El Capitán Alatriste de Arturo Pérez-Reverte (Comp

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El Capitán Alatriste de Arturo Pérez-Reverte (Comp
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Por: ermakysevilla
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Descripción del podcast de El Capitán Alatriste de Arturo Pérez-Reverte (Comp: Audionovela de Arturo y Carlota Pérez-Reverte y que exeptuando el audio de la voz (Narradora),todo lo demás está editado por mí.Espero os guste.



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El Capitán Alatriste ( 12 de 12 ) Epílogo,capítulo final.
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15:29 min | hace 11 meses
EPÍLOGO El cielo amenazaba lluvia sobre el Alcázar, y las pesadas nubes que corrían desde el oeste parecían desgarrarse e n el chapitel puntiagudo de la Torre Dorada. Sentado en un pilar de piedra de la explanada real, me abrigué los hombros con el herreruelo viejo del capitán que para mí hacía las veces de capa, y seguí esperando sin perder de vista las puertas de Palacio, de donde los centinelas me habían alejado ya en tres ocasiones. Llevaba allí muy largo rato: desde que por la mañana, soñoliento ante la cárcel de Corte donde habíamos pasado la noche –el capitán dentro y yo fuera–, seguí el carruaje en que los alguaciles del teniente Saldaña lo llevaron al Alcázar para introducirlo por una puerta lateral. Yo estaba sin probar bocado desde la noche anterior, cuando Don Francisco de Quevedo, antes de irse a dormir –había estado curándose un rasguño sufrido durante la refriega–, pasó por la cárcel para interesarse por el capitán; y al encontrarme a la salida compró en un bodegón de puntapié algo de pan y cecina para mí. Lo cierto es que tal parecía ser mi sino: buena parte de la vida junto al capitán Alatriste la pasaba esperándolo en alguna parte durante un mal lance. Y siempre con el estómago vacío y la inquietud en el corazón.
Género: Audiolibros y relatos
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El Capitán Alatriste ( 11 de 12 )
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40:47 min | hace 11 meses
EL SELLO Y LA CARTA Los gritos de las guardias española, borgoóna y tudesca al hacer el relevo en las puertas de Palacio lleg aban hasta Diego Alatriste por la ventana abierta a uno de los grandes patios del Alcázar real. Había una sola alfombra en el piso desnudo de madera, y sobre ella una mesa enorme, oscura, cubierta de papeles, legajos y libros y de aspecto tan solemne como el hombre sentado tras ella. Aquel hombre leía cartas y despachos metódicamente, uno tras otro, y de vez en cuando escribía algo al margen con una pluma de ave que mojaba en el tintero de loza de Talavera. Lo hacía sin interrupción, como si las ideas fluyesen sobre el papel con tanta facilidad como la lectura, o la tinta. Llevaba así largo rato, sin levantar la cabeza ni siquiera cuando el teniente de alguaciles Martín Saldaña, acompañado por un sargento y dos soldados de la guardia real, condujo ante él a Diego Alatriste por corredores secretos, retirándose después. El hombre de la mesa seguía despachando cartas, imperturbable, como si estuviera solo; y el capitán tuvo tiempo sobrado para estudiarlo bien. Era corpulento, de cabeza grande y tez rubicunda, con un pelo negro y fuerte que le cubría las orejas, barba oscura y cerrada sobre el mentón y enormes bigotes que se rizaban espesos en los carrillos. Vestía de seda azul oscura, con realces de trencilla negra, zapatos y medias del mismo color; y sobre el pecho lucía la cruz roja de Calatrava, que junto a la golilla blanca y una fina cadena de oro eran los únicos contrastes en tan sobria indumentaria. Aunque Gaspar de Guzmán, tercer conde de Olivares, no sería nombrado duque hasta dos años más tarde, ya estaba en el segundo de su privanza. Era grande de España y su poder, a los treinta y cinco años, resultaba inmenso. El joven monarca, más amigo de fiestas y de caza que de asuntos de gobierno, era un instrumento ciego en sus manos; y quienes podían haberle hecho sombra estaban sometidos o muertos. Sus antiguos protectores el duque de Uceda y fray Luis de Aliaga, favoritos del anterior Rey, se hallaban en el destierro; el duque de Osuna, caído en desgracia y con sus propiedades confiscadas; el duque de Lerma esquivaba el cadalso gracias al capelo cardenalicio –vestido de colorado para no verse ahorcado, decía la copla–, y Rodrigo Calderón, otro de los hombres principales del antiguo régimen, había sido ejecutado en la plaza pública. Ya nadie estorbaba a aquel hombre inteligente, culto, patriota y ambicioso, en su designio de controlar los principales resortes del imperio más poderoso que seguía existiendo sobre la tierra.
