2285. Cállate y déjame amarte

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6/12/2026 · 31:01
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Meditación en la Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús. El Corazón de Jesús es manso y humilde, nos dice Él. Y en eso consiste el Amor, aunque a nosotros nos cueste entenderlo: la señal de Dios es su humildad. Hemos de amar a Dios con nuestro corazón, con ternura y afecto entrañable.

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meditación espiritualidad oracion teología cristianismo
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Por la señal de la Santa Cruz de nuestros enemigos, líbranos Señor Dios nuestro, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Señor mío y Dios mío, creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes. Te adoro con profunda reverencia. Te pido perdón de mis pecados y gracia para hacer con fruto este rato de oración. Madre mía inmaculada, San José, mi Padre y Señor. Ángel de mi guarda, interceded por mí. Vamos a comenzar nuestra oración en este día de solemnidad. Es una solemnidad de las grandes. La solemnidad del sagrado corazón de Jesús. Esto de hablar del corazón de Jesús, ¿cómo diría yo? Es algo que a todos nos conmueve pensar en el corazón de nuestro Señor. ¿Cómo sería su corazón? Cuando tenemos aquí a una persona a la que queremos y con la que nos sentimos bien, decimos, tiene un corazón de oro, ¿no? O tiene muy buen corazón. Y parece que ya le disculpamos todo. Y que nos sentimos como inclinados a hacerle favores, a tratarle de una manera respetuosa, cariñosa, afable.

Es que ella tiene mucho corazón, es que este tiene mucho corazón. Entonces, todo... Bueno, pues pensemos, ¿no? El Señor, nuestro Señor Jesucristo, ¿cómo será su corazón? ¿Cómo será su corazón de impresionante? ¿Cómo tendríamos que realmente andarnos con enormes delicadezas contigo, Señor? Porque no hay una persona de más corazón que tú, no hay una persona con mejor corazón que tú. Y si queremos saber cómo es el corazón de Jesús, pues hoy en el Evangelio Él mismo nos lo dice. Dice, bueno, primero nos anima, ¿no? Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados y yo os aliviaré. Es verdad que nosotros descansamos en el corazón de los demás, ¿no? Pues te llevo en el corazón, le decimos a las personas, ¿no? Y eso nos da fuerza. Yo sé que ocupo un lugar importante en el corazón de esta persona. Y esto nos lleva a tener especial confianza con ella, con esa persona. ¿Por qué? Porque sabemos que estoy en su corazón, o sea, que estoy protegido, protegida, etc.

No tengo que guardar las apariencias, puedo tener un trato franco con esa persona. Pues el Señor nos dice, venid a mí, todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Y entonces nos dice cómo es su corazón. Y aprended de mí que soy manso y humilde de corazón y encontraréis descanso para vuestras almas. O sea, el corazón de Jesús, que está lleno de amor, es un corazón manso y humilde. Y no es lo primero que pensaríamos, Señor. Nosotros pensamos, bueno, es una persona que tiene muchísimo amor, pero es una persona... apasionada, explosiva, no podemos pensar, tal. Y sin embargo el Señor nos dice, aprended que mi corazón es manso y humilde, manso y humilde. Es un corazón que no se enfada, que perdona, que espera, que es paciente, humilde, pues que tiene pequeños gestos, que casi no se ven, pero que está sirviendo siempre. Y claro, esto Señor a nosotros nos desconcierta, como tu nacimiento, ¿no? Aquello que dice Benedicto XVI tantas veces, que la señal de Dios es su humildad.

La señal de Dios es su humildad, su pequeñez. Así es. Pensar en el corazón de Jesús es darnos cuenta de esto. Y entonces, después de habernos dicho cómo es su corazón, dice Jesús en el Evangelio. Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas. O sea, Si nosotros hacemos nuestro corazón manso y humilde, tendremos paz, descansaremos. Fíjate el mensaje que el prelado del Opus Dei, don Fernando, ha escrito hoy, precisamente, en esta fiesta, para todos los fieles. Dice, Jesús desea para nosotros, en medio de las idas y venidas cotidianas, una auténtica paz, serenidad y descanso. Corazón amante quiere esto también, ¿no? Para las personas que quiere. Y nos muestra el camino, identificarnos cada vez más con Él, con la humildad y mansedumbre de su corazón. Como escribe San José María, también a nosotros el Señor puede insinuar.

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