La Momia o Ramses el Maldito de Anne Rice

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La Momia o Ramses el Maldito de  Anne Rice
Canal: Audionovelas ermakysevilla
Por: ermakysevilla
Ranking: 866 - Ver evolución - Colaboran: Misterio Semanal

Descripción del podcast de La Momia o Ramses el Maldito de Anne Rice: La momia o Ramsés el maldito es una novela de Anne Rice, publicada en 1989.

Ramsés, rey de Egipto bebe un elixir y rompe las barreras del tiempo convirtiéndose en inmortal, condenado... a recorrer el mundo para saciar sus deseos. Tras un amor doloroso y la muerte de su amada Cleopatra, Ramsés decide dormir hasta ser despertado de nuevo. En esto, un famoso egiptólogo encuentra una extraña tumba en Egipto. Los restos son trasladados al Londres de 1914, donde se encontrara con "los tiempos modernos". Conocerá a Julie, hija del egiptólogo, de la que pronto se enamorará. Juntos regresarán a el Cairo tomando Ramsés la identidad del Doctor Reginald Ramsey.

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Ramsés el maldito Capítulo 20 (FIN)
En el Podcast  La Momia o Ramses el Maldito.  en  Misterio y otras realidades
55:56 min | hace 9 días
El último dúo de la ópera estaba en su apogeo. No podría soportarlo mucho más. Se llevó los prismáticos a los ojos y comenz ó a recorrer con ellos el auditorio.¡Alex, dónde diablos estás! Llegó al extremo izquierdo del patio de butacas y volvió a recorrer lentamente las filas hacia la derecha. Cabezas canosas, collares de diamantes, grandes bigotes... Y una mujer extraordinariamente bella de melena negra y rizada que le caía en cascada sobre los hombros y que se dirigía hacia unos asientos libres con su hijo Alex. Iban cogidos de la mano.A Elliott se le heló la sangre en las venas. Hizo girar la diminuta rueda de los anteojos para ampliar la imagen. La mujer se había sentado a la izquierda de Alex, pero la disposición lateral de los palcos le permitía distinguirlos con claridad. «Tendría gracia que te diera un ataque de corazón ahora, Elliott, después de todo lo que has pasado.» Alex se volvió y besó en la mejilla a la mujer que observaba el escenario: la tumba, los amantes condenados... De pronto ella se volvió con una expresión de angustia en los ojos y se refugió en los brazos de Alex. —Ramsey —susurró Elliott. Algunas de las personas del palco contiguo le dirigieron miradas furibundas, pero Ramsey lo oyó y se agachó junto a su asiento—. Allí, mire. Está con Alex. Es ella. —Cedió los prismáticos a Ramsey y clavó los ojos en las dos figuras distantes. Cleopatra había tomado también sus anteojos y los miraba a ellos. Pudo oír el leve gemido de desesperación de Ramsey. Alex había reparado también en ellos y les hacía un alegre gesto con la mano izquierda.
Género: Audiolibros y relatos
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Ramsés el maldito Capítulo 19
En el Podcast  La Momia o Ramses el Maldito.  en  Misterio y otras realidades
33:39 min | hace 1 mes
—Sinceramente, no sé dónde está mi padre —dijo Alex con desazón. —¿Y Henry Stratford? ¿Dónde podemos localizarlo? Lo s dos egipcios atravesaron con paso rápido las callejuelas del viejo Cairo con la alfombra sobre los hombros. El cuerpo pesaba mucho y hacía calor. Pero valía la pena el sudor y el esfuerzo, ya que aquel cuerpo les iba a reportar unos beneficios considerables. Con el principio del invierno, llegarían oleadas continuas de turistas a Egipto. Y ellos habían encontrado un bonito cadáver fresco en el momento adecuado. Por fin llegaron a la casa de Zaki, «la fábrica», como la llamaban en su lengua. Entraron por la puerta del patio y se dirigieron con su trofeo a la primera de una serie de habitaciones tenuemente iluminadas. Había una fila de momias apoyadas contra el muro de piedra, así como varios cuerpos acartonados tendidos sobre mesas en la habitación. Lo único que les molestaba era el insoportable hedor. Pero tenían que esperar a que llegara Zaki. —Buen cuerpo —dijo uno de ellos al hombre que removía una gran olla de betún hirviente en el centro de la sala. Era de allí de donde procedía el horrible olor. —¿Buenos huesos? —Ah, sí. Bonitos huesos ingleses. El disfraz estaba bien. En El Cairo había miles de beduinos con su mismo aspecto. Habría pasado inadvertido por completo de no ser por las gafas de sol, que atraían algunas miradas. Se las guardó en el bolsillo, bajo la galabiyya rayada, y entró en el Shepheard's Hotel. Los muchachos de piel oscura que se arracimaban alrededor de los automóviles ni siquiera lo miraron. Ramsés avanzó despacio a lo largo de la pared, tras los árboles frutales, y abrió una puerta sin rótulo que daba a una de las escaleras de servicio. Detrás de la puerta había diferentes útiles de limpieza.