Género: Audiolibros y relatos
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El Capitán Alatriste ( 10 de 12 )
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32:40 min | hace 12 meses
EL CORRAL DEL PRÍNCIPE Caí en la trampa. O, para ser más exacto, cinco minutos de conversación bastaron para que ellos ur dieran la trampa. Todavía hoy, tanto tiempo después, deseo imaginar que Angélica de Alquézar sólo era una mocita manejada por sus mayores; pero ni siquiera tras haberla conocido como más tarde la conocí puedo estar seguro. Siempre, hasta su muerte, intuí en ella algo que no se aprende de nadie: una maldad fría y sabia que en algunas mujeres está ahí, desde que son niñas. Incluso desde antes, quizás; desde hace siglos. Decidir quiénes son los auténticos responsables de todo eso ya es otra cuestión que llevaría largo rato discutir; y éste no es lugar ni oportunidad para ello. Podemos resumirlo diciendo, por ahora, que de las armas con que Dios y la naturaleza dotaron a la mujer para defenderse de la estupidez y la maldad de los hombres, Angélica de Alquézar estaba dotada en grado sumo.
Género: Audiolibros y relatos
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El Capitán Alatriste ( 9 de 12 )
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37:34 min | hace 1 año
LAS GRADAS DE SAN FELIPE Después de aquella noche toledana hubo unos días de calma. Pero como Diego Alatriste seguía empeña do en no salir de la ciudad ni esconderse, vivíamos en perpetua vigilia, cual si estuviéramos en campana. Mantenerse vivo, descubrí durante esos días, da muchas más fatigas que dejarse morir, y requiere los cinco sentidos. El capitán dormía más de día que de noche, y al menor ruido, un gato en el tejado o un peldaño de madera que crujiese en la escalera, yo me despertaba en mi cama para verlo en camisa, incorporado en la suya con la vizcaína o una pistola en la mano. Tras la escaramuza del Portillo de las Ánimas había intentado mandarme una temporada de vuelta con mi madre, o a casa de algún amigo; pero dije que no pensaba abandonar el campo, que su suerte era la mía, y que si yo había sido capaz de dar dos pistoletazos, igual podía dar otros veinte, si se terciaba. Estado de ánimo que reforcé expresando mi decisión de fugarme, fuera cual fuese el lugar a donde me enviara. Desconozco si Alatriste apreció mi decisión o no lo hizo, pues ya he contado que no era hombre aficionado a expresar sus sentimientos. Pero logré, al menos, que se encogiera de hombros y no volviera a plantear el asunto. Por cierto que al día siguiente encontré sobre mi almohada una buena daga, recién comprada en la calle de los Espaderos: mango damasquinado, cruz de acero y una cuarta larga de hoja de buen temple, fina y con doble filo. Una daga de esas que nuestros abuelos llamaban de misericordia, pues con ellas solía rematarse, introduciéndolas por resquicios de la armadura o la celada, a los caballeros caídos en tierra durante un combate. Aquel arma blanca fue la primera que poseí en mi vida; y la conservé con mucho aprecio durante veinte años hasta que un día, en Rocrol, tuve que dejarla clavada entre las junturas del coselete de un francés. Que no es, por cierto, mal fin para una buena daga como ésa.
