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2344. Signar mi vida con la Cruz (EDITADA)

2344. Signar mi vida con la Cruz (EDITADA)

8/10/2026 · 29:19
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Meditación grabada en el sexto día de una convivencia de agregadas del Opus Dei, sobre el Evangelio del la fiesta de San Lorenzo: Si el grano de trigo no se entierra y muere queda infecundo, pero si muere da mucho fruto. Necesidad del sacrificio, motivos para amar la Cruz.

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meditación espiritualidad oracion teología cristianismo
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Por la señal de la Santa Cruz de nuestros enemigos, líbranos Señor Dios nuestro, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Señor mío y Dios mío, creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes. Te adoro con profunda reverencia. Te pido perdón de mis pecados y gracia para hacer con fruto este rato de oración. Madre mía inmaculada, San José, mi Padre y Señor. Ángel de mi guarda, intercede por mí. Hoy celebramos la fiesta, una fiesta de la Iglesia Universal de San Lorenzo. San Lorenzo fue un diácono del siglo III que fue martirizado en la persecución de Valeriano. Le pusieron en una perrilla de fuego. Como vosotras en la piscina, ¿no? Tantas veces estáis ahí en la parrilla. Bueno, pues el Evangelio recoge esas palabras tuyas, Señor, que nos van a servir para este rato de oración. Las palabras dicen así. En verdad, en verdad os digo, si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo. Pero si muere, da mucho fruto.

Dar fruto, ¿no? Todos nosotros, Señor, queremos dar fruto. Fruto de santidad y de apostolado. Fruto de amor, de repartir ahora a las personas que tenemos alrededor. Queremos dar fruto de que nuestra vida sirva para algo, ¿no? Pues fijaros lo que nos dice el Señor. Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo. No da fruto. Pero si muere, da mucho fruto. Y entonces explicas un poco más lo que significa esto. El que se ama a sí mismo se pierde y el que se aborrece a sí mismo en este mundo se guardará para la vida eterna. O sea que para dar fruto en esta vida, ahí y en la vida eterna, pues hay que morir a nosotros mismos. Señor, esta es una de tus enseñanzas que contradice nuestro sentir espontáneo. Nosotros queremos vivir, no morir. Nos amamos a nosotros más que a nadie. Y sin embargo, tú nos pides morir a nosotros mismos, aborrecernos, negarnos, en definitiva, abrazar tu cruz, la Santa Cruz, que como decía San Pablo, es escándalo para los judíos y necedad para los gentiles.

Y para mí, Señor, desgraciadamente, tantas veces las dos cosas, escándalo y necedad, al mismo tiempo. Siempre topamos con esa tentación. Evitar a toda costa el sacrificio, lo que cuesta. Pretender vivir un cristianismo sin cruz. Sí, queremos ser alma de oración, pero no queremos ser penitentes. Sí, queremos custodiar la pureza del alma, ser totalmente tuyo, Señor, que no haya nada en nuestro corazón que desdiga del amor a Ti, pero no queremos mortificarnos. Queremos santificar el trabajo, que sirva para darte gloria, para servir a los demás, sí, pero sin poner esfuerzo y sacrificio en el trabajo. Queremos adquirir virtudes, como me gustaría ser así, asá, fuerte, templado, justo, diligente, sincero, pero sin esfuerzo por ir adquiriendo trabajosamente cada una de esas virtudes.

O queremos, Señor, suscitar vocaciones, personas que se entreguen a ti para servirte en medio del mundo y a servir a la Iglesia, también haciendo el Opus Dei, pero queremos suscitar esas vocaciones sin negarnos a nosotros mismos y sin darnos con alegría, olvidados totalmente de nosotros. Pues todas estas cosas son imposibles. No se puede, sin sacrificio no se puede amar. No se puede convertir la vida en un poema de amor sin sacrificio. Esto es lo que nos dices con estas palabras. Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, morir es la mortificación, el sacrificio, morir a nosotros mismos, queda infecundo. Pero si muere, da mucho frito. Pedro. Pedro pretendió una vez estas cosas que hemos dicho nosotros que no se podían hacer, ¿no? Y cuando tú, Señor, anunciaste tu pasión, Pedro, dice San Marcos, se lo llevó aparte y se puso a increparlo. Imaginaros, Pedro increpando a Jesús. De ninguna manera, Señor, no digas eso. El Papa Francisco, en una homilía a los cardenales en la Capilla Sistina,

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