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Ramsés el maldito Capítulo 17 y 18
En el Podcast  La Momia o Ramses el Maldito.  en  Misterio y otras realidades
01:50:43 min | hace 1 mes
No, lo siento, Miles. Mi padre no está aquí. Sí, lo haré. De inmediato. —Alex colgó el teléfono. Elliott lo miró desde el escritorio que había en un rincón de la habitación. —Gracias, Alex. La mentira es un arte social injustamente despreciado. Alguien debería escribir un manual de la mentira y todos sus efectos benefactores. —Padre, no voy a dejarte salir solo. Elliott volvió a lo que estaba haciendo. Se sentía mucho mejor después del baño caliente y de un rato de reposo. No había conseguido dormir, pero había tenido tiempo para meditar sus próximos pasos, y ya había tomado una decisión, aunque no tenía grandes esperanzas de que su plan funcionase. Pero el elixir merecía el esfuerzo, suponiendo que Samir hubiera hablado con Ramsés. Aunque la actitud del egipcio le había dado a entender que conocía su paradero. Selló el último de los tres sobres, en el que acababa de escribir una dirección, y se volvió hacia su hijo. —Harás exactamente lo que te he explicado —dijo con firmeza—. Si no he vuelto mañana al mediodía, envía estas cartas. Son para tu madre y para Randolph. Y abandona El Cairo cuanto antes. Ahora dame el bastón. También necesito la capa. Por la noche hace un frío de mil demonios en esta ciudad. Walter le tendió el bastón y le puso la capa sobre los hombros. —Padre —suplicó Alex—, por el amor de... —Adiós, Alex. Recuerda: Julie te necesita, aquí. —Mi señor, son más de las seis —dijo Samir—. Debo conducirte a esa taberna. —Puedo encontrarla solo, Samir —respondió Ramsés—. Volved al hotel, los dos. Debo ir solo... Os mandaré un mensaje tan pronto como pueda. —No —se opuso Julie—. Déjame acompañarte. —Imposible —replicó Ramsés—. Es demasiado peligroso. Y esto es algo a lo que debo hacer frente a solas. —Ramsés, no voy a dejarte solo —insistió ella. —Julie, debemos volver —dijo Samir—. Tenemos que dejarnos ver antes de que empiecen a buscarnos. Ramsés se levantó lentamente y se apartó de la vacilante luz de la vela, que era ahora la única iluminación de la habitación. Elevó las manos como si pronunciara una plegaria
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Ramsés el maldito Capítulo 16
En el Podcast  La Momia o Ramses el Maldito.  en  Misterio y otras realidades
01:03:43 min | hace 3 meses
Samir compró diferentes ropas de beduino en una tienda del viejo Cairo. Entró en un pequeño restaurante lleno de franceses arru inados y en el excusado cambió su traje por una galabiyya suelta y fresca. Envolvió las ropas que había comprado para Julie dentro de las que se había quitado y salió con ellas debajo del brazo. Le gustaba aquella cómoda vestimenta de campesino, muchísimo más antigua que las chilabas y gorros que llevaban la mayoría de los egipcios modernos. De hecho, posiblemente era el vestido más antiguo que seguía utilizándose: las túnicas con capas largas y sueltas de los nómadas del desierto. Con ellas se sentía libre y protegido de las miradas curiosas. Atravesó con rapidez el laberinto de callejuelas del Cairo árabe en dirección a la casa de su primo Zaki, un hombre con el que le disgustaba tratar, pero que le conseguiría lo que buscaba con mayor rapidez y eficacia que nadie. ¿Y quién sabía cuánto tiempo tendría que esconderse Ramsés en El Cairo? ¿Quién sabía cómo se resolvería el misterio de los asesinatos? Cuando llegó a la fábrica de momias de su primo, con seguridad uno de los lugares más repugnantes de todo el mundo, entró por la puerta lateral. Una fila de cuerpos recién «embalsamados» se secaba al intenso sol de la tarde. En la casa habría otros hirviendo en la tina de pez. Un hombre excavaba una zanja en la que enterrarían durante varios días a las nuevas momias para que se ennegrecieran por el efecto de la tierra húmeda. A Samir le asqueaba aquel lugar. Lo había visitado a menudo en su infancia, antes de saber que existían momias verdaderas, cuerpos de antepasados que debían ser estudiados y protegidos del saqueo y la mutilación. —Míralo así —le había dicho Zaki en una ocasión—: somos mejores que los ladrones que venden a los extranjeros los cuerpos despedazados de nuestros antepasados. Lo que nosotros vendemos no es sagrado. Son falsificaciones. El viejo Zaki... Samir iba a hacerle una seña a uno de los hombres, que estaba envolviendo un cadáver en sus vendas. Pero entonces Zaki apareció en la puerta. —¡Eh, Samir! Es un placer volver a verte, primo. Ven y toma un café conmigo. —Ahora no, Zaki. Necesito tu ayuda.
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Ramsés el maldito Capítulo 15
En el Podcast  La Momia o Ramses el Maldito.  en  Misterio y otras realidades
01:24:24 min | hace 3 meses
Elliott estuvo a punto de perder la conciencia. Volvió a cerrar los ojos y luchó por llevar aire a sus pulmones. La mano izquier da, que seguía aferrando el bastón,estaba insensible.Podía oír a los guardias, que arrastraban a Ramsés por las escaleras. Era evidente que se resistía, pero eran demasiados. ¡Y la mujer! Había desaparecido.Entonces oyó de nuevo los arañazos de sus pies sobre el suelo. Se asomó por el borde de la urna que lo ocultaba y la vio avanzar hacia el extremo opuesto de la gran sala. Tambaleándose, respirando todavía entrecortadamente, desapareció por una pequeña puerta de servicio. En el piso inferior se había hecho el silencio. Al parecer, se habían llevado a Ramsés del museo, pero sin duda volverían a investigar en poco tiempo. Haciendo caso omiso del dolor de su pecho, Elliott avanzó lo más rápido que pudo hacia el fondo del salón y llegó a la puerta justo a tiempo de ver a la mujer desaparecer por una escalera. Elliott se volvió rápidamente hacia las vitrinas y vio que el pequeño tubo seguía allí, brillante bajo la luz grisácea. Se arrodilló con esfuerzo y lo recogió. Tras cerrar el tapón, se lo guardó en la chaqueta. Entonces, tras dominar un leve mareo, descendió lentamente la escalera tras la mujer, casi arrastrando la pierna izquierda. Desde el rellano la vio. Estaba desconcertada, jadeante, y alzaba una mano como una zarpa como si intentara rasgar la oscuridad. De repente se abrió una puerta que dejó entrar una avalancha de luz amarilla, y apareció en el umbral una mujer con la cabeza y el cuerpo envueltos en ropajes negros, a la manera musulmana. Llevaba en la mano un cubo y una fregona. Al ver acercarse a la fantasmagórica figura lanzó un agudo chillido. El cubo cayó al suelo, y la mujer volvió a desaparecer tras la puerta. La criatura dejó escapar un áspero siseo seguido de un horrible rugido mientras se abalanzaba hacia la puerta con las manos extendidas, como si quisiera silenciar el penetrante chillido de la sirvienta. Elliott se movió con toda la rapidez que pudo, pero los gritos cesaron antes de que entrara en la habitación. Al abrir la puerta vio el cuerpo de la mujer caer sin vida al suelo.
