Los pilares de la tierra de Ken Follett (Completo)

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Los pilares de la tierra de Ken Follett (Completo)
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Descripción del podcast de Los pilares de la tierra de Ken Follett (Completo): Los pilares de la Tierra es una novela histórica del autor británico Ken Follett ambientada en Inglaterra en la Edad Media, en concreto en el siglo XII, durante un periodo de guerra civil conocido c... omo la Anarquía inglesa, entre el hundimiento del White Ship y el asesinato del arzobispo Thomas Becket

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Los pilares de la tierra (Capítulo final)
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02:34:46 min | hace 11 meses
La carta del rey llegó mientras los monjes se encontraban cantando las capítulas. Jack había construido una nueva sala capitul ar para acomodar a los ciento cincuenta monjes, el mayor número que, en toda Inglaterra, había en un solo monasterio. El edificio, redondo, tenía un techo bordeado de piedras y filas de graderías para que los monjes tomaran asiento. Los dignatarios monásticos se sentaban en bancos de piedra adosados a los muros, a una altura un poco superior al nivel del resto.Philip y Jonathan ocupaban tronos esculpidos en la piedra del muro frente a la puerta. Un monje joven estaba leyendo el capítulo séptimo de la Regla de San Benito: "El sexto peldaño de humildad se alcanza cuando un monje se contenta con todo cuanto es pobre y bajo." Philip se dio cuenta de que no sabía el nombre del monje que estaba leyendo. ¿Se debería a que se estaba volviendo viejo o a que la comunidad había llegado a ser muy grande? "El séptimo peldaño de humildad se alcanza cuando un hombre no sólo confiesa con su lengua que es más humilde e inferior a otros, sino que así lo cree en lo más profundo de su corazón." Philip sabía que no había llegado todavía a ese grado de humildad. Había alcanzado mucha durante sus setenta y dos años;la logró mediante valor y decisión, y también utilizando el cerebro; y necesitaba recordarse de manera constante que la verdadera razón de su éxito era la de haberse beneficiado de la ayuda de Dios, sin la que todos sus esfuerzos hubieran resultado vanos.
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Los pilares de la tierra 17 de 18
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01:33:26 min | hace 11 meses
Kingsbridge seguía creciendo. Hacía tiempo que había desbordado sus murallas primitivas, las cuales ya sólo protegían menos d e la mitad de las casas. Habían transcurridos cinco años desde que la comunidad construyó nuevas murallas abarcando los suburbios que se habían ido formando extramuros. Y en esos momentos empezaban a formarse más suburbios fuera de las murallas nuevas. La pradera a la otra orilla del río, donde los ciudadanos habían celebrado tradicionalmente la fiesta de San Pedro Encadenado y la víspera de San Juan, se había convertido en una pequeña aldea llamada Newport.Un frío domingo de Pascua el sheriff William Hamleigh cabalgó a través de Newport y cruzó el puente de piedra que conducía a lo que ahora se llamaba la ciudad vieja de Kingsbridge. Ese día iba a ser consagrada la nueva catedral recién terminada. Atravesó la imponente puerta de la ciudad y enfiló por la Calle Mayor que acababan de adoquinar. Las moradas a cada lado de la calle eran todas ellas casas de piedra con tiendas en la planta baja y viviendas encima. William se dijo con amargura que Kingsbridge era ya más grande, más bulliciosa, más rica de lo que jamás fue Shiring. Al llegar al final de la calle, torció en dirección al recinto del priorato. Y allí, ante sus ojos, se alzaba el motivo del engrandecimiento de Kingsbridge y del declive de Shiring. La catedral.Era deslumbradora.
