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2345. El árbol de la vida

2345. El árbol de la vida

8/11/2026 · 30:33
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Meditación grabada en el séptimo día de una convivencia de agregadas del Opus Dei, sobre el Evangelio de la misa del martes de la XIX semana del Tiempo Ordinario: Si no os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos, nos dice Jesús. Somos hijos de Dios, e hijos pequeños. Esa es la verdad más profunda y fundante de nuestra vida. Algunas consecuencias.

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meditación espiritualidad oracion teología cristianismo
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Por la señal de la Santa Cruz de nuestros enemigos, líbranos Señor Dios nuestro, en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Señor mío y Dios mío, creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes. Te adoro con profunda reverencia. Te pido perdón de mis pecados y gracia para hacer con fruto este rato de oración. Madre mía inmaculada. San José, mi Padre y Señor, ángel de mi guarda, intercede por mí. Esta mañana estaba paseando a siete y media, así tempranito, por ahí abajo, y me he encontrado con Félix, que es nuestro mantenedor, que es un tío grande, que tiene un vocabulario que parece un profesor de literatura, ¿no? Habla perfectamente. No casan bien las tuberías, tal cual, ¿no? Y entonces me dice, y vaya rezando el breviario, ¡qué padre! ¡Qué bien se reza por las mañanas, eh! Y ahí meditando, tal, cual. Y efectivamente luego me ha contado sus proyectos para la finca, porque va a poner césped en esa parte que hay a la entrada, a la derecha, tal, ¿no? Porque después del pozo que han hecho, pues tienen agua de sobra, etc.

Es realmente una persona interesantísima con la que hablar. Y me venía a la cabeza esto, señor, para darte las gracias de la suerte que tenemos de estar rezando por la mañana, realmente, a primera hora, en un sitio maravilloso. con tu presencia aquí en el Sagrario sobre todo, encima con aire acondicionado, estamos realmente, pues es para dar muchas gracias a Dios. En la primera lectura de hoy, tomada del profeta Ezequiel, se narra como el Señor le dice al profeta, abre la boca y come lo que te doy. Y le da un rollo de pergamino o de papiro, no sabemos, pero un rollo, escrito por ambos lados. El profeta lo come poco a poco y dice, lo comí y me supo en la boca dulce como la miel. Y esto es para nosotros, Señor, tu palabra. Tu palabra, la palabra de Dios contenida en el Evangelio. Es para nosotros dulce como la miel. La vamos saboreando, palareando, rumiando, nos va fortaleciendo, nos da fuerzas.

Es una sustancia reconfortante. Extraemos de ahí eso que necesita nuestra alma. Y una de esas palabras que tanto bien nos hacen es la escena del Evangelio de hoy. En aquel momento se acercaron los discípulos a Jesús y le preguntaron ¿Quién es el mayor en el reino de los cielos? Él llamó a un niño, lo puso en medio y dijo En verdad, os digo, en verdad es siempre algo que el Señor emplea para recalcar la importancia de un mensaje, ¿no? En verdad os digo que si no os convertís y os hacéis como niños no entraréis en el reino de los cielos. Por tanto, el que se haga pequeño como este niño, ese es el más grande en el reino de los cielos. Esa es su respuesta a esa pregunta. El que acoge a un niño como este en mi nombre, me acoge a mí. O sea que al Señor le agradan los niños, o los que son como ellos, ingenuos. ¿Cómo son los niños? No podemos pensar, bueno, pues todos lo sabemos más o menos, pues los niños son muy ingenuos para creer, ¿no? Les cuentas cualquier cosa y todos con facilidad creen.

Los reyes magos, por ejemplo. Cuando éramos pequeños, una de mis tías que tenía un chalecito y tenía un pato y un conejo. Nos convenció de que eran hermanos. Y entonces estábamos totalmente convencidos que el pato y el conejo eran hermanos. Porque uno vivía detrás de otro y se querían mucho. Y si le hacías algo al conejo, el pato te picaba. Venía a hacerte tal. Los niños son espontáneos. Son humildes para manifestar sus carencias. Mamá, papá, tal, esto. Vienen con una cosa rota, con un vestido así, haciendo así, porque está manchado, ¿no? Para que se lo limpien de alguna manera. Y se me estaba ocurriendo un ejemplo, pero es un poco marrón. No lo voy a poner. Los niños están muy confiados con sus padres. No hay más que ver cómo juegan. A veces se trepan al borde de la cuna y se lanzan sobre los padres, sobre que le cogen en el aire. Claro, cuando el padre falla se pega un cabezazo terrible.

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