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Ramsés el maldito Capítulo 14
En el Podcast  La Momia o Ramses el Maldito.  en  Misterio y otras realidades
55:13 min | hace 4 meses
La casa había pertenecido a un mameluco. Era un pequeño palacio, y a Henry le gustaba, aunque no tenía la menor idea de lo que eran los mamelucos, aparte de que en algún tiempo habían gobernado Egipto. Bien, pues podían quedárselo, por lo que a él respectaba. Pero por el momento estaba muy a gusto, y en aquella pequeña casa amueblada con una mezcla de antigüedades orientales y cómodos muebles Victorianos tenía prácticamente todo lo que podía desear.Malenka no paraba de prepararle deliciosos platos fuertemente sazonados con especias de los que disfrutaba cuando se hartaba de beber e incluso cuando estaba tan borracho que cualquier otra comida le sabía a atole. [ Bebida a manera de gachas, que se hace con harina, ordinariamente de maíz, disuelta en agua o leche hervida.(N. del T.)] Y la bailarina también le proporcionaba toda la bebida que podía necesitar. Se llevaba sus beneficios a la zona británica de la ciudad y volvía con su ginebra, whisky y coñac favoritos. Hacía ya ocho días que sus ganancias estaban siendo considerables. Jugaba desde el mediodía hasta entrada la noche. Era tan fácil desplumar a todos aquellos norteamericanos que pensaban que los ingleses eran imbéciles... Sin embargo debía tener cuidado con el francés. Aquel tipo era muy listo. Pero no hacía trampas, y pagaba sus deudas puntualmente, aunque Henry no podía imaginar de dónde sacaba el dinero un personaje de tan mala catadura. Por las noches hacía el amor con Malenka en la gran cama victoriana. A ella le encantaba, pues aquella cama con cabecero de caoba y una inmensa mosquitera de gasa la hacía sentirse como una aristócrata. Bien, pues dejémosla que sueñe. Por el momento, adoraba a aquella mujer. No le importaba en lo más mínimo no volver a ver a Daisy Banker. De hecho, más o menos había decidido no volver a Inglaterra. Tan pronto como llegaran Julie y sus escoltas, partiría hacia Estados Unidos. Se le había ocurrido que quizá su padre, atraído por la idea de perderlo de vista,estuviera dispuesto a pasarle una cantidad fija de dinero por permanecer en Nueva York o California.San Francisco era una ciudad que lo atraía muchísimo. Había sido casi totalmente reconstruida después del terremoto, y Henry tenía el presentimiento de que allí podría triunfar, lejos de todo lo que odiaba de Inglaterra. Y tampoco estaría mal llevarse a Malenka.
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Ramsés el maldito Capítulos 12 y 13
En el Podcast  La Momia o Ramses el Maldito.  en  Misterio y otras realidades
01:21:50 min | hace 5 meses
Al cuarto día de viaje Elliott comprendió que Julie no volvería a salir a comer al gran salón; que haría todas sus comidas en su camarote y que probablemente Ramsey la acompañaba. Henry también había desaparecido casi por completo. Hundido, borracho, se pasaba el día entero metido en su camarote y no solía vestir más que los pantalones,una camisa y la chaqueta del esmoquin. Sin embargo esto no le impedía organizar partidas de cartas con miembros de la tripulación, a los que no les hacía mucha gracia la posibilidad de ser sorprendidos jugando con un pasajero de primera clase. Los rumores decían que Henry estaba ganando mucho, pero los rumores sobre él siempre habían sido los mismos. Tarde o temprano perdería todo lo que había ganado y aún más. Desde hacía mucho tiempo siempre le había ocurrido lo mismo.Elliott también se daba cuenta de que Julie hacía todo lo posible por no herir a Alex. Los dos daban su paseo vespertino por cubierta lloviera o hiciera sol, y de vez en cuando bailaban un rato después de la cena. Ramsey siempre estaba allí, contemplándolos con sorprendente ecuanimidad y dispuesto a saltar en cualquier momento a bailar con Julie. Pero era evidente que habían acordado que Julie no desatendería a Alex.En las breves excursiones a tierra, que el físico de Elliott no podía resistir, Julie, Samir, Ramsey y Alex siempre iban juntos. Invariablemente Alex volvía algo asqueado. No le gustaban los extranjeros demasiado. Julie y Samir siempre regresaban satisfechos, y Ramsey volvía entusiasmado por lo que había visto, en especial si había encontrado un cine o una librería inglesa.Elliott apreciaba el cuidado con que Julie trataba a Alex. Después de todo, aquel barco no era el lugar apropiado para que Alex comprendiera toda la verdad, y Julie se daba cuenta de ello. Por otra parte, quizás Alex ya presentía que había perdido la primera gran batalla de su vida. En realidad Alex era demasiado amable y considerado para revelar lo que sentía, y hasta era probable que ni él mismo lo supiera. Para Elliott la verdadera aventura del viaje era conocer a Ramsey, observarlo y descubrir en él cosas que a los demás parecían pasarles inadvertidas, lo cual no habría sido posible de no ser Ramsey un ser increíblemente sociable.