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El Capitán Alatriste ( 8 de 12 )
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37:49 min | hace 1 año
EL PORTILLO DE LAS ÁNIMAS Aquello parecía un tribunal, y a Diego Alatriste no le cupo la menor duda de que lo era. Echaba en falta a uno de los enmascarados, el hombre corpulento que había exigido poca sangre. Pero el otro, el de la cabeza redonda y el cabello ralo y escaso, estaba allí, con el mismo antifaz sobre la cara, sentado tras una larga mesa en la que había un candelabro encendido y recado de escribir con plumas, papel y tintero. Su hostil aspecto y actitud hubieran parecido lo más inquietante del mundo de no ser porque alguien todavía más inquietante estaba sentado junto a él, sin máscara y con las manos emergiendo como serpientes huesudas de las mangas del hábito: fray Emilio Bocanegra. No había más sillas, así que el capitán Alatriste permaneció de pie mientras era interrogado. Se trataba, en efecto, de un interrogatorio en regla, menester en que el fraile dominico se veía a sus anchas. Era obvio que estaba furioso; mucho más allá de todo lo remotamente relacionado con la caridad cristiana. La luz trémula del candelabro envilecía sus mejillas cóncavas, mal afeitadas, y sus ojos brillaban de odio al clavarse en Alatriste. Todo él, desde la forma en que hacía las preguntas hasta el menos perceptible de sus movimientos, era pura amenaza; de modo que el capitán miró alrededor, preguntándose dónde estaría el potro en que, acto seguido, iban a ordenar darle tormento. Le sorprendió que Saldaña se hubiera retirado con sus esbirros y allí no hubiera guardias a la vista. En apariencia estaban solos el enmascarado, el fraile y él. Advertía algo extraño, una nota discordante en todo aquello. Algo no era lo que debía ser. O lo que parecía......
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El Capitán Alatriste ( 7 de 12 )
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28:04 min | hace 1 año
LA RÚA DEL PRADO: El día siguiente era domingo. Empezó en fiesta, y a pique estuvo para Diego Alatriste y para mí de termin ar en tragedia. Pero no adelantemos acontecimientos. La parte festiva del asunto transcurrió en torno a la rúa que, en espera de la presentación oficial ante la Corte y la infanta, el Rey Don Felipe IV ordenó en honor de sus ilustres huéspedes. En aquel tiempo se llamaba hacer la rúa al paseo tradicional que todo Madrid recorría en carroza, a pie o a caballo, bien por la carrera de la calle Mayor, entre Santa María de la Almudena y las gradas de San Felipe y la puerta del Sol, o bien prolongando el itinerario calle abajo, hasta las huertas del duque de Lerma, el monasterio de los Jerónimos y el Prado del mismo nombre. Respecto a la calle Mayor, ésta era vía de tránsito obligada desde el centro de la villa al Alcázar Real, y también lugar de plateros, joyeros y tiendas elegantes; por eso al caer la tarde se llenaba de carrozas con damas, y caballeros luciéndose ante ellas. En cuanto al Prado de San Jerónimo, grato en días de sol invernal y en tardes de verano, era lugar arbolado y verde, con veintitrés fuentes, muchas tapias de huertas y una alameda por donde circulaban carruajes y paseantes en amena conversación. También era sitio de cita social y galanteo, propicio para lances furtivos de enamorados, y lo más granado de la corte se solazaba en su paisaje. Pero quien mejor resumió todo esto de hacer la rúa fue Don Pedro Calderón de la Barca, algunos años más tarde, en una de sus comedias: Por la mañana estaré en la iglesia a que acudís; por la tarde, si salís en la Carrera os veré; al anochecer iré al Prado, al coche arrimado; luego, en la calle embozado: ved si advierte bien mi amor horas de calle Mayor misa, reja, coche y Prado.
