

Description of 2. EL COCINERO JAPONÉS
Un balneario, un entorno veraniego y una muerte que pone al detective Layton y su secretaria en acción.
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Los enigmas del detective Leighton, nuevos casos. De Víctor Darvey. Si te gusta el misterio y las historias que esconden más de lo que parecen, estás en el lugar adecuado. Y recuerda, si disfrutas de este relato, dale like, comenta y suscríbete para no perderte ningún enigma. Comenzamos. El cocinero japonés. El teléfono sonó de pronto en la mañana cuando Fran Lyton, en su despacho, todavía no había terminado de tomarse su café. Fran, cariño, soy Silvia. La llamada de su novia tan temprano le produjo una ligera sorpresa. Hola, ¿qué tal? ¿Cómo van tus vacaciones? Bien, es decir, regular. Ha ocurrido algo, algo muy grave, Fran. La voz de Silvia sonaba alterada. Fran se puso al instante en guardia. Son tus, empezó a decir él, pero ella se le adelantó. No, no son mis padres. Mis padres están bien, es otro asunto, aquí, en el balneario. Algo muy malo ha ocurrido. Se hizo un silencio denso. Fran esperó, conteniendo el impulso de atosigarla con preguntas, hasta que Silvia añadió las palabras que cambiarían el curso de su mañana y tal vez de su semana.
Tienes que venir, Fran. Fran inspiró hondo, extrañado. Espera, dime de qué va todo. Me estás pidiendo que recorra más de 100 kilómetros hasta esa estación termal. Al otro lado del hilo, Silvia soltó una risa breve que tuvo la virtud de disminuir la tensión. La voz de ella, al continuar, tenía un tono divertido. ¿Estás intrigado, verdad? Así es, Silvia. ¿Qué es lo que ha ocurrido? Te lo diré cuando vengas. Soporta un poco la intriga. Esto es por todo lo que me has hecho sufrir cuando me ocultabas los detalles de tus casos. Fran, sin poder evitarlo, esbozó una sonrisa. Una venganza en toda regla. Así es, dijo Silvia, y después en tono muy formal, añadió, solo te puedo decir que es un asunto serio. Muy serio, Fran, y que la policía no está aún avisada. Él se enderezó en la silla. El aroma del café, un momento antes reconfortante, ahora le pareció trivial. Sigue, fue todo lo que atinó a decir.
He hablado con el director del balneario, explicó Silvia, bajando aún más la voz, como si las paredes de aquel lujoso enclave pudieran tener oídos. Me ha concedido un par de horas, un margen, antes de que informemos a las autoridades, para que puedas, por una vez, encontrarte con un escenario sin contaminar. ¿Qué dices? ¿Vienes? ¿Así? ¿A ciegas? Pensó. Su mirada recorrió el despacho vacío, los expedientes archivados, el calendario despejado. Ningún trabajo a la vista. Sintió el peso opresivo del mes de junio en cada pliegue de la ropa, el calor que ya prometía asfixiar la ciudad. Luego pensó en Silvia, en la calma forzada de su voz, y de pronto, en la imagen fresca y tentadora de las aguas termales de los jardines umbríos de un balneario lejano. Y se decidió. La perspectiva de pasar allí unos días, con ella, junto a sus padres, no podía ser tan desagradable. Era, sin duda, infinitamente más interesante que otra mañana mirando la pared de su oficina.
Está bien, hago las maletas y salgo. El balneario de cofrente se alzaba, o más bien se desparramaba, en un valle idílico de Ayora. No era un solo bloque, sino un entramado de edificios de piedra clara y tejados de teja árabe, dispersos como un pequeño pueblo sobre la ladera. Un edificio central, sólido y con aires de antigua casa señorial, presidía el conjunto. El Renault 5 verde, algo cansado del viaje, frenó y se detuvo frente a la amplia puerta principal de aquel edificio rector. Fran, tras apagar el motor, tomó el móvil y escribió un mensaje a Silvia. Estoy aquí ya, delante del edificio. Unos dos minutos después, Silvia apareció corriendo desde el interior. Llevaba unos vaqueros y una blusa clara de manga corta que le daba un aspecto aún más juvenil, de chica en vacaciones. Su cara, sonrosada por la prisa y la alegría de verlo, se iluminó al distinguirle a través del parabrisas. Se le echó casi encima en cuanto él salió del coche. —¡Qué rápido has venido, Fran!











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