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Ramsés el maldito Capítulo 10 y 11
En el Podcast  La Momia o Ramses el Maldito.  en  Misterio y otras realidades
01:10:37 min | hace 6 meses
La casa era un hervidero. Rita había estado a punto de desmayarse al saber que iba a Egipto. Osear, que se quedaba a cargo de la casa, había estado ayudando a los cocheros a bajar los baúles por la escalera. Randolph y Alex discutían furiosamente con Julie. Era una locura que emprendiese aquel viaje.Y el enigmático Reginald Ramsey estaba sentado ante la mesa del invernadero devorando una comida pantagruélica y acompañándola con una copa de vino tras otra mientras leía dos periódicos a la vez, si Elliott no se equivocaba. De vez en cuando cogía un libro del montón que tenía en el suelo y pasaba sus páginas con rapidez como si buscara algo de vital importancia. Cuando lo encontraba, dejaba caer el libro al suelo despreocupadamente.Elliott estaba sentado en el sillón de Lawrence, en la sala egipcia, contemplando la escena en silencio. Echaba una mirada a Julie, que seguía en el salón, y volvía a observar al señor Ramsey, al que no parecía importarle nada.El otro personaje silencioso y solitario era Samir Ibrahaim, que estaba de pie al fondo del invernadero, casi perdido entre el lujurioso follaje que había invadido la habitación. Hacía aproximadamente tres horas que Elliott había recibido la llamada de Julie. Se había puesto en acción al instante, y sabía más o menos cuál iba a ser el siguiente acto de aquel pequeño drama. —No puedes irte a Egipto con un hombre al que no conoces de nada —decía Randolph, que hacía un esfuerzo por contenerse—. No puedes emprender ese viaje sin un acompañante apropiado. —Julie, esto ya no voy a tolerarlo —declaró Alex, pálido de exasperación—. No permitiré que hagas esto sola. —Callaos los dos —respondió Julie—. Soy una mujer adulta. Y me voy. Puedo cuidar de mí misma, y además Rita va a acompañarme. Y Samir, el mejor amigo de mi padre. No podría tener un protector mejor que Samir. —Julie, ninguno de los dos es un acompañante adecuado, y lo sabes. Esto es escandaloso. —Tío Randolph, el barco zarpa a las cuatro. Debemos irnos ahora mismo, así que vamos a hablar de lo que realmente importa. Tengo unos poderes notariales preparados para que puedas dirigir Stratford Shipping con las manos completamente libres. Se hizo el silencio. «Así que por fin llegamos al meollo del asunto», pensó Elliott con frialdad. Oyó a Randolph aclararse la garganta. —Bien, supongo que es necesario, querida —respondió con voz débil. Alex intentó interrumpir, pero Julie lo detuvo con suavidad. Preguntó a Randolph si había algún papel más que quería que firmara. De todos modos, podía enviárselos a Alejandría, y ella se los devolvería firmados a vuelta de correo. Satisfecho al ver que Julie saldría a tiempo, Elliott se levantó y entró en el invernadero. Ramsey seguía engullendo cantidades sobrehumanas de comida. Tomó uno de los tres cigarros que tenía encendidos en un cenicero y aspiró una bocanada de humo. A continuación volvió al budín, el rosbif y el pan con mantequilla que estaba comiendo simultáneamente. Tenía delante una historia moderna de Egipto, abierta por el capítulo titulado «La masacre de los mamelucos», y su dedo índice se deslizaba a velocidad vertiginosa por las páginas. De repente Elliott se dio cuenta de que estaba rodeado por la espesura. Miró con asombro el gigantesco helecho que se alzaba a su lado, y la exuberante buganvilla que le rozaba el hombro y que casi obstruía la puerta. Dios santo, ¿qué había pasado allí? Había lirios por todos lados, y las margaritas casi reventaban las macetas. La hiedra crecía salvajemente por las paredes y el techo
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Ramsés el maldito Capítulo 9
En el Podcast  La Momia o Ramses el Maldito.  en  Misterio y otras realidades
44:15 min | hace 6 meses
Era muy tarde. Ramsés estaba de pie en el vestíbulo de la residencia de Julie, observando el lento movimiento de las agujas del reloj de pared. Por fin la más larga dividió en dos el número romano doce, y la corta el cuatro. El reloj dio las campanadas lenta y parsimoniosamente. Números romanos. Los había por todos lados, en las páginas de los libros, en las fachadas de los edificios... De hecho el arte, el lenguaje, el espíritu de Roma estaba profundamente asentado en esta cultura y la anclaba firmemente al pasado. El concepto de justicia que tanto respetaba Julie no procedía de los bárbaros que habían gobernado aquellas tierras en otros tiempos con sus leyes de inspiración divina y sus venganzas tribales, sino de los tribunales romanos, en los que reinaba la razón. Los grandes bancos de dinero estaban construidos en forma de templos romanos. En los lugares públicos había estatuas vestidas al estilo romano. Incluso las casas de la calle de Julie tenían pequeñas columnas romanas y hasta frontones clásicos. Entró en la biblioteca de Lawrence y se sentó de nuevo en su confortable sillón. Había iluminado la habitación con numerosas velas, hasta conseguir exactamente la luz que deseaba. Por la mañana la joven doncella se desmayaría al ver gotas de cera por todos lados, pero no tenía importancia. Ya las limpiaría. Le gustaba mucho aquella habitación de Lawrence Stratford, sus libros y su mesa. En el gramófono sonaba «Beethoven», una mezcla de chirriantes trompetas que le recordaba a un coro de gatos. Era curioso que hubiera tomado posesión de tantas cosas que habían pertenecido al inglés de cabellos blancos que había derribado la puerta de su tumba. Había pasado todo el día vestido con las pesadas ropas de Lawrence. Ahora se había vuelto a poner cómodo, con su «pijama» de seda y la bata de satén. Lo que más le había sorprendido de la vestimenta moderna eran los zapatos de cuero. Era evidente que los pies humanos no estaban hechos para llevar tales fundas, y sin embargo hasta los más pobres las poseían, aunque algunos tenían la suerte de haber hecho agujeros en el cuero, de forma que al menos el pie podía respirar. Se rió para sí. Después de todo lo que había visto en ese día, estaba pensando en zapatos. Los pies ya habían dejado de dolerle. ¿Por qué no olvidar todo el asunto? Ningún dolor lo atormentaba durante demasiado tiempo, ni tampoco duraban los placeres. Por ejemplo, estaba fumando uno de los deliciosos cigarros de Lawrence, y el humo lo mareaba levemente. Pero el mareo desaparecía al instante. Lo mismo ocurría con los licores: experimentaba la embriaguez durante un momento, cuando daba un sorbo y sentía el calor de la bebida en el pecho. Su cuerpo simplemente anulaba los efectos de las cosas, aunque podía apreciar los sabores, oler y sentir. Y aquella musiquilla que brotaba del gramófono le producía tanto placer que sintió que iban a volver a saltársele las lágrimas. ¡Había tanto que disfrutar, tanto que estudiar! Desde que había vuelto del museo, había devorado cinco o seis libros de la biblioteca de Lawrence Stratford. Había leído complejas y estimulantes descripciones de la «revolución industrial». Se había familiarizado con las ideas de Karl Marx, que le habían parecido absurdas. Era un hombre rico hablando de los pobres sin saber cómo funcionan sus mentes. Había consultado el globo terráqueo una y otra vez hasta memorizar los nombres de los continentes y países. Rusia le había parecido un país interesante. Y Estados Unidos era el que más le intrigaba.
