
233. COP30 en Brasil: Amazonas con voz de mujer

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La clausura de la COP30 en Belém deja al descubierto una tensión incómoda: mientras la Amazonía vive las consecuencias directas de la crisis climática, la política internacional continúa atrapada en formulaciones ambiguas y compromisos que no terminan de traducirse en cambios reales. Los grandes emisores siguen evitando asumir responsabilidades claras sobre la eliminación de los combustibles fósiles y la desigualdad entre países se agrava, reforzando un modelo que descarga sus impactos sobre los más vulnerables. En paralelo, los espacios alternativos y las calles se llenaron de voces amazónicas que recordaron que esta batalla no se libra solo en salas de negociación, sino en territorios amenazados, en comunidades que defienden su derecho a existir y en culturas que resisten frente al avance del extractivismo. Allí cobró especial fuerza la perspectiva de quienes impulsan una ecología integral que nace desde la vida diaria, más ligada al cuidado del entorno que a la diplomacia del consenso. Figuras como Ana María Palomino, marcada por la defensa del territorio, la pedagogía comunitaria y el acompañamiento constante a los pueblos originarios, encarnan esa convicción de que la verdadera transformación se siembra desde abajo. En esas redes locales que actúan sin estridencias, pero con firmeza, se sostiene una esperanza que desafía la inercia global y propone otro modo de habitar la Casa común.
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¿Qué tal estás? El pasado 22 de noviembre se clausuró la cumbre climática que conocemos como la COP30. El año pasado, en el episodio 179, dijimos que el Papa Francisco había enviado un mensaje a la edición celebrada en Azerbaiyán, y más atrás en el tiempo, en el episodio número 130, estuvimos hablando sobre la COP28 y el débil estado de salud del pontífice que le impidió acudir a la cita. En esta ocasión, centraremos la mirada en la cumbre convocada por las Naciones Unidas en Belém do Pará, Brasil. Dos semanas de trabajo y ánimos exaltados que concluyeron con un documento final de regusto agridulce.
De un lado, contiene afirmaciones potentes. Ya en el primer punto dice bien claro que el cambio climático nos está impactando a los seres humanos en conjunto, como una sola especie, pero que al mismo tiempo no lo hace de forma equilibrada, sino profundamente desigual. También afirma que la acción climática debe ser humana no solo porque obviamente hace partir de nuestra proactividad, sino porque ha de estar centrada en el ser humano para que contribuya hacia la justa transición y progresiva realización de los derechos humanos de alimentación, protección social y otros.
Pero, por otra parte, se vuelve a poner de manifiesto la falta de compromiso efectivo de los líderes políticos para mirar de frente a la emergencia climática.
Ha sido imposible siquiera llegar a un acuerdo mínimo sobre combustibles fósiles. Y eso que ni siquiera estaba presente el país que ahora mismo es potencia mundial de negacionismo, Estados Unidos, ni tampoco otro de los grandes cuellos de botella climática como China.
Hoy dedicaremos los próximos minutos a escrutar las voces que han venido desde la Amazonía entre las que se encuentra la de la Iglesia. Curiosamente, el murmullo del río Amazonas transporta consigo muchos gritos, los cuales suenan, por cierto, con voz de mujer.
Acomódate, que empezamos. Soy José Antonio y te doy la bienvenida al ducentésimotrigésimotercer episodio. Esta cita tiene un poco de sentido. Lo sabían nuestros antepasados cuando dejaban textos legales grabados en piedra como el Código de Hammurabi, o los egipcios con sus interminables jeroglíficos para narrar la ascendencia de una determinada familia. Incluso los copistas bíblicos que añadían o retocaban este o aquel texto para convertir en palabra divina una cierta inquietud personal.
Los seres humanos hemos desarrollado el arte de la escritura de formas desorbitadamente creativas. Quizás por eso, tras un cierto congreso, conferencia o encuentro, emergen comunicados de exquisita prosa, que es algo que sucede tanto dentro como fuera de la iglesia. Párrafos que mueven las entrañas, que conectan con nuestro yo más profundo, pero que, quitada la paja narrativa, quedan en apenas un puñado de ideas con fundamento real.
Comenzamos de este modo el episodio porque el documento final de la COP 30 es un poco así.
Frases contundentes como la afirmación de que la distribución desigual del impacto climático requiere un giro fundamental en cómo lo abordamos. Pero lo más importante del documento no es lo que resulta decir, sino, como en otras ocasiones, lo que calla. No dirige la atención a los combustibles fósiles que siguen quemándose de forma indiscriminada, ni tampoco hacia los centros de datos para inteligencia artificial que actualmente se están multiplicando como setas, y que son auténticos sumideros energéticos y generadores de enormes cantidades de calor.
El Carmelita Eduardo Agosta, director del Departamento de Ecología Integral de la Conferencia Episcopal Española, en conversación con Vida Nueva, dice que en efecto la COP 30 deja un sabor agridulce porque tropezó de nuevo con el mismo obstáculo de siempre, la regla del consenso.
Aunque el término muchirao que se refiere al esfuerzo comunitario sirvió como identidad de marca de la COP, lo que se puso de manifiesto, según dice Agosta, fue la clara victoria de la diplomacia del consenso sobre la fuerza de la profecía moral. Por ello, aunque la cumbre contó con la presencia de 8 cardenales, 40 obispos y hasta 1.500 militares,















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