2283. Lecciones del profeta Elías

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6/10/2026 · 20:25
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Meditación en el miércoles de la X semana del Tiempo Ordinario (especialmente año par). El Señor afirma que no ha venido abolir la Ley y los Profetas, sino a darles su plenitud». Meditamos la historia del profeta Elías: la viuda y el panecillo, la orza y la alcuza, los falsos profetas de Baal y su desafío. Dios lo primero.

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Por la señal de la Santa Cruz de nuestros enemigos, líbranos Señor Dios nuestro, en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Señor mío y Dios mío, creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes. Te adoro con profunda reverencia. Te pido perdón de mis pecados y gracia para hacer con fruto este rato de oración. Madre mía inmaculada, San José mi Padre y Señor. ángel de mi guarda intercede por mí hace unos días una persona me puso un mensaje en el que me decía que que le gustaban mucho los evangelios de la misa pero no entendía muchas veces las primeras lecturas tomadas del Antiguo Testamento y que le parecía a esta persona que no tenía mucho sentido y que eran un poco inexplicables ni encontraba una aplicación para su vida con esas primeras lecturas porque yo le había animado a que también las llevara a la oración y hoy he pensado que vamos a hacer nuestra oración Señor fijándonos en la primera lectura que narra estos días la historia del gran profeta Elías, uno de los grandes profetas de Israel, del siglo IX a.C.

Porque las palabras del Antiguo Testamento son palabras inspiradas por Dios e inspiradoras de Dios. Realmente el Espíritu Santo aletea en ellas. Y aunque apunten como una flecha a esa plenitud de la revelación que es el Evangelio, que son los Evangelios, el Nuevo Testamento, tienen tanta sutileza, tanta verdad, tanta profundidad que nos pueden ayudar a nosotros muchísimo también. de primeras con el rey Ahab. Era un rey de Israel, un rey malo realmente. Adoró a falsos dioses, impulsado por su mujer Jezabel, mandó matar a todos los profetas de Israel y en cambio mantuvo a los falsos profetas de Baal porque su mujer adoraba a Baal. Es decir, Ahab era una persona que había llenado su corazón de ídolos, de cosas que no son Dios. Y confiaba en esos falsos profetas de Baal para tantas cosas en la vida. Azab, en el fondo, pues no era pobre de espíritu, como vimos en las bienaventuranzas ayer.

Y como decide también matar a Elías, pues Elías tiene que huir y como prueba, ordena, en nombre de Dios, una sequía que va consumiendo el reino y que ya duraba, cuando esto tiene lugar, pues tres años. Entonces, ayer, el Evangelio, digo, la primera lectura, tomada del primer libro de los Reyes, capítulo 17, decía lo siguiente. Es una historia tan bonita esta que nos puede ayudar tanto. En aquellos días se secó el torrente donde estaba escondido Elías, pues no hubo lluvia sobre el país por la sequía que él mismo había decretado. La palabra del Señor llegó entonces a Elías diciendo, Dios que siempre ampara a los suyos, siempre protege a los suyos, siempre le da lo necesario para cumplir su misión a los suyos, a ti y a mí. Da igual que estemos casados, que seamos sacerdotes, que estemos solteros, da igual. Dios siempre nos da la gracia necesaria para cumplir nuestra misión.

La palabra del Señor llegó entonces a Elías diciendo, levántate, vete a Sarepta de Sidón y establecete, pues he ordenado a una mujer viuda de allí que te suministre alimento. Elías se alza, va a Sarepta, pasa por las puertas de la ciudad y efectivamente se encuentra con una mujer viuda que recoge por allí leña. Y Elías le llama y le dice, tráeme un poco de agua en el jarro, por favor, y beberé. Así de partida parecen unas palabras, señor, como un poco rudas, un poco arrogantes. Cuando ella fue a traérsela, esta mujer, él volvió a gritarle, tráeme por favor en tu mano un trozo de pano. Ya es el colmo, ¿no? Ella respondió, vive el Señor tu Dios que no me queda pan cocido. Quizás esta mujer le reconoció como el gran profeta Elías, por eso le trata con ese respeto. Vive el Señor tu Dios que no me queda pan cocido. Solo un puñado de harina en la orza y un poco de aceite en la alcoza. Tantas veces, Señor, nosotros nos vemos sin fuerzas, sin alimento, sin nada que dar a los demás, sin virtudes, sin pobres, nos vemos pobres.

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