
2315. Abrir el corazón a Dios

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Meditación en el domingo (A) de la XV semana del Tiempo Ordinario, predicada durante un curso anual con numerarios del Opus Dei. Meditamos sobre la limpieza de corazón necesaria para acoger la semilla de la formación.
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Por la señal de la Santa Cruz de nuestros enemigos, líbranos Señor Dios nuestro, en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Señor mío y Dios mío, creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes. Te adoro con profunda reverencia. Te pido perdón de mis pecados y gracia para hacer con fruto este rato de oración. Madre mía inmaculada, San José mi Padre y Señor, ángel de mi guarda, intercede por mí. Y la oración colecta de la misa de hoy empieza con estas palabras. Oh Dios que muestras la luz de tu verdad a los que andan extraviados. Sigue. Y al comenzar nuestra oración lo podemos convertir en una petición. Señor, danos luz. Danos la luz de tu verdad. Porque todos andamos un poco, o casi siempre, o en muchas ocasiones, un poco extraviados. Nos perdemos, Señor, tantas veces en el marasmo de nuestras experiencias que convirtimos en la verdad, como decía en alguna ocasión Benedicto XVI.
O nos perdemos en el marasmo de nuestros engaños, inducidos por nuestros gustos, por nuestras pasiones, sobre todo por la soberbia, por la falta de humildad. Y nos equivocamos con nosotros mismos y con los demás. Y realmente, Señor, necesitamos la luz de tu verdad que nos muestre el camino cuando andamos extraviados. Sin esa luz tuya, sin esa palabra que resuena en nuestro interior iluminándolo todo, nosotros andamos perdidos. No podemos discernir, no podemos cambiar, mejorar, crecer, Señor, como queremos realmente, también en este curso anual. Y en cambio, con tu palabra, con la luz de tu verdad, todo eso es fácil. Porque la palabra de Dios, dice la carta a los hebreos, es viva y eficaz, y más penetrante que toda espada de dos filos. Y penetra hasta partir el alma y el espíritu, y las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón. No nos dejes engañarnos, ¿no? Señor.
Ayúdanos, oh Dios, que muestras la luz de tu verdad a los que andan extraviados. Ayúdanos con los dones de tu Espíritu, del Espíritu Santo. El don de entendimiento, el don de sabiduría, de consejo, de ciencia. Ayúdanos a discernir mejor lo que nos lleva a la santidad, lo que es mejor para nosotros y para los demás, lo que es mejor para la labor, lo que es mejor para la obra, para la Iglesia. ¿Cuántas veces acudimos al curso anual? Seguro que pasa también a ti. Pues con algún tema que queremos pensar mejor, llegar a alguna conclusión nueva, tener un poco más de luz. Nuestro padre, por ejemplo, era bastante frecuente, en sus apuntes íntimos se ve esto, pienso ahora en aquel retiro de Segovia de octubre de 1932, si no me equivoco, cuando nuestro padre fue y en sus apuntes íntimos se va recogiendo y le dice, tengo que tratar con el Señor este tema de me cuesta, porque es el tema de mi familia, de qué les tengo que pedir, etc., si los debo implicar.
Y cuando ya por fin le da vueltas en la presencia del Señor, dice nuestro padre esa frase, a ver qué dice Jesús. Pues a la conclusión a la que llega es más o menos esto que dice de yo soy de Dios, quiero ser de Dios. Cuando de verdad lo sea, Él arreglará todo esto. Esa es la luz que tiene el Señor, el dejarlo en sus manos, el confiar en Él. Y luego en la primera lectura de hoy tenemos esas palabras de Isaías. que toman un oráculo del Señor. Esto dice el Señor. Como bajan la lluvia y la nieve desde el cielo y no vuelven allá sino después de empapar la tierra, de fecundarla y de hacerla germinar para que dé semilla al sembrador y pan al que come, así será mi palabra que sale de mi boca. La luz de su verdad. No volverá a mi vacía, sino que cumplirá mi deseo y llevará a cabo mi encargo. Es un deseo, Señor, que tenemos todos los que estamos aquí. Que se cumpla tu voluntad.















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