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Los pilares de la tierra 16 de 18
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02:14:36 min | hace 12 meses
Remigius se mostraba arrogante incluso en la penuria. Entró en la casa solariega de madera, en la aldea Hamleigh, levantando con desdén su larga nariz ante los inmensos soportes de tosca madera que sostenían el tejado, ante las paredes de zarzo encalado y la hoguera sin chimenea en el centro del suelo de tierra batida. William lo observó al entrar. Es posible que la suerte me haya dado la espalda; pero no he caído tan bajo como tú, se dijo mirando las viejas sandalias tan reparadas, la desaseada sotana, el rostro sin afeitar y el pelo revuelto. Remigius nunca había sido gordo, pero ahora estaba más flaco que nunca. Su altiva expresión no lograba disimular las arrugas de agotamiento o sus amoratadas ojeras. Remigius aún no había sido doblegado pero sí llevaba recibidos muchos golpes. —Que Dios te bendiga, hijo mío —dijo a William. William no estaba dispuesto a soportar aquellas actitudes. —¿Qué queréis, Remigius? Insultaba deliberadamente al monje al no llamarle "padre" o "hermano". Remigius se sobresaltó como si le hubieran golpeado. William supuso que habría recibido algunos desplantes de ese estilo desde que volvió al mundo. —El conde Richard se ha apropiado de nuevo de las tierras que me diste como deán del capítulo de Shiring. —No es sorprendente —replicó William—. Todo ha de ser devuelto a quienes lo poseían en tiempos del viejo rey Henry. —Pero entonces me quedo sin medios de subsistencia. —Vos y un montón de gente más —le contestó William con despreocupación—. Tendréis que volver a Kingsbridge......
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Los pilares de la tierra 15 de 18
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02:41:17 min | hace 1 año
—Cuéntame una historia —dijo Aliena—. Ya no me cuentas nunca historias. ¿Recuerdas cómo solías hacerlo? —Me acuerdo â €”dijo Jack. Se encontraban en su cañada secreta del bosque. Era ya a finales de otoño; así que, en lugar de sentarse a la sombra junto al arroyo, habían encendido una hoguera al abrigo de una cresta rocosa. A pesar de que la tarde fuese fría y gris, habían entrado en calor haciendo el amor, y el fuego chisporroteaba alegre. Los dos estaban desnudos debajo de sus capas. Jack abrió la de Aliena y le rozó el seno. Ella consideraba que sus senos eran demasiado grandes y la entristecía no tenerlos tan altos y firmes como lo fueron antes de tener a sus hijos, pero a Jack parecían gustarle igual, lo cual representaba un gran alivio. —Una historia de una princesa que vivía en la torre de un alto castillo. — Le tocó suavemente el pezón—. Y de un príncipe que vivía en la torre de otro alto castillo. —Le acarició el otro seno—. Todos los días se miraban desde las ventanas de sus prisiones y anhelaban cruzar el valle que los separaba. — Descansó la mano en el hueco entre los dos senos y luego de repente empezó a bajarla—. ¡Pero en las tardes de todos los domingos se reunían en el bosque! Aliena chilló, sobresaltada y luego se rió de sí misma. Aquellas tardes de domingo eran los momentos dorados en una vida que se estaba desmoronando con celeridad.
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Los pilares de la tierra 14 de 18
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02:51:58 min | hace 1 año
Jack acabó los cruceros, los dos brazos de la cruz que formaba la planta de la iglesia. Había tardado siete años. Aquello era c uanto él había soñado. Perfeccionó las ideas de Saint-Denis, haciéndolo todo más alto y estrecho. Los grupos de fustes de los estribos se alzaban gráciles a través de la galería y se convertían luego en los nervios de la bóveda, curvándose hasta unirse en el centro del techo. Las elevadas ventanas ojivales inundaban de luz el interior.Las molduras eran preciosas y delicadas, y la ornamentación esculpida componía un denso follaje de piedra. Sin embargo en el presbiterio descubrió unas grietas.Permanecía en pie en el alto pasaje del presbiterio, mirando a través del vacío del crucero norte, cavilando. Era una deslumbrante mañana primaveral.Se sentía desconcertado y frustrado. De acuerdo con el profundo saber de los albañiles, la estructura era fuerte. Pero una larga fisura revelaba alguna debilidad. Su bóveda era más alta que cualquier otra que él hubiera visto jamás, pero no hasta el punto de poner en peligro la estructura. No había cometido la equivocación de Alfred colocando una bóveda de piedra en una edificación que no había sido construida para soportar ese peso. Sus muros habían sido concebidos para una bóveda de piedra. No obstante, habían aparecido grietas en el presbiterio, más o menos en el mismo sitio en que el techo anterior se había derrumbado.