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Ramsés el maldito Capítulo 8
En el Podcast  La Momia o Ramses el Maldito.  en  Arte y literatura
35:53 min | hace 7 meses
Al dar la medianoche, Elliott cerró el cuaderno. Había pasado la velada leyendo una y otra vez las traducciones de Lawrence, y r epasando sus viejas y polvorientas biografías de Ramsés el Grande y de Cleopatra. No había nada en aquellos tomos de historia que contradijera las afirmaciones del relato. Un hombre que gobierna Egipto durante más de sesenta años bien puede ser inmortal. Y el reinado de Cleopatra VI había sido notable desde muchos puntos de vista. Pero lo que más le intrigaba en aquel momento era un párrafo que Lawrence había escrito en latín y en egipcio, la última de sus notas. Elliott no había tenido ningún problema para leerlo. Había escrito un diario en latín durante sus años en Oxford, y aprendido egipcio, con Lawrence al principio y solo después. No se trataba de una trascripción de los rollos de Ramsés. Eran más bien impresiones y comentarios de Lawrence sobre lo que había leído. «Dice haber bebido el elixir una sola vez. No necesitó tomarlo más. Hizo de nuevo la mezcla para Cleopatra, pero le pareció peligroso tirarla y no quiso tomarla él temiendo resultados adversos. ¿Y si se probaran todas las sustancias de la tumba? ¿Y si hubiera entre ellas una capaz de rejuvenecer el cuerpo humano y prolongar la vida?» Las dos líneas en egipcio eran incoherentes. Decían algo sobre magia, secretos e ingredientes naturales combinados con un efecto completamente nuevo. Entonces aquello era lo que Lawrence había creído, más o menos. Y se había tomado la molestia de ocultar su significado escribiéndolo en lenguas antiguas. ¿Qué pensar de toda la historia, sobre todo después que Henry decía haber visto a la momia volver a la vida? Se le ocurrió de nuevo pensar que estaba entrando en un juego peligroso, que la fe es una palabra que rara vez examinamos con detenimiento. Por ejemplo, durante toda su vida, él había «creído» en las enseñanzas de la Iglesia Anglicana. Pero ni por un momento había esperado entrar en el cielo cristiano después de la muerte, ni tampoco en su infierno. No hubiera apostado ni un penique por la existencia de ninguno de los dos. Una cosa era cierta: si él hubiera visto a aquella criatura salir del sarcófago, como Henry decía, no se habría comportado como él. Un hombre sin imaginación, eso era Henry. Quizá la falta de imaginación había sido siempre su gran debilidad. Se le ocurrió pensar que Henry era un hombre que no captaba las implicaciones de las cosas. Al contrario que Henry, que había elegido huir del misterio, Elliott se había sumergido en él. Si se hubiera quedado un poco más en la casa de Julie, si hubiera sido más inteligente... Podría haber examinado las jarras de alabastro. Podría haber intentado leer los rollos. La pobre Rita se hubiera conformado con cualquier explicación. Deseó haberlo intentado. Y también deseó que su hijo Alex no estuviera sufriendo. Aquél era el único aspecto desagradable de aquel apasionante misterio. Alex se había pasado el día llamando a Julie. Estaba muy preocupado por su invitado, al que apenas había visto a través de las puertas del invernadero. —Un hombre enorme, bueno, muy alto, con ojos azules. Un tipo... muy bien parecido, pero desde luego demasiado mayor para cortejar a Julie —había dicho sin mucho convencimiento.
