
2366. Promesas y enemigos (NUEVA)

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Meditación en el martes de la XXII semana del Tiempo Ordinario, predicada a las residentes del Colegio Mayor Alcor en la primera semana de curso. El Evangelio nos presenta un episodio más de esa lucha constante entre Jesús y el diablo. También nosotros sufrimos los ataques del diablo, que trata de frustrar las promesas y deseos que todo nuevo curso trae consigo. El remedio: estar unido al Señor, quien vence siempre.
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Por la señal de la Santa Cruz de nuestros enemigos, líbranos Señor Dios nuestro, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Señor mío y Dios mío, creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes. Te adoro con profunda reverencia. Te pido perdón de mis pecados y gracia para hacer con fruto este rato de oración. Pues perdón, Señor, por esta pequeña distracción. Lo primero que se nos ocurre, quizás después del verano y en esta primera meditación de curso, pues es darte la bienvenida. Gracias por estar en el altar. Cuántas promesas e ilusiones trae consigo un nuevo curso que nosotros ponemos ahora ante tus pies. Un nuevo curso para algunas de vosotras en la universidad, quizás el primero. donde aprender vuestra futura profesión. Para otras, este nuevo curso que ya es tercero, cuarto, segundo, ya con más experiencia, donde vais a ver cosas más relacionadas quizás directamente con el ejercicio de la profesión.
Y eso es ilusionante y está lleno de promesas, Señor. Es un nuevo curso en el que descubrir y forjar amistades que nos acompañarán toda la vida. O potenciar esas amistades que ya tenemos. Unas amistades que nos pueden llenar de felicidad. Porque, como decía Aristóteles, sin amigos nadie querría vivir. Y quizás también contigo, Señor. La amistad contigo, este curso. El amigo, como decía San José María, que nunca traiciona. ¿Cómo no frecuentas la conversación con ese amigo que nunca traiciona? Decía él. Un nuevo curso. También el que quizás algunas de vosotras descubráis el amor de vuestra vida. Esa persona a la que entregaros el día de mañana y con la que formar una familia. Me acuerdo, por ejemplo, en un colegio mayor, que no es este porque era de chicos, y había un chico allí, estaba en cuarto y había roto con su novia de toda la vida y se había ido un año al extranjero y había vuelto.
Y entonces estaba dudando si volver a pedirle salir a su novia, que por otra parte estaría encantada de salir con él. A su antigua novia, quiero decir. Y él estaba dudando mucho, dudando mucho. Y entonces un día se acostó y al acostarse en la cama donde él vivía, de la habitación, estaba la cama y un cabezal. Y el cabezal estaba atornillado a la pared. No se podía separar, era una placa de madera que estaba atornillada a la pared. Y él dejó un papel. encima del cabezal y se le cayó por detrás, en la ranura, entre la pared y el cabezal. Y entonces, con un destornillador, quitó los cuatro tornillos, separó el cabezal, estaba lleno de polvo y había una postal de hacía 30 años, porque tenía la fecha, donde... Estaba escrito, para que encuentres el amor de tu vida. Y la postal era un retablo de una iglesia dedicada a Santa Ana, donde se veía Santa Ana y la chica se llamaba Ana.
Entonces, él dijo, esta es una señal de Dios, de que tengo que volver con ella. Y efectivamente, le pidió salir, volvieron a salir y yo los casé hace unos años. Bueno, pues... ¿Quién sabe, no? ¿Quién sabe? Y eso es una promesa también que a veces el curso trae consigo, o quizás una llamada Señor de Dios tuya a entregarnos por amor a todas las almas, que también es algo muy ilusionante. Un nuevo curso en el que ayudar a esas personas a las que más queréis, ayudarlas a descubrir tu amor Señor por ellas. Te lo pedimos ahora, cada uno de nosotros, por esas personas que a lo mejor tenemos muy dentro del corazón, pero que están lejos de Dios. Y un nuevo curso es como una promesa de que quizás este sea el curso en que consiga acercar a Dios a esta persona. Por eso, Señor, necesitamos que tú nos hagas sentirnos muy queridos.













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