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Los pilares de la tierra 13 de 18 (parte 2)
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01:20:04 min | hace 1 año
En ocho años el bosque había crecido y cambiado. Jack pensó que nunca podría perderse en un terreno que un día conoció como la palma de su mano. Pero en eso se había equivocado. Los antiguos rastros habían desaparecido bajo la invasión de la vegetación y otros habían resultado hollados por los venados, los verracos y los ponys salvajes. Los arroyos habían cambiado su curso, muchos árboles viejos habían caído y los jóvenes eran más altos. Todo parecía haberse reducido, las distancias daban la impresión de ser más cortas y las colinas con menos pendiente. Pero lo más asombroso de todo era que allí se sentía como un extraño. Cuando un joven venado se le quedó mirando sobresaltado a través de una cañada, Jack fue incapaz de distinguir a qué familia pertenecía o dónde estaría su madre. Cuando una bandada de patos salió volando, no supo al instante de qué parte de las aguas habían salido y por qué. Y se hallaba nervioso porque no tenía idea de dónde estaban los proscritos. Había cabalgado durante la mayor parte del camino desde Kingsbridge, pero hubo de desmontar tan pronto como se salió del camino principal, ya que los árboles crecían muy bajos sobre el sendero para que pudiera seguir sobre el caballo. El retorno a los lugares de caza de su adolescencia le había hecho sentirse irracionalmente triste.
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Los pilares de la tierra 13 de 18 (parte 1)
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01:50:05 min | hace 1 año
—Así que dios dijo a Satanás: "Mira a mi hombre Job. Míralo. Ahí tienes a un hombre bueno como jamás vi otro." —Philip hi zo una pausa para causar más efecto; naturalmente aquello no era una traducción, era una versión libre de la historia—. "Dime si no es un hombre perfecto y recto que tiene el temor de Dios y no comete pecado." Y Satanás dijo: "Es natural que te adore. Le has dado todo cuanto puede desear. Siete hijos y tres hijas. Siete mil ovejas y tres mil camellos así como quinientas parejas de bueyes y quinientos asnos. Ésa es la razón de que sea un hombre bueno." Así que Dios dijo: "Muy bien.Despójale de todo ello y observa lo que pasa." Y eso fue precisamente lo que hizo Satanás.Mientras Philip predicaba, su mente volvía sin cesar a una misteriosa carta que había recibido aquella misma mañana del arzobispo de Canterbury.Empezaba felicitándole por haber entrado en posesión de la Madonna de las Lágrimas.
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Los pilares de la tierra 12 de 18 (parte 2)
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02:40:26 min | hace 1 año
Aliena halló un barco en Wareham. Cuando de jovencita navegaba para ir a Francia con su padre, lo hacían en uno de los barcos d e guerra normandos. Eran unas embarcaciones largas y estrechas cuyos costados se curvaban hasta formar una punta alta y aguda a babor y estribor. Llevaban hileras de remeros a cada lado y una vela de cuero cuadrada. En esta ocasión, el barco que había de llevarla a Normandía era similar a aquellos barcos de guerra, pero más ancho en el centro y más profundo para poder contener la carga; procedía de Burdeos, y Aliena había visto a los marineros descalzos descargar grandes toneles de vino destinados a las bodegas de las gentes acaudaladas. Sabía que tenía que dejar a su bebé, pero ello le partía el corazón. Cada
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Los pilares de la tierra 12 de 18 (parte 1)
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01:31:26 min | hace 1 año
Durante todo el invierno, Aliena estuvo enferma. Apenas dormía ninguna noche, envuelta en su capa, sobre el suelo, a los pies de la cama de Alfred y, por el día, se sentía embargada por una insuperable lasitud. A menudo tenía náuseas, por lo que comía muy poco,pese a lo cual parecía que ganaba peso. Estaba segura de que había ensanchado de pecho y caderas, y también de cintura.A ella correspondía llevar la casa de Alfred, a pesar de que, en realidad, era Martha quien hacía la mayor parte del trabajo. Los tres formaban una lamentable familia. A Martha nunca le gustó su hermano, al cual Aliena aborrecía ya cordialmente, por lo que no era de extrañar que Alfred pasara el mayor tiempo posible fuera de la casa, trabajando durante el día y metido en la cervecería cada noche. Martha y Aliena compraban la comida y la guisaban sin entusiasmo alguno y las veladas las pasaban haciendo ropa. Aliena esperaba con ansia la primavera porque cuando la temperatura volviera a ser templada, ella podría acudir a su cañada secreta en las tardes de domingo. Allí le sería posible descansar en paz y soñar con Jack.
