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2342. Los sentimientos son como los melones

2342. Los sentimientos son como los melones

8/8/2026 · 30:42
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Meditación grabada en el cuarto día de una convivencia de agregadas del Opus Dei, sobre el Evangelio del sábado de la XVIII semana del Tiempo Ordinario: el pasaje de la curación del niño lunático, que tenía un demonio que le arrojaba unas veces al fuego y otras al agua. A veces los sentimientos desordenados nos hacen ser así, un poco lunáticos. Pero la lucha contra el sentimentalismo no es reprimir los sentimientos sino fomentar los adecuados.

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meditación espiritualidad oracion teología cristianismo
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Por la señal de la Santa Cruz de nuestros enemigos, líbranos Señor Dios nuestro, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Señor mío y Dios mío, creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes. Te adoro con profunda reverencia. Te pido perdón de mis pecados y gracia para hacer con fruto este rato de oración. Madre mía inmaculada, San José, mi Padre y Señor. Ángel de mi guarda, intercede por mí. El Evangelio de la misa de hoy dice así. En aquel tiempo se acercó a Jesús un hombre que de rodillas le dijo Señor, ten compasión de mi hijo que es lunático y sufre mucho. Muchas veces se cae en el fuego o en el agua. Se lo he traído a tus discípulos y no han sido capaces de curarlo. La verdad es que este comienzo del Evangelio me ha... No sé, me ha venido a la cabeza y al corazón, pues, con sus subidas y bajadas, el fuego y el agua, ¿no? Pues todo el mundo apasionante de los sentimientos y las emociones, que a todos nos hace, pues, un poco lunáticos y nos lleva de cabeza, ¿no? Nuestro padre hablaba de esos dos hermanos que a veces no se llevan, van cada uno por su lado, ¿no? La razón y la voluntad y los sentimientos por otro.

Y a veces nos hacen sufrir mucho, Señor, cuando están puestos para una cosa muy buena. Como a este niño, nos hacen pasar del fuego al agua o incluso al hielo y pasamos de tener unos entusiasmos sensibles, impresionantes, a de repente una frialdad tremenda por lo que poco antes amábamos, etcétera, etcétera, y seguimos amando en realidad, ¿no? Todo este mundo. Muchas veces... Hemos escuchado hablar del sentimentalismo como un peligro, y lo es, naturalmente. Pero yo también, Señor, quisiera hablar contigo de este corazón que nos has dado, y que tiene que ser bueno, porque tú tuviste también un corazón humano, y un corazón enorme, me refiero ahora a corazón como la sede de sentimientos, ¿no? Un corazón como el de Jesús, ya digo, que sabía querer con todas las fuerzas también de esos sentimientos bien enfocados, hay tantas veces en el Evangelio.

Y por eso nosotros podemos pensar ahora en este rato de oración, ¿no? Que sí, los sentimientos pueden ser un peligro, nos pueden llevar de un extremo a otro, zrandear como si fuéramos una barquichuela en medio de unas grandes olas, pero... Como decía un profesor de psicología, los sentimientos son como los melones. Por uno que salga malo, no se puede desechar todo el género. Y bueno, es verdad. O sea, bueno, bien, puede pasar todo eso, pero son buenísimos los sentimientos, los necesitamos para ser hombres y mujeres completos, íntegros. San José María, por ejemplo, nos decía, hijos míos, Dios me ha hecho afectuoso como un gato. Y él era muy afectuoso. Y aparece tantas veces, hijo mío, ven aquí, te da un beso. Cuando yo me había despedido del Leato Álvaro del Portillo para irme al Cano, le dije, padre, me voy en Juan Sebastián al Cano, diez meses, soy el único de la obra, tal, no sé qué. Y entonces se acercó y me dio tres besos. Me dijo, muy bien, hijo mío, qué suerte, ¿no? A llenar el mundo de Ave Marías, ¿no? Y hacer apostolado.

No le dio ninguna importancia. De poner un hombre que había hecho la guerra aquello. Una tontería, ¿no? Y te alcano, vamos. O sea, menudo chollo, quién pudiera, ¿no? Y es verdad, además, es que es verdad, ¿no? Y entonces me dio tres besos. Pues muy besos de esos de abuela. de esos besucones, y me dijo, hijo mío, pues mira, te doy tres besos en honor a la Santísima Trinidad, que es una costumbre rusa. Los rusos se dan tres besos y aunque ellos no lo sepan ya, me contó Juan Pablo II, que se había dicho el Papa, que es una costumbre en honor a la Santísima Trinidad. Bueno, pues los santos no han sido gente embarada, fría. El propio, no sé, asceta, por excelencia, San Juan de la Cruz, pues era un hombre tiernamente afectuoso. A gente le recordaba, sí, con él muy exigente, pero luego, y desde luego basta leer el cántico espiritual para darte cuenta de cómo era su corazón con el Señor, qué ternura, ¿no? O sea, es verdad que hay peligros, pero no podemos ir agarrotados con el corazón.

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