2321. La mecha vacilante no la apagará

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7/18/2026 · 20:07
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Comentario del Evangelio del sábado de la semana XV del Tiempo Ordinario. Una de las señales que el profeta Isaías da del Mesías es que no quebrará la caña cascada ni apagará la mecha vacilante. Dios es quien cuida, protege y alienta. Y nosotros hemos de hacer igual, no dar nada por perdido.

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Por la señal de la Santa Cruz de nuestros enemigos, líbranos Señor Dios nuestro, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Señor mío y Dios mío, creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes. Te adoro con profunda reverencia. Te pido perdón de mis pecados y gracia para hacer con fruto este rato de oración. Madre mía inmaculada, San José, mi Padre y Señor. Ángel de mi guarda, intercede por mí. El Evangelio de hoy empieza así. En aquel tiempo, al salir de la sinagoga, los fariseos planearon el modo de acabar con Jesús. Pero Jesús se enteró, se marchó de allí y muchos lo siguieron. Aquí vemos ese momento, al final, señor, de tu primer año de peregrinación en Galilea, en que los fariseos deciden matarte. Ya hablamos que este fue el momento, un punto de inflexión, en el que comenzaste, te das cuenta de que no van a aceptar tus palabras fácilmente, y comenzaste a hablar en parábolas. Te hiciste intencionalmente un poco más oscuro.

Y lo que asombra mucho es la decisión de estos fariseos, acabar contigo. ¿Qué habías hecho? Pues curar a un hombre de la mano seca en sábado, eso es lo que había ocurrido justo antes dentro de este acontecimiento. Lo habías puesto en medio de ellos y le preguntaste, ¿pero es lícito curar a un hombre en sábado? No, mirad a este pobre hombre con la mano seca. Y ellos callaban. Y tú te entristeciste. Te entristeciste por la dureza de corazón de estos hombres que están tan aferrados a sus ideas que prefieren ver sufrir a una persona y condenar a una persona a esa inmovilidad permanente antes que cambiar un apice. Unas leyes que estaban ya obsoletas con la venida del Señor. A veces, Señor, también nosotros nos viene alguien pidiendo perdón o arrepentido por algo o presenciamos las miserias y carencias de alguien y... Nosotros, tan duros, respondemos así, con dureza de corazón, con indiferencia, con perdón, pues que se fastigue, pues ahora que se entere, pues ahora no le hablo.

Por eso, si nos pasa esto, vamos a pedir perdón a Jesús en primer lugar, por ser tan distintos a Él y que nos conceda su gracia para parecernos cada vez más a Él. Sigue diciendo el Evangelio que Jesús los curó a todos, sin distinciones. Así de buenos Jesús. Mandándoles que no lo descubrieran. Porque querían matarlo. Pero se arriesga. Aunque quieren matarlo, se arriesga a hacer esos milagros. Y a veces en la vida, hacer el bien tiene un coste. El coste para Jesús fue morir en la cruz. Lo mataron por culpa de los milagros que hacía. En sábado y las cosas que decía también. Pero nosotros a veces, ¿qué estamos dispuestos a dar por hacer lo que es bueno, justo, noble y bello? ¿Qué estamos dispuestos a perder por defender la verdad? ¿La fama? ¿El quedar bien? Pues, señor, lo que sea. Lo que sea, nosotros defenderemos siempre la verdad con suavidad y con caridad, no por supuesto imponiéndosela a nadie, pero estamos dispuestos a las consecuencias que pueda tener. Él los curó a todos, mandándoles que no lo descubrieran.

Así se cumplió lo dicho por medio del profeta Isaías. Mirad a mi siervo, mi elegido, mi amado, en quien me complazco. Sobre él pondré mi espíritu, para que anuncie el derecho a las naciones. No porfiará, no gritará, nadie escuchará su voz por las calles. La caña cascada no la quebrará, la mecha vacilante no la apagará, hasta llevar el derecho a la victoria. En su nombre esperarán las naciones. Estas palabras del capítulo 42 de Isaías se cumplen de manera eminente en el Señor. Así lo ve Mateo y así las cita. Vamos a fijarnos en estos dos versos. La caña cascada no la quebrará, la mecha vacilante no la apagará. Son señales del Mesías, son señales de Dios. Lo propio de Dios es no romper las cosas deterioradas, sino tratar de arreglarlas, sanarlas. A esa caña cascada se le pone alrededor algo para que aguante, para que vuelva a robustecerse, una cinta, unos palos atados alrededor. La mecha vacilante no se apaga, sino que se protege con algo para que el viento no la apague.

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