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Los pilares de la tierra 11 de 18
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02:47:43 min | hace 1 año
El triunfo de William se vino abajo con la profecía de Philip y, en lugar de sentirse satisfecho y jubiloso, se sintió aterrado ante la posibilidad de acabar en el infierno por lo que había hecho. Había demostrado bastante arrojo al contestar a Philip en tono de mofa: ¡Esto es el infierno, monje! Pero eso fue debido a la excitación del ataque. Una vez que todo hubo pasado, y que él y sus hombres abandonaron la ciudad en llamas; cuando sus caballos y los latidos de sus corazones frenaron la marcha, cuando tuvo tiempo para analizar con detalle la redada y pensar en cuántas personas había herido,abrasado y matado, sólo entonces se le vino a la mente el rostro airado de Philip y su dedo señalando a las entrañas de la tierra, así como sus palabras cargadas de terribles presagios: ¡Irás al infierno por esto! Cuando se hizo la oscuridad, se sentía absolutamente abatido. Sus hombres de armas querían hablar de la operación, destacando los momentos cruciales y deleitándose con la carnicería; pero pronto se sintieron contagiados por el talante de William y se sumieron en lúgubre silencio. Aquella noche la pasaron en las tierras de uno de los más importantes arrendatarios de William.
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Los pilares de la tierra 10 de 18 (parte 2)
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02:29:27 min | hace 1 año
El primer juego en la víspera de San Juan consistía en comer el pan howmany 7 Al igual que ocurría con muchos de los juegos, ha bía en él un atisbo de superstición que hacía que Philip se sintiera incómodo. Sin embargo, si intentara prohibir cada uno de los ritos con el regusto de viejas religiones resultarían proscritas la mitad al menos de las tradiciones del pueblo y,además, sería desafiado. De manera que ejercía una tolerancia discreta ante la mayoría de las cosas, adoptando una actitud firme respecto a unos cuantos excesos.Los monjes habían instalado mesas sobre la hierba en el extremo occidental del recinto del priorato. Los pinches de cocina llevaban a través del patio calderos humeantes. El prior podía considerarse el señor del feudo, así que era responsabilidad suya ofrecer un festín a sus arrendatarios con ocasión de fiestas importantes. La política de Philip consistía en mostrarse generoso con la comida y parco con la bebida, de manera que servía cerveza floja y nada de vino. No obstante, había cinco o seis incorregibles que se las arreglaban para emborracharse hasta perder el sentido siempre que había fiesta.Los ciudadanos principales de Kingsbridge se sentaban a la mesa de Philip. Tom Builder y su familia, los maestros artesanos más antiguos,incluido Alfred, el hijo mayor de Tom, y los mercaderes, entre ellos Aliena;aunque no Malachi el Judío, que solía incorporarse más tarde a las festividades, después de celebrado el oficio. Philip pidió silencio y bendijo la mesa. Luego, alargó a Tom la hogaza how-many. A medida que pasaban los años, Philip iba sintiendo un mayor aprecio por Tom. No había mucha gente que dijera lo que pensaba e hiciera lo que decía. Ante las sorpresas, crisis y desastres, Tom reaccionaba con toda calma sopesando las consecuencias, calibrando los daños y planeando la mejor solución. Philip lo miró con afecto. Tom era hoy un hombre muy diferente del que, cinco años atrás, llegó al priorato suplicando que le dieran trabajo. Entonces se encontraba exhausto, macilento y tan flaco que los huesos parecían a punto de perforar su piel curtida por la intemperie. Durante el tiempo que llevaba allí, había entrado en carnes; sobre todo desde que su mujer regresó. No es que estuviera gordo, pero tenía recubierta su gran osamenta y hacía ya mucho que aquella mirada desesperada se había desvanecido de sus ojos. Vestía ropa cara, una túnica verde Lincoln, calzaba zapatos de piel suave y llevaba un cinturón con hebilla de plata.
