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El Capitán Alatriste de Art.
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Arte y literatura
40:47 min
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hace 11 meses
EL SELLO Y LA CARTA
Los gritos de las guardias española, borgoóna y tudesca al hacer el relevo en las puertas de Palacio lleg
aban hasta Diego Alatriste por la ventana abierta a uno de los grandes patios del Alcázar real. Había una sola alfombra en el piso desnudo de madera, y sobre ella una mesa enorme, oscura, cubierta de papeles, legajos y libros y de aspecto tan solemne como el hombre sentado tras ella. Aquel hombre leía cartas y despachos metódicamente, uno tras otro, y de vez en cuando escribía algo al margen con una pluma de ave que mojaba en el tintero de loza de Talavera. Lo hacía sin interrupción, como si las ideas fluyesen sobre el papel con tanta facilidad como la lectura, o la tinta. Llevaba así largo rato, sin levantar la cabeza ni siquiera cuando el teniente de alguaciles Martín Saldaña, acompañado por un sargento y dos soldados de la guardia real, condujo ante él a Diego Alatriste por corredores secretos, retirándose después. El hombre de la mesa seguía despachando cartas, imperturbable, como si estuviera solo; y el capitán tuvo tiempo sobrado para estudiarlo bien. Era corpulento, de cabeza grande y tez rubicunda, con un pelo negro y fuerte que le cubría las orejas, barba oscura y cerrada sobre el mentón y enormes bigotes que se rizaban espesos en los carrillos. Vestía de seda azul oscura, con realces de trencilla negra, zapatos y medias del mismo color; y sobre el pecho lucía la cruz roja de Calatrava, que junto a la golilla blanca y una fina cadena de oro eran los únicos contrastes en tan sobria indumentaria.
Aunque Gaspar de Guzmán, tercer conde de Olivares, no sería nombrado duque hasta dos años más tarde, ya estaba en el segundo de su privanza. Era grande de España y su poder, a los treinta y cinco años, resultaba inmenso. El joven monarca, más amigo de fiestas y de caza que de asuntos de gobierno, era un instrumento ciego en sus manos; y quienes podían haberle hecho sombra estaban sometidos o muertos. Sus antiguos protectores el duque de Uceda y fray Luis de Aliaga, favoritos del anterior Rey, se hallaban en el destierro; el duque de Osuna, caído en desgracia y con sus propiedades confiscadas; el duque de Lerma esquivaba el cadalso gracias al capelo cardenalicio –vestido de colorado para no verse ahorcado, decía la copla–, y Rodrigo Calderón, otro de los hombres principales del antiguo régimen, había sido ejecutado en la plaza pública. Ya nadie estorbaba a aquel hombre inteligente, culto, patriota y ambicioso, en su designio de controlar los principales resortes del imperio más poderoso que seguía existiendo sobre la tierra.
Género: Audiolibros y relatos
Canal: Audionovelas ermakysevilla
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