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Ramsés el maldito Capítulo 7
En el Podcast  La Momia o Ramses el Maldito.  en  Arte y literatura
01:01:17 min | hace 8 meses
Julie pensó que aquélla era sin duda la gran aventura de su vida. Nada de lo que pudiera ocurrirle después lo igualaría, de es o estaba segura. Era sorprendente estar en Londres, a mediodía, recorriendo las calles ruidosas y atestadas que conocía desde siempre. Hasta entonces nunca le había parecido mágica la grande y sombría ciudad. Pero ahora era diferente. Y lo grandioso era cómo lo percibía él: aquella metrópoli hormigueante, con sus grandes edificios de ladrillo, los ruidosos tranvías y los automóviles, además de los numerosos carruajes de caballos que atestaban las calles. ¿Qué pensaría de los omnipresentes anuncios publicitarios, señales de todos los tamaños y colores que ofrecían bienes, servicios, direcciones y consejos? ¿Le parecerían horribles los grandes almacenes con sus pilas de ropa hecha en serie? ¿Qué pensaría de las pequeñas tiendas en las que brillaba la luz eléctrica todo el día porque las calles eran demasiado oscuras y el humo demasiado espeso para dejar pasar la luz del sol? Ramsés estaba fascinado. Era como si lo absorbiera todo. Nada lo asustaba ni le repelía. Bajó de la acera para tocar con las manos los coches que pasaban. Subió las angostas escalerillas de caracol de los autobuses para ver la ciudad desde el piso superior. Al entrar en una oficina de telégrafos se quedó un rato observando a una secretaria que escribía a máquina. Y Julie, hechizada por aquel gigante de ojos azules, lo animó a pulsar con sus propios dedos las teclas de la máquina, cosa que él hizo entusiasmado, sin dejar de prorrumpir en exclamaciones en latín. Julie lo llevó entonces a los talleres del Times. Tenía que ver las gigantescas prensas, aspirar el fuerte olor de la tinta, oír el rugido ensordecedor de aquellas inmensas salas. Tenía que relacionar todos aquellos inventos. Debía ver lo simple que era todo. Julie lo vio conquistar a todo el mundo allá adonde iban. Hombres y mujeres lo trataban con deferencia, como si supieran intuitivamente que era de sangre real. Su porte, su caminar, su sonrisa radiante subyugaban a todos los que tenía delante, a los que estrechaba la mano, a aquellos cuya conversación escuchaba con atención como si estuviera oyendo un mensaje de vital importancia. Debía de haber un término filosófico para expresar su estado de ánimo, pero Julie no habría podido decir cuál era. Sólo sabía que Ramsés disfrutaba plenamente de todas las cosas, que ni siquiera las locomotoras lo asustaron porque estaba preparado para recibir impresiones y sorpresas y lo único que quería era comprender. Había tantas cosas que quería preguntarle, tantos conceptos que intentaba expresar... Aquello era lo peor: los conceptos.
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Ramsés el maldito Capítulo 6
En el Podcast  La Momia o Ramses el Maldito.  en  Arte y literatura
21:42 min | hace 9 meses
Henry no había estado nunca tan borracho. Ya había acabado con la botella de whisky que se había llevado sin permiso de casa de Elliott, y ahora estaba bebiendo coñac como agua. Pero no sentía el menor alivio. Fumaba un cigarro egipcio detrás de otro, inundando el piso de Daisy con la fragancia acre a la que se había acostumbrado en El Cairo. Aquel olor le recordaba a Malenka. En aquel momento hubiera deseado estar con ella, aunque también deseaba no haber pisado nunca Egipto, no haber entrado en aquella cámara excavada en la ladera de la montaña. ¡Aquella cosa estaba viva! Lo había visto verter el veneno en la taza de Lawrence. Recordaba ahora con dolorosa claridad aquellos mismos ojos mirándolo tras los vendajes. No había duda de que aquella criatura había salido de su ataúd en casa de Julie y había intentado estrangularlo con sus horribles manos. Nadie comprendía el peligro que lo acechaba. ¡Nadie lo comprendía porque nadie conocía los motivos de aquel monstruo! ¡Qué más daba la razón de su existencia! Aquel ser había sido testigo de lo que había hecho, y, a pesar de que le costase relacionarlos, Henry no tenía la menor duda de que Reginald Ramsey y la horrenda criatura eran la misma persona. ¿Volvería a su tumba cuando hubiera cumplido con su venganza? ¡Dios! Henry se estremeció. Oyó a Daisy decir algo, y cuando levantó la vista la vio de pie apoyada en la repisa de la chimenea, vestida tan sólo con un corsé y unas medias de seda. Sus pechos desbordaban las cazoletas de encaje del corsé y los largos rizos rubios se derramaban sobre sus hombros. Debiera haberle parecido algo digno de ser contemplado, de ser acariciado. Y sin embargo no significaba nada. —¡Y dices que la jodida momia salió del ataúd y te echó las jodidas manos al cuello! Y que ahora va con una jodida bata por la jodida casa... «Muérete, Daisy.» Mentalmente Henry imaginó que sacaba la navaja del bolsillo, la navaja con la que había matado a Sharples, y apuñalaba con ella a Daisy en el cuello. Sonó el timbre de la puerta. ¡No pensaría salir a abrir medio desnuda...! Era una perfecta idiota. ¡Y a él qué le importaba! Se arrellanó en el sillón y palpó la navaja en el bolsillo.