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Los pilares de la tierra 10 de 18 (parte 1)
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02:03:55 min | hace 1 año
Debido a la gran duración del capitulo 10 (casi 5 horas) he creído necesario dividirlo en 2 partes. El día de san Agustín el trabajo terminaba a mediodía. La mayoría de los constructores recibían con un suspiro de alivio la campana que lo anunciaba. Sin embargo, Jack estaba demasiado absorto en su tarea para oírla. Se sentía hipnotizado ante el desafío de cincelar formas redondeadas y suaves sobre la dura piedra, la cual tenía voluntad propia y, si intentaba hacerle algo que ella no quisiera, solía combatirle haciendo que su cincel resbalara, que esculpiera demasiado hondo estropeando así las formas. Pero, una vez que llegaba a conocer al trozo de roca que tenía ante sí, podía transformarlo a su gusto. Cuanto más difícil era la labor, más fascinado se sentía. Empezaba a tener la sensación de que el cincelado decorativo que quería Tom era demasiado fácil. Las molduras en zigzags, rombos, dientes de perro, espirales o simples volutas habían llegado a aburrirle, e incluso aquellas hojas resultaban rígidas y repetitivas. Quería cincelar follaje de aspecto natural, flexible e irregular, y copiar las distintas formas de hojas auténticas de roble, fresno y abedul. Pero Tom no iba a dejarle. Y, sobre todo, quería cincelar escenas históricas: Adán y Eva, David y Goliat... O bien el Día del Juicio Final, con monstruos, demonios y gentes desnudas. Pero no se atrevía a proponerlo. Tom hizo que al fin dejara de trabajar. —Es fiesta, zagal —le dijo—. Además, todavía eres aprendiz mío y quiero que me ayudes a recoger. Todas las herramientas han de quedar guardadas antes del almuerzo...
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Los pilares de la tierra 9 de 18
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02:49:16 min | hace 1 año
Poco antes del amanecer, cuando la mayoría de los hermanos se encontraban en la cripta para el oficio de prima, sólo quedaban do s personas en el dormitorio, Johnny, que barría en un extremo de la larga habitación, y Jonathan, que se hallaba en el otro, jugando a la escuela. El prior Philip se detuvo en la puerta y se quedó observando a Jonathan. Tenía ya casi cinco años, era un chiquillo despierto y decidido, con una seriedad infantil que encantaba a todos. Johnny aún seguía vistiéndole con un hábito de monje en miniatura. Aquel día Jonathan imitaba al maestro de novicios dando clase ante una imaginaria hilera de alumnos. ¡Eso está mal, Godfrey! decía con gran severidad ante el banco vacío. No habrá comida para ti si no te aprendes los veleros. Quería decir los verbos. Philip sonrió con cariño. No habría podido querer más a un hijo. Jonathan era la única cosa en su vida que le producía la más pura alegría. El niño correteaba por el priorato como un cachorro, mimado y consentido por todos los monjes. Para la mayoría de ellos era como un cachorrillo, algo con lo que jugar. Para Philip y Johnny era algo más. Johnny lo quería como una madre; y Philip, a pesar de que trataba de ocultarlo, se sentía como el padre del rapaz.
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Los pilares de la tierra 8 de 18
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01:50:31 min | hace 1 año
La ramera que William eligió no era muy bonita pero tenía grandes senos. Además se sintió atraído por su cabellera abundante y rizosa. Se había acercado a él con paso lento y moviendo las caderas. Se dio cuenta entonces de que tenía algunos años más de los que él imaginó. Tal vez veinticinco o treinta. Aunque su sonrisa era inocente, la mirada se percibía dura y calculadora. Walter fue el siguiente en elegir, y se decidió por una muchacha menuda, de aspecto vulnerable y juvenil, con el pecho liso. Una vez que William y Walter hicieron su selección, les llegó el turno a los otros cuatro caballeros. William los había llevado al burdel porque necesitaban un poco de expansión. Hacía meses que no participaban en batalla alguna y empezaban a mostrarse descontentos y pendencieros.La guerra civil que había estallado hacía un año entre el rey Stephen y su rival Maud, la llamada Emperatriz, parecía atravesar momentos de calma. William y sus hombres estuvieron siguiendo a Stephen por todo el suroeste de Inglaterra. La estrategia de éste era enérgica aunque errática. De repente atacaba con enorme entusiasmo una de las plazas fuertes de Maud; pero, de no obtener una victoria rápida, se cansaba pronto del asedio y se retiraba. El jefe militar de los rebeldes no era la propia Maud, sino su medio hermano Robert, conde de Gloucester. Y, hasta ese momento, Stephen no había logrado obligarle a una lucha abierta. Era una guerra indecisa con mucho movimiento y escasa lucha real, y por ello los hombres se mostraban inquietos.
