
11-08-2026 ¿Eres tú más que tu Señor? - 10 Minutos con Jesús

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** Ponte en presencia de Dios. Trata de hablar con Él.
** 10 minutos son 10 minutos aunque te puedas distraer. Llega hasta el final.
** Sé constante. El Espíritu Santo actúa “a fuego lento” y requiere constancia.
Audios de 10 minutos que te ayudan a rezar.
Un pasaje del Evangelio, una idea, una anécdota y un sacerdote que te habla y habla al Señor invitándote a compartir tu intimidad con Dios.
Busca tu momento, piensa que estás con Él y dale al play.
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Señor mío y Dios mío, creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes. Te adoro con profunda reverencia. Te pido perdón de mis pecados y gracia para hacer con fruto este rato de oración. Madre mía inmaculada, San José, mi Padre y Señor, ángel de mi guarda, interceded por mí. Jesús, hoy la iglesia celebra a una gran santa, a Santa Clara de Asís. Una mujer joven, fuerte, libre. Una mujer que, al escuchar hablar a San Francisco, comprendió que el Evangelio no era una idea bonita, sino una vida posible. Pobre, limpia, obediente, entregada. Y quizás Santa Clara nos viene muy bien hoy porque vivimos en un mundo que nos repite continuamente lo contrario. Que ser felices consiste en tener más, en probar más, acumular más experiencias. Parece como que la vida vale más cuanto más llena está por fuera. Y sin embargo, Señor, muchas veces cuanto más llena está por fuera, más vacía puede estar por dentro. Por eso hoy queremos hablar contigo de la pobreza evangélica. Y no de una pobreza triste o resentida, sino de esa pobreza que tu Señor elegiste.
Porque hay una pregunta que puede estar presente durante estos 10 minutos contigo. Que es, ¿qué tiene la pobreza? para que tú la eligieras. Tú, que podías haber nacido en un palacio, naciste en un pesebre. Tú, que podías haber tenido poder y prestigio, elegiste caminar por los caminos sin tener dónde reclinar la cabeza. Y al final, Señor, pues has muerto desnudo en la cruz, despojado de todo. ¿Qué tiene la pobreza para que Dios la haya querido tan cerca de él? Quizás Santa Clara entendió algo que nosotros todavía estamos aprendiendo. Que la pobreza no es simplemente no tener, sino estar libre. Libre para Dios, libre para amar, libre para descubrir que nada creado puede llenar el hueco que sólo tú puedes ocupar. A veces pensamos que la pobreza, la castidad y la obediencia son cosas únicamente de monjas, frailes o personas consagradas. Y es verdad que ellos hacen votos, que prometen vivir esos consejos de una manera pública, estable y radical. Pero tenemos que recordar que antes de ser votos religiosos son consejos evangélicos.
Consejos que tú propones a todo cristiano que quiere seguirte más de cerca, aunque no haya hecho votos. Por eso los religiosos los viven como votos, nosotros los recibimos como consejos. Pero todos los cristianos necesitamos aprender de ellos para parecernos más a ti. Porque el Evangelio no nos presenta como una rareza para unos pocos, sino como caminos de libertad para todos. Un cristiano casado, un sacerdote diocesano, un estudiante, una madre de familia, un trabajador, los vive según su propia vocación. Y no todos del mismo modo, pero todos necesitamos dejarnos aconsejar por el Evangelio. Y tú, Jesús, nos das consejos para complicarnos la vida. O mejor dicho, no nos das consejos para complicarnos la vida, sino para salvarnos de nuestras esclavitudes. Por eso, la pobreza nos enseña a no vivir atrapados por las cosas, la castidad a amar sin poseer, la obediencia a recibir la vida sin querer ocupar el lugar de Dios.
La pobreza combate una tentación muy profunda, la gula, pero entendida no sólo como exceso en la comida, sino como esa necesidad de devorarlo todo, de llenar rápidamente un vacío interior. Comprar sin necesidad, acumular ropa, planes, imágenes, estímulos. Esto lo vimos con mucha claridad en el uso de las redes sociales. Uno entra y pasa una publicación tras otra buscando algo que lo llene todo el rato haciendo scrolling. Y puede cerrar la pantalla más vacío que antes, porque esa hambre interior es demasiado grande para una pantalla, demasiado grande para una compra. Es demasiado grande para cualquier cosa que no seas tu Señor. San Agustín lo dijo de una manera que nunca envejece. Decía, nos hiciste Señor para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti. Por eso la pobreza evangélica introduce un espacio de verdad en medio de esa inquietud. Nos dice, esto no puede salvarte, esto no puede llenarte. Y quizá al principio esa voz molesta, pero después libera. Porque el que vive la pobreza evangélica no es el que no tiene nada, sino el que sabe que nada de lo que tiene es Dios.















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