. Mis cinco sentidos estaban puestos en la figura imponente que aguardaba al extremo, junto a la última de las ventanas: un hombre corpulento, de barba espesa recortada en el mentón y terrible mostacho que se espesaba en las guías. Vestía de lama noguerada, con la cruz verde de Alcántara; y su cabeza, grande, poderosa, se asentaba sobre un cuello que a duras penas se veía contenido por la golilla almidonada. Al acercarme clavó en mí unos ojos inteligentes y amenazadores como arcabuces negros. En los días que narro, aquellos ojos daban pavor a toda Europa
Género: Audiolibros y relatos
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El caballero del jubón amarillo 3 de 4
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01:45:06 min | hace 8 meses
LA POSADA DEL AGUILUCHO Don Francisco de Quevedo tiró capa y chapeo sobre un taburete, contrariado, y se desabrochó la golilla. Las noticias eran pésimas. —Nada que hacer -dijo mientras se desceñía la espada–. Guadalmedina no quiere oír hablar del asunto.Miré por la ventana. Sobre los tejados de la calle del Niño, las nubes grises, amenazadoras, que se agolpaban sobre el cielo de Madrid lo hacían todo más siniestro. Don Francisco había pasado dos horas en el palacio de Guadalmedina, intentando convencer al confidente del rey nuestro señor de la inocencia del capitán Alatriste, sin resultado. Porque aun en caso de que fuese víctima de una conspiración, había dicho Álvaro de la Marca, su fuga de la justicia lo complicaba todo. Además, despachó a dos corchetes y dejó quebrantado a un tercero, sin contar la nariz rota del teniente de alguaciles. Y sus propios golpes. —Resumiendo –concluyó don Francisco-, jura que ha de verlo ahorcado. —Eran amigos –protesté. —A esto no hay amistad que resista. Item más que la historia es peregrina y truculenta. —Espero que al menos vuestra merced la crea entera. El poeta se sentó en un sillón de nogal –el que solía ocupar el difunto duque de Osuna cuando frecuentaba su casa– situado junto a la mesa cubierta por papeles, plumas de ave, salvadera y tintero de cobre. Había también una cajita de tabaco molido y varios libros, entre ellos un Séneca y un Plutarco. —Si yo no creyera al capitán –dijo– no habría ido a ver a Guadalmedina. Extendió las piernas cruzadas sobre la vieja alfombra de nudo español que cubría el suelo. Miraba distraído un papel a medio escribir con su letra clara y nerviosa. Yo había leído antes en él las cuatro primeras líneas de un soneto: El que me niega lo que no merezco me da advertencia, no me quita nada; que en ambición sin méritos premiada, más me desborro yo que me enriquezco.
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El caballero del jubón amarillo 2 de 4
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02:12:27 min | hace 8 meses
LA CALLE DE LOS PELIGROS —Ya estamos cerca– dijo ella. Caminábamos sin luz, guiándonos por la claridad lunar que recortaba sombras de tejados en el camino y proyectaba nuestras siluetas en el suelo sin empedrar, surcado de arroyuelos de fregaza e inmundicias. Hablábamos en susurros y nuestros pasos resonaban en las calles desiertas. —¿Cerca de dónde? –pregunté. —Cerca. Habíamos dejado atrás el convento de la Encarnación y desembocábamos en la plazuela de Santo Domingo, presidida por la siniestra mole oscura del convento de los frailes del Santo Oficio. No había nadie junto a la fuente vieja, y los pequeños puestos de frutas y verduras estaban cerrados. Un farol medio apagado, puesto sobre una Virgen, señalaba a lo lejos la esquina de la calle de San Bernardo. —¿Conocéis la taberna del Perro? –inquirió Angélica. Me detuve, y tras unos pasos ella se detuvo también. La luna me permitía ver su traje de hombre, el jubón ajustado que no traicionaba formas de jovencita, el cabello rubio recogido bajo una gorra de fieltro. El destello metálico del puñal en su cintura. —¿Por qué os paráis? –preguntó. —Nunca imaginé que pudiera oír el nombre de esa taberna en vuestra boca. —Hay demasiadas cosas que no imagináis, me temo. Pero tranquilizaos. No voy a pediros entrar allí. Me tranquilicé un poco. Lo justo. El del Perro era un antro poco recomendable hasta para mí: putas, jaques, pícaros y gente de paso. Aquel cuartel, Santo Domingo y San Bernardo, no era lugar de mala nota sino habitado por gente respetable; pero el callejón donde estaba la taberna –un tramo angosto entre la calle de Tudescos y la de Silva– constituía una especie de pústula que las protestas de los vecinos no habían logrado eliminar.