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El Capitán Alatriste ( 6 de 12 )
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34:58 min | hace 1 año
EL ARTE DE HACER ENEMIGOS Al día siguiente, Madrid despertó con la noticia increíble. Carlos Estuardo, cachorro del leopar do inglés, impaciente por la lentitud de las negociaciones matrimoniales con la infanta doña María, hermana de nuestro Rey Don Felipe Cuarto, había concebido con su amigo Buckingham ese proyecto extraordinario y descabellado: viajar a Madrid de incógnito para conocer a su novia, transformando en novela de amor caballeresco la fría combinación diplomática que llevaba meses dilatándose en las cancillerías. La boda entre el príncipe anglicano y la princesa católica se había convertido, a tales alturas, en un complicadísimo encaje de bolillos en el que terciaban embajadores, diplomáticos, ministros, gobiernos extranjeros y hasta Su Santidad el Papa de Roma, que debía autorizar el enlace y que, por supuesto, trataba de sacar la mejor tajada posible. De modo que, harto de que le marearan la perdiz –o como se llame lo que cazan los condenados ingleses–, la imaginación juvenil del príncipe de Gales, secundada por Buckingham, decidió abreviar el trámite. De ese modo habían proyectado entre los dos aquella aventura llena de azares y peligros, en la seguridad de que marchar a España sin avisos ni protocolos suponía conquistar en el acto a la infanta para llevarla a Inglaterra, ante la mirada asombrada de la Europa entera y con el aplauso y las bendiciones de los pueblos español e inglés. Ése, más o menos, era el meollo del negocio. Vencida la inicial resistencia del Rey Jacobo, éste dio a ambos jóvenes su bendición y los autorizó a ponerse en camino. A fin de cuentas, si para el viejo Rey el riesgo de la empresa acometida por su hijo era grande –un accidente, fracaso o desaire español pondrían en entredicho el honor de Inglaterra–, las ventajas a obtener de su feliz término equilibraban el asunto. En primer lugar, tener de cuñado de su vástago al monarca de la nación que entonces seguía siendo la más poderosa del mundo, no era cosa baladí. Además, aquel matrimonio, deseado por la corte inglesa y acogido con más frialdad por el conde de Olivares y los consejeros ultra católicos del Rey de España, pondría fin a la vieja enemistad entre las dos naciones. Consideren vuestras mercedes que apenas habían transcurrido treinta años desde la Armada Invencible; ya saben, cañonazo va y ola viene y todo a tomar por saco, con aquel pulso fatal entre nuestro buen Rey Don Felipe Segundo y esa arpía pelirroja que se llamó Isabel de Inglaterra, amparo de protestantes, hideputas y piratas, más conocida por la Reina Virgen, aunque maldito si puede uno imaginarse virgen de qué. El caso es que una boda del jovencito hereje con nuestra infanta –que no era Venus pero tenía buen ver, según la pintó Don Diego Velázquez algo más tarde, joven y rubia, una señora, con aquel labio suyo tan de los Austrias– abriría pacíficamente a Inglaterra las puertas del comercio en las Indias Occidentales, resolviendo según los intereses británicos la patata caliente del Palatinado; que no pienso resumir aquí porque para eso están los libros de Historia.
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El Capitán Alatriste ( 5 de 12 )
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40:52 min | hace 1 año
LOS DOS INGLESES El más joven no estaba herido de gravedad. Lo habían llevado entre su acompañante y Diego Alatriste más ce rca del farol, que encendieron de nuevo; y allí, recostado en la tapia del huerto de los carmelitas, le echaron un vistazo a la cuchillada que había recibido del italiano: uno de esos rasguños superficiales, muy aparatosos de sangre pero sin consecuencia alguna, que luego permitían a los jóvenes pisaverdes pavonearse ante las damas con el brazo en cabestrillo y a muy poco coste. En aquel caso, ni siquiera el cabestrillo iba a ser preciso. Su compañero del traje gris le puso un pañuelo limpio sobre la herida que tenía bajo la axila izquierda, y luego volvió a cerrarle la camisa, el jubón y la ropilla mientras le hablaba en su lengua suavemente, en voz queda. Durante la operación, que el inglés realizó dándole la espalda al capitán Alatriste como si ya no temiera nada de él, éste tuvo oportunidad de considerar algunos detalles interesantes. Por ejemplo que, desmintiendo la aparente serenidad del joven vestido de gris, las manos le temblaban al principio, cuando abría la ropa de su compañero para comprobar la gravedad de la herida. También, pese a no saber de la parla inglesa otras palabras que las que solían cambiarse de barco a barco o de parapeto a parapeto en un campo de batalla –vocabulario que en el caso de un soldado veterano español se limitaba a fockyú (que os jodan), sons ofde gyitbich (hijos de la gran puta) y uergoi'n tucat yurbols (os vamos a cortar los huevos)–, el capitán pudo advertir que el inglés vestido de gris hablaba a su compañero con una especie de afectuoso respeto; y que mientras aquél lo llamaba Steenie, que sin duda era un nombre o un apelativo amistoso y familiar, éste utilizaba el formal término milord para dirigirse al herido. Allí había gato encerrado, y el gato no era precisamente callejero y sarnoso, sino de Angora.