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Los pilares de la tierra 7 de 18
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02:42:05 min | hace 1 año
Fue un gran día cuando Tom Builder condujo a los picapedreros a la cantera. Fueron allí unos días antes de Pascua, quince mese s después de que ardiera la vieja catedral. El prior había necesitado todo ese tiempo para reunir el dinero suficiente que le permitiera contratar artesanos. Tom había encontrado en Salisbury un leñador y un maestro cantero, casi terminado ya el palacio del obispo. Hacía dos semanas que el leñador y sus hombres habían estado trabajando, descubriendo y talando altos pinos y robles en sazón. Concentraban sus esfuerzos en los bosques cercanos al río, aguas arriba desde Kingsbridge, ya que resultaba muy costoso el transporte de materiales por las carreteras zigzagueantes y embarradas, y podía ahorrarse muchísimo dinero haciendo flotar la madera río abajo hasta el emplazamiento en construcción. Se desmochaba toscamente la madera para planchas de andamiaje, dándoles cuidadosamente la forma de plantillas para guiar a los albañiles y los canteros o, en el caso de los árboles más altos, apartándolos para ser utilizados como vigas de tejado. En aquellos momentos estaba llegando a Kingsbridge una madera excelente, a un ritmo constante, y todo cuanto Tom tenía que hacer era pagar a los leñadores todos los sábados por la tarde.
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Los pilares de la tierra 6 de 18
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03:20:39 min | hace 1 año
Aliena estaba decidida a no pensar en aquello. Pasó toda la noche sentada en el frío suelo de piedra de la capilla, con la espa lda contra el muro y la mirada fija en la oscuridad. Al principio no podía pensar en otra cosa que en la infernal escena por la que había tenido que pasar, pero el dolor se fue aliviando algo de forma gradual y fue capaz de concentrar la mente en los ruidos de la tormenta, la lluvia cayendo sobre el tejado de la capilla y el viento aullando alrededor de las murallas del castillo desierto. Al principio había quedado desnuda. Después de que los dos hombres hubieron... Cuando hubieron terminado habían vuelto a la mesa, dejándola caída en el suelo y a Richard sangrando junto a ella. Los hombres habían comenzado a comer y a beber como si se hubieran olvidado de ella y luego ella y Richard probaron suerte y huyeron de la habitación. Para entonces había estallado la tormenta y hubieron de atravesar el puente bajo una lluvia torrencial para poder refugiarse en la capilla. Richard había vuelto casi de inmediato a la torre del homenaje. Entró en la habitación donde se encontraban los hombres, cogiendo su capa y la de Aliena del clavo que había junto a la puerta, y luego salió corriendo antes de que William y su caballerizo tuvieran tiempo de reaccionar.
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Los pilares de la tierra 5 de 18
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02:47:22 min | hace 1 año
Desde que Ellen se fue, los domingos transcurrían muy tranquilos en la casa de invitados. Alfred jugaba a pelota con los muchach os de la aldea en la pradera del otro lado del río. Martha, que echaba de menos a Jack, se distraía recogiendo verduras y haciendo potaje o vistiendo a una muñeca. Tom trabajaba en su proyecto de catedral. En una o dos ocasiones había insinuado a Philip que debería pensar qué tipo de iglesia quería construir, pero éste no se había dado cuenta o había preferido ignorar la insinuación. Tenía un montón de cosas en la cabeza. Pero Tom apenas pensaba en otra cosa, especialmente los domingos. Le gustaba sentarse en la casa de invitados, justo al lado de la puerta, y contemplar a través del césped la catedral en ruinas. A veces hacía diseños sobre una plancha de pizarra, pero la mayor parte del trabajo bullía en su cabeza. Sabía que para la mayoría de la gente resultaba difícil visualizar objetos sólidos y espacios complejos, pero a él siempre le había sido fácil. Y un domingo, unos dos meses después de la partida de Ellen, se sintió preparado para empezar a dibujar.
