
2312. Sin nada pero Contigo, Señor

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Meditación sobre el Evangelio del jueves de la XIV semana del Tiempo Ordinario, continuación del de ayer: Jesús envía a los apóstoles a predicar sin nada, salvo su fuerza. Y les dice: gratis lo recibisteis, dadlo gratis. Necesidad de ser generosos con nuestro tiempo, nuestra alegría y nuestra fe. Evitar prejuicios. Y tener fuego en el corazón.
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Por la señal de la Santa Cruz de nuestros enemigos, líbranos Señor Dios nuestro, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Señor mío y Dios mío, creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes. Te adoro con profunda reverencia. Te pido perdón de mis pecados y gracia para hacer con fruto este rato de oración. Madre mía inmaculada, San José mi Padre y Señor, ángel de mi guarda, interceded por mí. Que dice así. A estos doce los envió Jesús con estas instrucciones. Id y proclamad que ha llegado el reino de los cielos. Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, arrojad demonios. O sea, todo esto empieza diciendo, id, id. Nosotros estamos en medio del mundo, los cristianos, cualquier cristiano, como enviados de Dios. Estamos en nuestra familia, en nuestra universidad, donde estudiemos, donde trabajamos, donde trabajamos, como personas que han sido elegidas por ti, Señor, y puestos ahí para una misión aparentemente imposible. que es llevar la alegría al mundo, a los corazones, a esas personas que tenemos alrededor.
Aquel punto que escribió San José María en Surco, el número uno, el número uno de un libro de puntos siempre es un número importante, porque es como dicen, bueno, el primero que van a leer, a ver qué escribo. Pues el primero que escribió San José María fue, son muchos los cristianos persuadidos de que la redención se realizará en todos los ambientes del mundo. Y de que debe haber algunas almas, no saben quiénes, que con Cristo contribuyen a realizarla. Pero la ven a un plazo de siglos, de muchos siglos, quizás tú y yo. Serían una eternidad si se llevara a cabo al paso de su entrega. Así pensabas tú hasta que vinieron a despertarte. Y los apóstoles son los que empezaron a despertar a las almas. Ojalá, Señor, que nos despierten también a nosotros, ¿no? Y todos los que estamos aquí, ojalá que nos despertemos a esta necesidad de hacer un apostolado vibrante con las personas que tenemos a nuestro alrededor. Sin prejuicios, porque, fijaros, no sé si os pasa a veces que decís, no, si a mí me gustaría acercar a Dios a todo el mundo, pero la gente pasa de mí, totalmente. Lo intento y no hay manera de convencerles, me salen con esto, con esto, otro, tal.
Y ya... Quizás por alguna mala experiencia nos vamos quedando con ese rollo en la mente, nos vamos como autoconvenciendo, pero no es verdad. Hay muchas veces milagros, hay muchas personas que si nosotros... fuéramos un poco más valientes y más audaces, si no tuviéramos tantos prejuicios, lo conseguiríamos. Conseguiríamos acercarle a Dios. La gente es mucho mejor de lo que pensamos. Y todo el mundo tiene esa necesidad. Esta tarde estaba hablando yo aquí con una chica que me la ha mandado su hermana y que es muy gracioso porque decía, mire, yo me encuentro como en un hoyo donde me lo paso muy bien con mis amigos, con mis amigas, estoy todo el día a juerga, de parranda, tal, no sé qué, pero me doy cuenta de que tengo el corazón, de que estoy vacía. Totalmente. Y veo que hay otra gente que está fuera del hoyo, que no tiene el corazón vacío y que está cerca de Dios. Pero me cuesta mucho trabajo salir del hoyo, porque en el hoyo se está muy bien. Y digo, ah, bien. ¿Y a qué has venido? A que me ayude a sacar del hoyo, ¿no? Pues venga, coge la mano, ¿no? Y vamos fuera de ahí. Tampoco es tan difícil.
Pero una persona que no te lo esperarías de ella. Y así va pasando tantas veces. Si nosotros, Señor, no tenemos prejuicios. Mira, una anécdota muy bonita que le oí contar una vez a un sacerdote muy mayor que se llama don Ramón Montalat. Este sacerdote contaba que cuando él era un jovencillo que estaba en Roma estudiando para ser sacerdote vivía con San José María. Estaban en la misma casa de San José María, que entonces sería un sacerdote de unos 40 años o así, y entonces estaban un montón de chicos jóvenes allí que eran como sus hijos. escuchando tertulias, escuchando sus meditaciones, y eran todos jóvenes del Opus Dei, preparándose para ser sacerdotes. Y entonces, San José María, un día, vino a la tertulia, estaban todos alrededor, y trajo una foto. La foto era en blanco y negro y se veía a un chico joven, así muy estiradito, con un traje de chaquete y corbata que tenía en la corbata como un alfiler, eso antiguo, que se ponía debajo de la corbata y que luego estaba con el pelo muy corto, así casi casi a cepillo. Entonces trajo la foto y le dijo a Ramón que estaba a su lado. Ramón, mira esta foto.















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