2322. El trigo y la cizaña

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7/19/2026 · 25:55
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Meditación sobre el Evangelio del domingo de la XVI semana del Tiempo Ordinario (A): la parábola del trigo y la cizaña. Necesidad de estar vigilantes, porque hay enemigo que intenta ahogar la siembra de amor de nuestro Señor. Paciencia con el mal, es inevitable convivir con él.

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meditación espiritualidad oracion teología cristianismo
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Por la señal de la Santa Cruz de nuestros enemigos, líbranos Señor Dios nuestro, en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Señor mío y Dios mío, creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes. Te adoro con profunda reverencia. Te pido perdón de mis pecados y gracia para hacer con fruto este rato de oración. Madre mi Inmaculada, San José mi Padre y Señor, Ángel de mi Guarda, intercede por mí. Cuántas gracias tenemos que dar a Dios, nuestro Señor, por estos ratos de oración, porque Él nos escuche siempre y porque podamos entablar ese diálogo contigo, Señor, cada día, por la mañana, por la tarde, en cualquier momento, en nuestra casa, en una iglesia, en un oratorio donde estemos. Señor, gracias por estar aquí, gracias por estar en mi alma, gracias por darnos la oportunidad de conversar contigo, gracias por escucharnos, por entender todo ese batiburrillo de cosas que bullen en nuestro interior, gracias por hablarnos, gracias por llenarnos de luz y de fuerza, cuánto bien nos hace la oración.

A veces parece, cuando miramos atrás, decimos, pero ¿cómo he podido vivir yo sin hacer oración? ¿De acuerdo? Que hace ya unos cuantos años, Monseñor Javier Echevarría pasó por un colegio que se llama Gaztelueta, está en Bilbao. Fue el primer colegio obra corporativa del Opus Dei. Y allí hay una sección de infantil con casi todos los colegios. Y el prelado del Opus Dei entonces, don Javier Echevarría, pues comió con los sacerdotes que se dedicaban a ese colegio y uno de ellos, que es un hombre muy alto, que se dedicaba a los niños de infantil, le contó lo siguiente. Le contó que le habían invitado a dar una clase a los niños de cuatro años, o de tres o cuatro o cinco años, o sea, niños muy pequeños que se asentaban en el tatami. Y entonces él entró y todos los niños le miraban con asombro a esa figura vestida de negro, con aquella sotana tan alta, ¿no? Y entonces les empezó a hablar de la oración y les decía, pues la oración es hablar con Dios. Y entonces...

Pues cuando hacemos la oración lo que hacemos es hablar con Jesús, hablar con Dios que está en el cielo. Entonces uno de los niños gateando le tiró de la sotana y le dijo, o sea, que tú hablas con Dios. Y él contestó, pues sí, yo hablo con Dios. Y entonces a otro de los niños se le iluminó la cara con una sonrisa, le tiró también de la sotana y le dijo, oye, ¿y entonces tú vuelas? Porque había entendido, lógicamente, que para hablar con Dios, que está en el cielo, pues hay que volar. Hay que volar, ¿no? Pero entonces lo bonito de esta anécdota es que cuando le contaron esto a Monseñor Javier Echeverría, contestó. Pues hijo mío, qué lógica tienen los niños. Porque para quien habla con Dios, hasta volar tiene que ser fácil. Y es una gran verdad. Nosotros, Señor, procuramos hablar contigo cada día para volar hacia el cielo. Y lo vamos a hacer, como siempre, con el Evangelio de hoy, de este domingo del tiempo ordinario. No me acuerdo bien si es el 15 o el 16, creo que es el 16, domingo 16 del tiempo ordinario, o decimos esto.

Y, como siempre, vamos a intentar verte con los ojos del alma, Señor nuestro, y vivir los acontecimientos que narra el Evangelio, metiéndonos en la escena como un personaje más, porque es el modo de sacar más fruto de esas escenas. Corría. El año 28 de nuestra era. Era el mes, probablemente el mes de noviembre, poco antes de la siembra. Estamos en el segundo año de la vida pública del Maestro, de Jesús de Nazaret, al que tú y yo hemos seguido desde que nos llamó, quizás con una mirada cariñosa, a seguirle como discípulos suyos. Todos nosotros estamos expectantes, porque Jesús está en nuestra tierra, en Galilea. Y es tan bueno, tan dulce, hace tantos milagros. No es como los otros maestros que hay en Israel, orgullosos, duros, sino que Jesús es amable y sencillo. ¿Y qué poder tiene? Hemos visto curar a ciegos, a paralíticos, calmar la tempestad, e incluso resucitar a la hija de Jairo. Nada se le resiste a nuestro Señor. Y nos mira siempre con cariño.

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