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El Capitán Alatriste ( 4 de 12 )
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27:01 min | hace 1 año
LA EMBOSCADA En marzo anochecía pronto. Aún quedaba un rastro de claridad en el cielo; pero las calles estrechas, bajo los al eros sombríos de los tejados, estaban negras como boca de lobo. El capitán Alatriste y su compañero habían elegido una travesía angosta, oscura y solitaria, por la que los dos ingleses iban a pasar forzosamente cuando se encaminaran a la casa de las Siete Chimeneas. Un mensajero había avisado de la hora y el itinerario. También había aportado la más reciente descripción, para evitar errores: micer Thomas Smith, el joven más rubio y de más edad, montaba un caballo tordo y vestía un traje de viaje gris con adornos discretos de plata, botas altas de piel también teñida de gris, y un sombrero con cinta del mismo color. En cuanto a micer John Smith, el más joven, montaba un bayo. Su traje era de color castaño, con botas de cuero y sombrero con tres pequeñas plumas blancas. Ambos tenían aspecto polvoriento y fatigado, de llevar varios días cabalgando. Su equipaje era escaso, contenido en dos portamanteos sujetos con correas a la grupa de sus cabalgaduras. Oculto en la sombra de un portal, Diego Alatriste miró hacia el farol que él y su compañero habían colocado en un recodo de la calle, a fin de que iluminase a los viajeros antes de que éstos alcanzasen a verlos a ellos. La calle, que torcía en ángulo recto, arrancaba de la del Barquillo, junto al palacio del conde de Guadalmedina, y tras discurrir junto a la tapia del huerto del convento de los Carmelitas Descalzos iba a morir ante la casa de las Siete Chimeneas, en el cruce de la calle de Torres con la de las Infantas. El lugar elegido para la encerrona era el primer tramo con su ángulo más oscuro, estrecho y solitario, donde dos jinetes atacados por sorpresa podían ser desmontados con facilidad....
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El Capitán Alatriste ( 3 de 12 )
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33:19 min | hace 1 año
UNA PEQUEÑA DAMA Quizá porque la verdadera patria de un hombre es su niñez, a pesar del tiempo transcurrido recuerdo siempre con nostalgia la taberna del Turco. Ni ese lugar, ni el capitán Alatriste, ni aquellos azarosos años de mi mocedad existen ya; pero en tiempos de nuestro Cuarto Felipe la taberna era una de las cuatrocientas donde podían apagar su sed los 70.000 vecinos de Madrid –salíamos a una taberna por cada 175 individuos– sin contar mancebías, garitos de juego y otros establecimientos públicos de moral relajada o equívoca, que en aquella España paradójica, singular e irrepetible, se veían tan frecuentados como las iglesias, y a menudo por la misma gente. La del Turco era en realidad un bodegón de los llamados de comer, beber y arder, situado en la esquina de las calles de Toledo y del Arcabuz, a quinientos pasos de la Plaza Mayor. Las dos habitaciones donde vivíamos Diego Alatriste y yo se encontraban sobre ella; y en cierto modo aquel tugurio hacia las veces de cuarto de estar de nuestra casa. Al capitán le gustaba bajar y sentarse allí a matar el tiempo cuando no tenía nada mejor que hacer, que eran las más de las veces. A pesar del olor a fritanga y el humo de la cocina, la suciedad del suelo y las mesas, y los ratones que correteaban perseguidos por el gato o a la caza de migas de pan, el lugar resultaba confortable. También era entretenido, porque solían frecuentarlo viajeros de la posta, golillas, escribanos, ministriles, floristas y tenderos de las cercanas plazas de la Providencia y la Cebada, y también antiguos soldados atraídos por la proximidad de las calles principales de la ciudad y el mentidero de San Felipe el Real.