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Ramsés el maldito Capítulo 5
En el Podcast  La Momia o Ramses el Maldito.  en  Misterio y otras realidades
28:24 min | hace 10 meses
Alex, cielo —dijo Julie tomándole las manos—. El señor Ramsey era un buen amigo de papá. Lo más lógico es que se hospede aquí. —Pero tú estás sola... — Alex miró con gesto de desaprobación el salto de cama blanco que vestía Julie, y con razón. —Alex, soy una mujer moderna. ¡No cuestiones mis decisiones! Y ahora vete y déjame atender a mi invitado. Dentro de unos días comeremos juntos y te lo explicaré todo... —¡Julie, unos días! Ella lo besó levemente en los labios y lo empujó hacia la puerta. Él volvió a mirar con desconfianza en dirección al salón. —Alex, vete, por favor. Este hombre viene de Egipto. Voy a enseñarle Londres, y se me está haciendo tarde. Por favor, cariño mío, haz lo que te digo. Alex era demasiado educado para protestar más. Dedicó a Julie otra de sus miradas de inocencia y desconcierto y dijo suavemente que telefonearía por la noche para saber si todo iba bien. —Desde luego —repuso ella—. Eres un encanto. —Tras lanzarle un beso con las yemas de los dedos, cerró la puerta de inmediato. Se apoyó un momento contra la pared y dirigió la mirada al salón a través de las puertas de cristal. Rita pasó por delante como una exhalación. Oyó el silbido de la tetera en la cocina. La casa rebosaba de cálidos aromas de comida. El corazón volvía a latirle apresuradamente; un torbellino de pensamientos le atravesó la cabeza, pero todavía era incapaz de reaccionar. Lo que importaba en aquel momento era que Ramsés estaba allí, en el invernadero. Cruzó el salón lentamente y se quedó en el umbral del invernadero mirándolo. Todavía llevaba la bata de su padre, aunque se había quitado la camisa con un leve gesto de disgusto por el tacto áspero y almidonado de la prenda. Sus cabellos habían crecido plenamente. Ahora ostentaba una E oblada cabellera de suaves rizos que llegaban hasta los lóbulos de sus orejas, con un mechón rebelde que le caía una y otra vez sobre la frente. La mesa blanca del invernadero estaba cubierta de platos de comida humeante. Mientras leía un ejemplar de Punch, tomaba delicadamente con los dedos trozos de carne, fruta y pan. La elegancia con la que se llevaba la comida a la boca con los dedos era casi milagrosa. No tocó los cubiertos, aunque había admirado los grabados de aquellos antiguos objetos de plata. Llevaba dos horas leyendo y comiendo sin parar. Había devorado cantidades inimaginables de comida, como si se estuviera cargando del combustible que durante tanto tiempo le había faltado. Se había tomado ya cuatro botellas de vino, dos de agua mineral y todas las existencias de leche de la casa, y ahora sorbía pausadamente una copa de coñac. No estaba bebido. Al contrario, parecía extraordinariamente sobrio. Había repasado el diccionario inglés-egipcio con tanta rapidez que Julie casi se había mareado de ver pasar las hojas. Al parecer había asimilado el sistema de numeración árabe, expuesto en el diccionario junto a los numerales romanos, en cuestión de minutos. A continuación había hojeado el Diccionario Inglés de Oxford a la misma velocidad, pasando las páginas adelante y atrás, recorriendo con el dedo columna tras columna.
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Ramsés el maldito Capítulo 4
En el Podcast  La Momia o Ramses el Maldito.  en  Arte y literatura
18:18 min | hace 11 meses
Elliott se hallaba sentado en su sillón mirando la chimenea. Estaba muy cerca del fuego, y tenía los pies enfundados en sus zapa tillas y apoyados en la defensa para que el intenso calor le aliviara el dolor de las piernas y manos. Escuchaba a Henry con una mezcla de impaciencia e inesperada fascinación. Parecía que la mano de Dios había caído con fuerza sobre Henry a causa de sus pecados. Parecía haberse desmoronado. —¡Son imaginaciones tuyas! —dijo Alex. —Te estoy diciendo que esa condenada momia salió de su sarcófago e intentó estrangularme. Sentí su mano en el cuello y le vi la cara bajo las vendas. —Has tenido que imaginártelo —insistió Alex. —¡Mierda, imaginármelo! Elliott observó a los dos jóvenes. Henry iba sin afeitar y le temblaba la mano en la que sostenía un vaso de whisky. Alex estaba inmaculado, con las manos tan limpias como las de un niño. —¿Y dices que ese egiptólogo y la momia son la misma persona? Henry, has estado fuera toda la noche, ¿verdad? Has estado bebiendo con esa chica del music-hall. Has estado... —¡Y de dónde diablos ha salido ese tipo si no es la momia! Elliott se echó a reír suavemente y atizó las brasas con la punta del bastón. Henry insistió. —¡Anoche no estaba allí! ¡Y bajó por la escalera con la bata del tío Lawrence! ¡Y además vosotros no lo habéis visto! No es un hombre normal. Cualquiera que lo vea se da cuenta de que no lo es. —¿Y está ahora solo en la casa con Julie? Alex tardaba tanto en sacar conclusiones, pobre alma cándida... —Eso es lo que he estado intentando decirte. ¡Dios mío! ¿Es que no va a haber nadie en Londres que me escuche? —Henry acabó con su whisky, se acercó al mueble bar y volvió a llenar el vaso—. Y Julie está encubriéndole. Ella sabe lo que ha sucedido. ¡Vio cómo aquello se me acercaba por la espalda! —Te estás poniendo en ridículo con esta historia —dijo Alex con suavidad—. Nadie va a creer... —¿No te das cuenta? —replicó Henry con impaciencia—. Esos papiros, esos rollos hablan de algo inmortal. Lawrence se lo estaba contando a ese Samir, algo así como que Ramsés II había vivido mil años... —Creí que era Ramsés el Grande —lo interrumpió Alex. —Los dos son el mismo, zoquete. Ramsés II, Ramsés el Grande, Ramsés el Maldito. Todo estaba en esos papiros, te lo aseguro. ¿Y no lo has leído en los periódicos? Y yo que creí que el tío Lawrence se estaba volviendo loco por el calor... —Creo que necesitas descansar, y posiblemente en un hospital. Todo esto de la maldición... —¡Maldita sea, no entiendes nada! Es peor que una maldición. Esa momia ha intentado matarme. Te oigo que está viva.
