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El caballero del jubón amar.
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Arte y literatura
02:35:19 min
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hace 8 meses
EL CORRAL DE LA CRUZ
A Diego Alatriste se lo llevaban los diablos. Había comedia nueva en el corral de la Cruz, y él estaba
en la cuesta de la Vega, batiéndose con un fulano de quien desconocía hasta el nombre. Estrenaba Tirso, lo que era gran suceso en la Villa y Corte. Toda la ciudad llenaba el teatro o hacía cola en la calle, lista para acuchillarse por motivos razonables
como un asiento o un lugar de pie para asistir a la representación, y no por un quítame allá
esas pajas tras un tropiezo fortuito en una esquina, que tal era el caso: ritual de costumbre
en aquel Madrid donde resultaba tan ordinario desenvainar como santiguarse. Pardiez que a
ver si mira vuestra merced por dónde va. Miradlo vos, si no sois ciego. Pese a Dios. Pese a
quien pese. Y aquel inoportuno voseo del otro –un caballero mozo, que se acaloraba fácil–haciendo inevitable el lance. Vuestra merced puede tratarme de vos e incluso tutearme muy a sus anchas, había dicho Alatriste pasándose dos dedos por el mostacho, en la cuesta de la Vega, que está a cuatro pasos. Con espada y daga, si es tan hidalgo de tener un rato. Por lo visto el otro lo tenía, y no estaba dispuesto a modificar el tratamiento. De manera que allí estaban, en las vistillas de la cuesta sobre el Manzanares, tras caminar uno junto al otro como dos camaradas, sin dirigirse la palabra ni para desnudar blancas y vizcaínas, que
ahora tintineaban muy a lo vivo, cling, clang, reflejando el sol de la tarde.
Paró, con atención repentina y cierto esfuerzo, la primera estocada seria tras el tanteo.
Estaba irritado, más consigo mismo que con su adversario. Irritado de la propia irritación.
Eso era poco práctico en tales lances. La esgrima, cuando iban al parche de la caja la vida o
la salud, requería frialdad de cabeza amén de buen pulso, porque de lo contrario uno se
arriesgaba a que la irritación o cualquier otro talante escapase del cuerpo, junto al ánima,
por algún ojal inesperado del jubón. Pero no podía evitarlo. Ya había salido con aquella
negra disposición de ánimo de la taberna del Turco –la discusión con Caridad la Lebrijana
apenas llegada ésta de misa, la loza rota, el portazo, el retraso con que se encaminaba al
corral de comedias–, de modo que, al doblar la esquina de la calle del Arcabuz con la de
Toledo, el malhumor que arrastraba convirtió el choque fortuito en un lance de espada, en
vez de resolverlo con sentido común y verbos razonables. De cualquier modo, era tarde
para volverse atrás. El otro se lo tomaba a pecho, aplicado a lo suyo, y no era malo. Ágil
como un gamo y con mañas de soldado, creyó advertir en su manera de esgrimir: piernas
abiertas, puño rápido con vueltas y revueltas. Acometía a herir a lo bravo, en golpes cortos,
retirándose como para tajo o revés, buscando el momento de meter el pie izquierdo y trabar
la espada enemiga por la guarnición con su daga de ganchos. El truco era viejo, aunque
eficaz si quien lo ejecutaba tenía buen ojo y mejor mano; pero Alatriste era reñidor más viejo y acuchillado, de manera que se movía en semicírculo hacia la zurda del contrario,estorbándole la intención y fatigándolo. Aprovechaba para
estudiarlo; en la veintena, buena traza, con aquel punto soldadesco que un ojo avisado advertía pese a las ropas de ciudad,botas bajas de ante, ropilla de paño fino, una capa parda que había dejado en el suelo junto al chapeo para que no embarazase. Buena crianza, quizás. Seguro, valiente, boca cerrada y nada fanfarrón, ciñéndose a lo suyo. El capitán ignoró una estocada falsa, describió otro
cuarto de arco a la derecha y le puso el sol en los ojos al contrincante. Maldita fuera su
propia estampa. A esas horas La huerta de Juan Fernández debía de estar ya en la primera
jornada.
Género: Audiolibros y relatos
Canal: Audionovelas ermakysevilla
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