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El Capitán Alatriste ( 2 de 12 )
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33:47 min | hace 1 año
LOS ENMASCARADOS: La calle estaba oscura y no se veía un alma. Embozado en una capa vieja prestada por Don Francisco de Quevedo, Diego Alatriste se detuvo junto a la tapia y echó un cauteloso vistazo. Un farol, había dicho Saldaña. En efecto, un pequeño farol encendido alumbraba la oquedad de un portillo, y al otro lado se adivinaba, entre las ramas de los árboles, el tejado sombrío de una casa. Era la hora menguada, cerca de la medianoche, cuando los vecinos gritaban agua va y arrojaban inmundicias por las ventanas, o los matones a sueldo y los salteadores acechaban a sus víctimas en la oscuridad de las calles desprovistas de alumbrado. Pero allí no había vecinos ni parecía haberlos habido nunca; todo estaba en silencio. En cuanto a eventuales ladrones y asesinos, Diego Alatriste iba precavido. Además, desde muy temprana edad había aprendido un principio básico de la vida y la supervivencia: si te empeñas, tú mismo puedes ser tan peligroso como cualquiera que se cruce en tu camino. O más. En cuanto a la cita de aquella noche, las instrucciones incluían caminar desde la antigua puerta de Santa Bárbara por la primera calle a la derecha hasta encontrar un muro de ladrillo y una luz. Hasta ahí, todo iba bien. El capitán se quedó quieto un rato para estudiar el lugar, evitando mirar directamente el farol para que éste no lo deslumbrase al escudriñar los rincones más oscuros, y por fin, tras palparse un momento el coleto de cuero de búfalo que se había puesto bajo la ropilla para el caso de cuchilladas inoportunas, se caló más el sombrero y anduvo despacio hasta el portillo. Yo lo había visto vestirse una hora antes en nuestra casa, con minuciosidad profesional: –Volveré tarde, Íñigo. No me esperes despierto. Habíamos cenado una sopa con migas de pan, un cuartillo de vino y un par de huevos cocidos; y después, tras lavarse la cara y las manos en una jofaina, y mientras yo le remendaba unas calzas viejas a la luz de un velón de sebo, Diego Alatriste se preparó para salir, con las precauciones adecuadas al caso. No es que recelara una mala jugada de Martín Saldaña; pero también los tenientes de alguaciles podían ser víctimas de engaño, o sobornados. Incluso tratándose de viejos amigos y camaradas. Y de ser así, Alatriste no le hubiera guardado excesivo rencor. En aquel tiempo, cualquier cosa en la corte de ese Rey joven, simpático, mujeriego, piadoso y fatal para las pobres Españas que fue el buen Don Felipe Cuarto podía ser comprada con dinero; hasta las conciencias. Tampoco es que hayamos cambiado mucho desde entonces. El caso es que, para acudir a la cita, el capitán tomó sus precauciones. En la parte posterior del cinto se colgó la daga vizcaína; y vi que también introducía en la caña de su bota derecha la corta cuchilla de matarife que tan buenos servicios había prestado en la cárcel de Corte. Mientras hacia todos esos gestos observé a hurtadillas su rostro grave, absorto, donde la luz de sebo hundía las mejillas y acentuaba la fiera pincelada del mostacho. No parecía muy orgulloso de sí mismo. Por un momento, al mover los ojos en busca de la espada, su mirada encontró la mía; y sus ojos claros se apartaron de inmediato, rehuyéndome, casi temerosos de que yo pudiera leer algo inconveniente en ellos. Pero sólo fue un instante, y luego volvió a mirarme de nuevo, franco, con una breve sonrisa. –Hay que ganarse el pan, zagal– dijo.......
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El Capitán Alatriste ( 1 de 12 )
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37:15 min | hace 1 año
LA TABERNA DEL TURCO No era el hombre más honesto ni el más piadoso, pero era un hombre valiente. Se llamaba Dieg o Alatriste y Tenorio, y había luchado como soldado de los tercios viejos en las guerras de Flandes. Cuando lo conocí malvivía en Madrid, alquilándose por cuatro maravedíes en trabajos de poco lustre, a menudo en calidad de espadachín por cuenta de otros que no tenían la destreza o los arrestos para solventar sus propias querellas. Ya saben: un marido cornudo por aquí, un pleito o una herencia dudosa por allá, deudas de juego pagadas a medias y algunos etcéteras más. Ahora es fácil criticar eso; pero en aquellos tiempos la capital de las Españas era un lugar donde la vida había que buscársela a salto de mata, en una esquina, entre el brillo de dos aceros. En todo esto Diego Alatriste se desempeñaba con holgura. Tenía mucha destreza a la hora de tirar de espada, y manejaba mejor, con el disimulo de la zurda, esa daga estrecha y larga llamada por algunos vizcaína, con que los reñidores profesionales se ayudaban a menudo. Una de cal y otra de vizcaína, solía decirse. El adversario estaba ocupado largando y parando estocadas con fina esgrima, y de pronto le venia por abajo, a las tripas, una cuchillada corta como un relámpago que no daba tiempo ni a pedir confesión. Sí. Ya he dicho a vuestras mercedes que eran años duros.
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