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Ramsés el maldito Capítulo 3
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53:17 min | hace 11 meses
Julie bajó en silencio las escaleras en zapatillas. Se había I recogido los pliegues del salto de cama de encaje para no tropeza r, y su cabellera castaña caía en gruesos rizos sobre J sus hombros y espalda. El sol fue lo primero que vio al entrar en la biblioteca. La cálida luz dorada entraba a raudales desde el invernadero a través de las puertas abiertas, danzando entre los helechos, jugando con el agua de la fuente. Haces de largos rayos oblicuos caían sobre la máscara de oro de Ramsés el Maldito, que seguía en su sombría esquina, y se derramaban sobre los oscuros colores de la alfombra oriental y sobre la momia, que seguía alojada en el sarcófago abierto. El rostro y los miembros ocultos tras las vendas parecían dorados como la arena del desierto a mediodía. La habitación se iluminó ante los ojos de Julie. El sol explotó repentinamente en las monedas de oro, que brillaron con fuerza sobre el terciopelo negro. La luz acarició el suave mármol del busto de Cleopatra dando vida a su mirada soñolienta. Encendió el alabastro translúcido de la larga fila de redomas. Resplandeció en laspequeñas piezas de oro expuestas por toda la habitación y en los títulos dorados estampados en los lomos de cuero de los libros. E hizo brillar intensamente el nombre «Lawrence Stratford», grabado sobre la tapa del diario que descansaba sobre la mesa. Julie permaneció inmóvil, disfrutando de la calidez que la rodeaba. El leve olor a moho se estaba desvaneciendo. Y la momia parecía moverse bajo la luz como si respondiera al calor, parecía suspirar casi como una flor al abrirse. ¡Qué hermosa ilusión! Por supuesto que no se había movido. Y sin embargo parecía más llena, sus poderosos hombros y brazos más redondeados, sus dedos más vivos. —Ramsés... —murmuró. De nuevo escuchó aquel sonido que la había sorprendido la noche anterior. Pero no, en realidad no era un sonido, sino sólo el aliento de la vieja casa, el desperezarse de la madera y la escayola bajo la luz cálida de la mañana. Cerró los ojos un momento. Entonces oyó los pasos de Rita en el salón. Claro, había sido Rita todo el tiempo... el sonido de alguien que está muy cerca: latidos, respiración, el sutil roce de la ropa al moverse. —Señorita, de verdad le digo que no me gusta nada que tengamos esa cosa aquí —dijo Rita. ¿Era su plumero deslizándose suavemente sobre los muebles de la habitación lo que oía? Julie no se volvió para averiguarlo. Se acercó a la momia y le miró el rostro. Dios santo, la noche anterior no la había visto bien, no como la veía ahora bajo la fuerte y cálida luz del sol.
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Ramsés el maldito Capítulo 2
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01:33:45 min | hace 12 meses
El empleado estaba leyendo a escondidas la última edición del London Herald, que tenía doblado y oculto tras la oscura mesa lac ada. La oficina estaba tranquila a causa de la reunión del consejo, y el único sonido que rompía el silencio era el distante teclear de una máquina de escribir en la oficina de al lado. MAGNATE DE STRATFORD SHIPPING VÍCTIMA DE LA MALDICIÓN DE LA MOMIA:La tragedia había inflamado la imaginación del público. Era imposible dar un paso sin ver una portada que no estuviera dedicada a lo mismo. Y los periódicos populares se habían cebado en la historia, publicando apresuradas ilustraciones de pirámides y camellos, de la momia en su sarcófago y el pobre señor Stratford muerto a sus pies. El pobre señor Stratford, que había sido siempre un hombre intachable, recordado ahora por una muerte macabra y t sensacionalista. Pero justo cuando parecía que el tema se agotaba, había recibido una nueva inyección de vitalidad:
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Ramsés el maldito Capítulo 1
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01:11:02 min | hace 1 año
Los fogonazos de las cámaras lo cegaron por un momento. Ojalá hubiera podido mantener alejados a los fotógrafos. Pero llevaban ya meses pegados a sus talones, desde que habían encontrado los primeros restos en aquellas áridas colinas al sur de El Cairo. Era como si ellos también hubieran sabido que algo iba a ocurrir. Después de tantos años de trabajo, Lawrence Stratford estaba a punto de hacer un descubrimiento fabuloso. Y allí estaban, con sus cámaras dispuestas y los flashes humeantes. Casi le hicieron perder el equilibrio con sus empujones mientras se abría paso por el estrecho pasadizo que conducía a la puerta de mármol cubierta de inscripciones. El crepúsculo pareció cerrarse a su alrededor súbitamente. Podía ver las letras, pero no las distinguía con claridad. —¡Samir! —gritó—. Necesito más luz. —Bien, Lawrence. Al instante una antorcha se encendió a sus espaldas y la poderosa luz amarilla iluminó con claridad la gran losa de piedra. Sí, eran jeroglíficos, profunda y diestramente grabados en mármol italiano. Jamás había visto nada igual.Sintió el tacto cálido y sedoso de la mano de Samir en su hombro mientras leía en voz alta: —«Ladrones de los Muertos, alejaos de esta tumba o despertaréis a su ocupante, cuya ira nadie puede contener. Ramsés el Maldito es mi nombre.» Miró a Samir. ¿Qué podía significar aquello? —Adelante, Lawrence, sigue traduciendo. Tú eres mucho más rápido que yo —lo apremió Samir. —«Ramsés el Maldito es mi nombre. En otro tiempo Ramsés el Grande, rey del Alto y el Bajo Egipto; azote de los hititas, constructor de mil templos; adorado por su pueblo; y guardián inmortal de los reyes y reinas de Egipto a lo largo de los siglos. En el año de la muerte de la gran reina Cleopatra, al convertirse Egipto en provincia romana, me entrego a la oscuridad eterna; cuidaos de mí si dejáis que los rayos del sol crucen esta puerta.» —Pero no tiene sentido —susurró Samir—. Ramsés el Grande reinó mil años antes que Cleopatra. —Y sin embargo no hay duda de que estos jeroglíficos son de la dinastía XIX —repuso Lawrence. Limpió con impaciencia la tierra que cubría las letras—. Mira,a continuación se repite el mismo texto en latín y en griego. Hizo una pausa y finalmente leyó las últimas líneas en latín.
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