
2338. Oración y el Santo Cura de Ars

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Meditación en la fiesta de San Juan María Vianney, el Santo Cura de Ars, predicada durante una convivencia de supernumerarias del Opus Dei. Nos servimos de un bonito texto suyo para meditar sobre la oración.
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Por la señal de la Santa Cruz de nuestros enemigos, líbranos Señor Dios nuestro, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Señor mío y Dios mío, creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes. Te adoro con profunda reverencia. Te pido perdón de mis pecados y gracia para hacer con fruto este rato de oración. Madre mi Inmaculada, San José mi Padre y Señor, Ángel de mi Guarda, intercede por mí. Siempre pedimos ayuda al Señor para hacer la oración y yo se lo he pedido de una manera especial hoy porque vamos a hablar sobre la oración precisamente con el Señor. Además lo hacemos en la fiesta de San Juan María Vianey, el santo cura de Ars. Ahora leeremos algunas cosas suyas, pero era un experto en la oración, un hombre de oración. Tiene aquella anécdota entrañable en la que cuenta que había un campesino en su parroquia que entraba y estaba un gran rato allí delante del Santísimo.
Y un día le preguntó con curiosidad, dice, ¿qué es lo que hacía tanto tiempo rezando? ¿Qué le decía el Señor? Y aquel campesino contestó, no le digo nada, yo le miro y él me mira. Y esa es la oración de contemplación, la oración más subida que hay. que nos va haciendo santos casi sin darnos cuenta. En el Evangelio de hoy, el que se prevé para la fiesta de San Juan María Villanay, que además es para nosotros un personaje entrañable porque es un intercesor de la obra, para las relaciones con todos los obispos, encomendamos ahora esas relaciones. Y además es un día de petición por todos los sacerdotes del mundo, porque es el patrono del clero universal. Pues en el Evangelio de hoy se dice, en aquel tiempo Jesús recorría todas las ciudades y aldeas, enseñando en sus sinagogas, proclamando el Evangelio del Reino y curando toda enfermedad y toda dolencia.
Vemos al Señor, te vemos a ti, Señor, haciendo un bien inmenso, curando, etc. Pero todo eso iba precedido por aquel de madrugada, se levantó, fue a solas al monte y oró. Y sigue diciendo el Evangelio, al ver a las muchedumbres se compadecía de ellas porque estaban extenuadas y abandonadas como oveja que no tienen pastor. Y entonces, ante esa necesidad de las muchedumbres, ¿qué hace el Señor? Pues les dice a los apóstoles que recen, que oren. Les dijo a sus discípulos, la miez es abundante pero los trabajadores son pocos. Rogad pues al Señor de la miez que mande trabajadores a su miez. El remedio es siempre la oración. Ayer veíamos como nuestro padre hizo el Opus Dei con la oración, poniéndose de rodillas en los primeros pasos. Y la oración para nosotros es... El remedio de los remedios, el arma más poderosa, incluso la esencia de nuestro espíritu que es santificar el trabajo. ¿Cómo santificamos nosotros el trabajo? Convirtiéndolo en oración.
Convirtiéndolo en oración. Pues decía San Juan María Vianey, la oración no es otra cosa que la unión con Dios. Todo aquel que tiene el corazón puro y unido a Dios experimenta en sí mismo como una suavidad y dulzura que embriaga, se siente como rodeado de una luz admirable. Aquel campesino, yo le miro y él me mira y ya está. Lo que pasa, Señor, que a veces nosotros no experimentamos esto porque nuestro corazón no es puro. Como otras cosas que compiten con Dios, no le dejamos suficiente espacio. Por eso la oración no es algo pasivo, es un don de Dios, pero nuestra actividad no va por conseguir ese don, sino por quitar los obstáculos en nuestro corazón. ¿Qué es lo que más ayuda a la oración? La confesión frecuente. Naturalmente limpiar el alma de pequeñas cosas constantemente para que Dios se nos pueda comunicar lo que dice.

















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