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Los pilares de la tierra 4 de 18
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04:02:08 min | hace 1 año
La catedral de Kingsbridge no era una grata visión. Se trataba de una estructura baja, achaparrada y maciza con gruesos muros y minúsculas ventanas. Fue construida mucho antes de la época de Tom, cuando los constructores todavía no habían aprendido la importancia de la proporción. Los de la generación de Tom sabían que un muro recto, bien aplomado, era más fuerte que otro más grueso, y que en los muros podían abrirse cuantas ventanas se quisiera, siempre que el arco de la ventana fuera un semicírculo perfecto. Desde cierta distancia la iglesia parecía ladeada y al acercarse Tom comprendió por qué. Una de las torres gemelas en el extremo Oeste se había derrumbado. Se sintió encantado. El nuevo prior querría levantarla de nuevo, con toda seguridad. La esperanza le hizo apretar el paso. Haber sido contratado como lo fue en Earlcastle, y ver luego cómo a su nuevo patrón le derrotaban durante una batalla y era además capturado, había sido verdaderamente descorazonador. Tenía la sensación de que no soportaría otra decepción como aquélla. Miró a Ellen. Temía que cualquier día llegara a la conclusión de que él no encontraría trabajo antes de que todos se murieran de hambre, que le dejaría. Ellen le sonrió y luego frunció de nuevo el ceño al mirar la amenazadora mole de la catedral. Tom había notado que ella se encontraba incómoda entre monjes y sacerdotes. Se preguntó si no se sentiría culpable de que ellos dos no estuvieran realmente casados a los ojos de la Iglesia. El recinto del priorato bullía de actividad. Tom había visto monasterios somnolientos y monasterios activos. Pero Kingsbridge era excepcional; parecía como si hubiesen empezado la limpieza de primavera tres meses antes. Fuera de la cuadra, dos monjes se ocupaban de almohazar caballos y un tercero limpiaba guarniciones, mientras que unos novicios limpiaban los pesebres. Otros monjes estaban barriendo la casa de los invitados que estaba contigua a la caballeriza, y fuera esperaba una carreta llena de paja dispuesta para ser extendida sobre el suelo limpio......
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Los pilares de la tierra 3 de 18
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03:12:54 min | hace 1 año
—Esa zorra estará allí —dijo la madre de William—. Estoy segura de que estará. William miró la amenazadora fachada de l a catedral de Kingsbridge con una mezcla de temor y de anhelo. Si Lady Aliena asistía al oficio divino de la Epifanía sería en extremo embarazoso para todos ellos, y, sin embargo, el corazón le latía con más fuerza ante la idea de volver a verla. Cabalgaban por la carretera que conducía a Kingsbridge; William y su padre montando caballos de guerra, y su madre en un hermoso corcel con un séquito de tres caballeros y tres palafreneros. Formaban un grupo impresionante e incluso temible, lo que satisfacía a William. Y los campesinos que caminaban por la carretera se dispersaban ante sus poderosos caballos. A pesar de todo, madre estaba furiosa. —Todo el mundo está enterado, hasta esos desgraciados siervos —decía entre dientes—. Incluso hacen chanzas sobre nosotros. ¿Cuándo una novia no es una novia? ¡Cuando el novio es William Hamleigh! Hice azotar a un hombre por eso, pero no sirvió de nada. Me gustaría agarrar a esa zorra, la despellejaría viva y colgaría su piel de un clavo y dejaría que los cuervos picoteasen su carne.
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Los pilares de la tierra 2 de 18
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03:34:24 min | hace 1 año
Peter de Wareham era un perturbador nato. Le habían trasladado a la pequeña celda en el bosque desde la casa matriz en Kingsbri dge, y era fácil comprender por qué el prior de Kingsbridge estaba tan ansioso por librarse de él. Era un hombre alto y fuerte, cerca de los treinta, de poderoso intelecto y modales desdeñosos, que vivía en un estado permanente de justificada indignación. Al llegar por primera vez y empezar a trabajar en los campos estableció un ritmo enloquecido y luego acusó a los demás de perezosos. Sin embargo, y ante su propia sorpresa, la mayoría de los monjes habían mantenido su ritmo de trabajo e incluso los más jóvenes llegaron a cansarle. Entonces buscó otro pecado que no fuera la ociosidad decidiéndose en segundo lugar por la gula.Empezó por comer sólo la mitad de su pan y nada de carne. Durante el día bebía agua de los arroyos y cerveza aguada, y rechazaba el vino. Dio una reprimenda a un saludable monje por haber pedido más gachas, e hizo llorar a un muchacho que en broma se había bebido el vino de otro. Los monjes no mostraban indicios de gula, reflexionaba el prior Philip mientras regresaban desde lo alto de la colina al monasterio, a la hora del almuerzo. Los más jóvenes eran delgados y musculosos, y los mayores nervudos, quemados por el sol. Ninguno de ellos tenía esas características redondeces pálidas y blandas de quienes comen mucho y no hacen nada. Philip pensaba que todos los monjes debían estar delgados. Los monjes gordos provocaban la envidia y el aborrecimiento del hombre pobre hacia los servidores de Dios....
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