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El caballero del jubón amarillo 1 de 4
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02:35:19 min | hace 8 meses
EL CORRAL DE LA CRUZ A Diego Alatriste se lo llevaban los diablos. Había comedia nueva en el corral de la Cruz, y él estaba en la cuesta de la Vega, batiéndose con un fulano de quien desconocía hasta el nombre. Estrenaba Tirso, lo que era gran suceso en la Villa y Corte. Toda la ciudad llenaba el teatro o hacía cola en la calle, lista para acuchillarse por motivos razonables como un asiento o un lugar de pie para asistir a la representación, y no por un quítame allá esas pajas tras un tropiezo fortuito en una esquina, que tal era el caso: ritual de costumbre en aquel Madrid donde resultaba tan ordinario desenvainar como santiguarse. Pardiez que a ver si mira vuestra merced por dónde va. Miradlo vos, si no sois ciego. Pese a Dios. Pese a quien pese. Y aquel inoportuno voseo del otro –un caballero mozo, que se acaloraba fácil–haciendo inevitable el lance. Vuestra merced puede tratarme de vos e incluso tutearme muy a sus anchas, había dicho Alatriste pasándose dos dedos por el mostacho, en la cuesta de la Vega, que está a cuatro pasos. Con espada y daga, si es tan hidalgo de tener un rato. Por lo visto el otro lo tenía, y no estaba dispuesto a modificar el tratamiento. De manera que allí estaban, en las vistillas de la cuesta sobre el Manzanares, tras caminar uno junto al otro como dos camaradas, sin dirigirse la palabra ni para desnudar blancas y vizcaínas, que ahora tintineaban muy a lo vivo, cling, clang, reflejando el sol de la tarde. Paró, con atención repentina y cierto esfuerzo, la primera estocada seria tras el tanteo. Estaba irritado, más consigo mismo que con su adversario. Irritado de la propia irritación. Eso era poco práctico en tales lances. La esgrima, cuando iban al parche de la caja la vida o la salud, requería frialdad de cabeza amén de buen pulso, porque de lo contrario uno se arriesgaba a que la irritación o cualquier otro talante escapase del cuerpo, junto al ánima, por algún ojal inesperado del jubón. Pero no podía evitarlo. Ya había salido con aquella negra disposición de ánimo de la taberna del Turco –la discusión con Caridad la Lebrijana apenas llegada ésta de misa, la loza rota, el portazo, el retraso con que se encaminaba al corral de comedias–, de modo que, al doblar la esquina de la calle del Arcabuz con la de Toledo, el malhumor que arrastraba convirtió el choque fortuito en un lance de espada, en vez de resolverlo con sentido común y verbos razonables. De cualquier modo, era tarde para volverse atrás. El otro se lo tomaba a pecho, aplicado a lo suyo, y no era malo. Ágil como un gamo y con mañas de soldado, creyó advertir en su manera de esgrimir: piernas abiertas, puño rápido con vueltas y revueltas. Acometía a herir a lo bravo, en golpes cortos, retirándose como para tajo o revés, buscando el momento de meter el pie izquierdo y trabar la espada enemiga por la guarnición con su daga de ganchos. El truco era viejo, aunque eficaz si quien lo ejecutaba tenía buen ojo y mejor mano; pero Alatriste era reñidor más viejo y acuchillado, de manera que se movía en semicírculo hacia la zurda del contrario,estorbándole la intención y fatigándolo. Aprovechaba para estudiarlo; en la veintena, buena traza, con aquel punto soldadesco que un ojo avisado advertía pese a las ropas de ciudad,botas bajas de ante, ropilla de paño fino, una capa parda que había dejado en el suelo junto al chapeo para que no embarazase. Buena crianza, quizás. Seguro, valiente, boca cerrada y nada fanfarrón, ciñéndose a lo suyo. El capitán ignoró una estocada falsa, describió otro cuarto de arco a la derecha y le puso el sol en los ojos al contrincante. Maldita fuera su propia estampa. A esas horas La huerta de Juan Fernández debía de estar ya en la primera jornada.
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