
2323. La esperanza, fuerza en el camino

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Meditación en el lunes de la XVI semana del Tiempo Ordinario (año impar), predicada durante un curso anual a numerarios del Opus Dei. Meditamos sobre la virtud de la virtud de quien está en camino: la esperanza. Todos somos caminantes hacia el Cielo y necesitamos de esta virtud.
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Por la señal de la Santa Cruz de nuestros enemigos, le irán al Señor Dios nuestro, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Señor mío y Dios mío, creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes. Te adoro con profunda reverencia. Te pido perdón de mis pecados y gracia para hacer con fruto este rato de oración. Madre mía Inmaculada, San José mi Padre y Señor, ángel de mi guarda, intercede por mí. Pues el otro día íbamos andando por la montaña siguiendo uno de esos senderos que hemos recorrido estos días y creo que era Lluís, no estoy seguro, comentó lo importante que era para el ser humano. para su alma, tener la experiencia del camino. Entonces nos pusimos un poco a filosofar sobre este asunto, ¿no? Tener la experiencia del camino. Algo que se comienza de una manera un tanto incierta, sin saber qué encontraremos, pero con la esperanza de alcanzar nuestro destino y superar las dificultades que encontremos.
Al mismo tiempo, esa esperanza que tenemos en alcanzar la meta permite ya disfrutar del camino en cada momento y superar esas dificultades, ¿verdad? Y no detenerse y darse la vuelta. Además, en el camino aprendemos, conocemos otras personas, agradecemos las señales que otros nos han dejado, ¿verdad? O el camino que nos han trazado. Y realmente el camino, no es de extrañar que nuestro padre llamara a su primer libro así, camino. El camino es una imagen muy verdadera de la vida. Y la esperanza de llegar, como digo, pues es la clave. Quizás nos hace paladear anticipadamente la alegría de alcanzar el destino. A veces uno se toma una cerveza cuando llega, ya agotado, como premio, y eso, pues quieras que no, te mantiene un poco en movimiento, o al menos algunos. Incluso a veces ocurre que hay una persona... Que no ha seguido el camino, quizás, porque ya no tiene las mismas fuerzas. Yo tengo un amigo que se llama Teo, un gran montañero, vive en Cerler.
Y, bueno, pasa temporadas en Cerler, donde tiene una casa, ¿no? Y entonces, en muchas excursiones que hacemos, como hicimos hace unas semanas una a Laneto, y él, pues, tiene 70 y bastantes, y ya no está para subir a Laneto. Pero, o sí, pero, en fin, porque no te puedes guiar. Pero en fin, no subió, pero a la cena luego venía, ¿no? Y traía un par de dulces, no me acuerdo muy bien qué era, una botella de vino. Y a ver, contarle cómo ha sido, ¿no? Y ves cómo goza con la descripción de lo que otros ya han alcanzado, ¿no? Y que él ha alcanzado otras veces y que probablemente, pues dice, pues ya estas excursiones para... Para el más allá, ¿no? Para el más allá. Pero disfruta, ¿no? Claro, se disfruta, Señor, a condición de que se tenga un corazón joven que sabe alegrarse del bien ajeno y hacer lo propio. Un corazón lleno de esperanza también. Bueno, nosotros somos viatores, caminantes hacia el cielo. Nuestro destino es Dios.
Tú, Señor, un abrazo contigo cuando te veamos en el cielo. Y la virtud del que camina, pues es la esperanza. No una esperanza ilusa, humana, ¿no? La vana presunción de que todo irá bien, ¿no? Pues no, no tiene por qué ir todo bien aquí abajo, ¿no? Como sabemos bien. O una esperanza apoyada en nuestras fuerzas o en la experiencia de lo que ya hemos conseguido. o de lo que hemos trabajado o servido incluso a ti, Señor, con buena intención. No se apoya ahí la esperanza, sino que se trata de una esperanza con mayúscula, sobrenatural, que se apoya en el amor de Dios Padre, en la fe, en el amor de Dios Padre por nosotros. En la fe, en el amor de Jesucristo nuestro Señor, que ha muerto por nosotros y no nos desamparará jamás. En la fe, en el amor del Espíritu Santo, dador de vida, santificador, que nos llevará al cielo. Ahí es donde, así es como nosotros podemos luego exclamar, yo sé de quién me he fiado. Porque me he fiado de ti, Señor, no de mí. ¿Me acuerdo?















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