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2337. Andando sobre las aguas (EDITADA)

2337. Andando sobre las aguas (EDITADA)

8/3/2026 · 19:59
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Meditación sobre el Evangelio del lunes (A), o martes (A,B y C) de la XVIII semana del Tiempo Ordinario. El Señor contempla de noche desde su oración en el monte a los discípulos remar contra el viento, y acude a ellos de madrugada andando sobre el mar. Ellos creen ver un fantasma, y al decirle que no teman, Pedro le pide ir a Él sobre las aguas. Pero a mitad de camino comienza a hundirse y grita pidiendo ayuda... Esa es nuestra vida de cristianos. Hemos de aprender a andar sobre las aguas.

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meditación espiritualidad oracion teología cristianismo
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Por la señal de la Santa Cruz de nuestros enemigos, líbranos Señor Dios nuestro, en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Señor mío y Dios mío, creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes. Te adoro con profunda reverencia. Te pido perdón de mis pecados y gracia para hacer con fruto este rato de oración. Madre mía inmaculada, San José mi Padre y Señor. Ángel de mi guarda, intercede por mí. En el Evangelio de hoy se nos presenta uno de esos episodios realmente sorprendentes de la vida de los apóstoles y de la vida junto a nuestro Señor. Que es algo que todos los cristianos podemos experimentar. Se trata de aprender a andar sobre las aguas. Dice el Evangelio que después que la gente se hubo saciado, Jesús apremió a sus discípulos a que subieran a la barca y se le adelantaran a la otra orilla mientras Él despedía a la gente.

Siempre es así este Jesús nuestro, disponible hasta el final, dispuesto a darnos su tiempo, su vida, Él mismo, está aquí presente en el Sagrario, si haces la oración delante de un Sagrario, y si no, está en tu corazón, en tu alma en gracia. Y después de despedir a la gente, subió al monte a solas para orar. Llegada la noche, estaba allí solo. Este es el descanso de Jesús, el monte de la oración, el diálogo con su padre. Y allí le sorprende la noche. Más adelante se dirá que hasta la madrugada. Señor, también nosotros hemos hecho, hacemos cada día ese esfuerzo, lo estamos haciendo ahora, el esfuerzo de subir al monte para la oración. Es decir, de apartarnos de todo un poco con nuestra oración. Y con ese esfuerzo, también nosotros ahora, como tú con tu Padre, nosotros queremos estar a solas contigo y con el Padre y con el Espíritu Santo. Es verdad que no aguantaremos toda la noche, que a veces se nos hace larga la oración, que quizás no llegues al final de esta meditación y la pares antes. No pasa nada, lo importante es hablar con Dios.

Pero hacemos el propósito de dedicar unos minutos diarios a ello y de que la oscuridad de nuestra vida, las dificultades, nos sorprendan en oración, como tantas veces aparece en el Evangelio de la Virgen. Jesús en lo alto del monte, solo, orando al Padre hasta bien entrada la noche. ¡Qué ejemplo para nosotros tantas veces perezosos! Y desde allí nos contempla a todos, a ti y a mí. Ahora mismo Jesús está en el cielo hablando con el Padre de ti y de mí y contemplando nuestra vida. mientras tanto la barca iba ya muy lejos de tierra sacudida por las olas porque el viento era contrario esto es la vida siempre hay olas no siempre pero siempre hay momentos de olas y siempre hay momentos en que el viento es contrario en esa barca vamos tú y yo dóciles al mandato del señor pero con qué esfuerzo a veces hay que sacar los remos y bogar con fuerza porque no hay manera de no verse arrastrados por el viento No es fácil remar contra el viento, apenas se avanza.

Las olas lo inundan todo, porque aquellas barcas eran unas barquichuelas, tenían muy poco francobordo, muy poca distancia desde el mar hasta la superficie, hasta la cubierta. Podemos pensar, ¿para qué seguir luchando? Si estuviera el Señor en la barca, como aquella otra vez, en que le despertamos y calmó la tempestad, también nos ocurre tantas veces a nosotros. No llevamos a Jesús en la barca de nuestra vida y las olas crecen y los vientos parecen contrarios a todas horas. Y entonces, Señor, nos parece cada vez más difícil vivir como cristianos contracorriente. Porque tú no estás en la barca de mi vida, porque te he perdido, porque no estoy en gracia de Dios. Si eso ocurre, hemos de ir corriendo a confesarnos, porque es muy importante tener al Señor con nosotros. Pero en fin, aunque no estuviera con nosotros, el Señor nos ve y nos contempla. A veces ese no estar con nosotros es algo no real, pero que nosotros sentimos como real, porque Señor, no te sentimos más cerca, no te sentimos, no sentimos que nos hablas.

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