2374. Bienaventuranzas y malaventuranzas

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9/9/2026 · 19:57
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Meditación sobre el Evangelio del miércoles de la semana XXIII del Tiempo Ordinario. El evangelio de las cuatro bienaventuranzas de Lucas, a las que añade las cuatro malaventuranzas: "¡Ay de vosotros...!" Lo que marca la diferencia entre unas y otras es precisamente la alegría, que es consecuencia de no estar lleno, saciado, insensible, admirado por todos. Es consecuencia de la Cruz.

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meditación espiritualidad oracion teología cristianismo
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Por la señal de la Santa Cruz de nuestros enemigos, líbranos Señor Dios nuestro, en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Señor mío y Dios mío, creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes. Te adoro con profunda reverencia. Te pido perdón de mis pecados y gracia para hacer con fruto este rato de oración. Madre mi Inmaculada, San José mi Padre y Señor, Ángel de mi guarda, intercede por mí. En aquel tiempo, dice el Evangelio de hoy, Jesús, levantando los ojos hacia sus discípulos, o sea, hacia ti y hacia mí, que somos discípulos del Señor, discípulos tuyos, Señor, les decía, Bienaventurados los pobres, porque vuestro es el reino de Dios. Bienaventurados los que ahora tenéis hambre, porque quedaréis saciados. Bienaventurados los que ahora lloráis, porque reiréis. Bienaventurados vosotros cuando os odien los hombres y os excluyan y os insulten y proscriban vuestro nombre como infame por causa del Hijo del Hombre.

Alegraos ese día y saltad de gozo porque vuestra recompensa será grande en el cielo. Eso es lo que hacían vuestros padres con los profetas. Pero hay de vosotros los ricos porque ya habéis recibido vuestro consuelo. Hay de vosotros los que estáis saciados porque tendréis hambre. Hay de los que ahora reís porque haréis duelo y lloraréis. Hay si todo el mundo habla bien de vosotros. Eso es lo que vuestros padres hacían con los falsos profetas. Este es un evangelio que se repite mucho. Recuerdo ahora unos chicos a los que casé que ella pidió precisamente el Evangelio de las Bienaventuranzas para su boda y realmente es un Evangelio precioso. Las Bienaventuranzas son lo más cristiano que hay. Es el ADN de un cristiano. La santidad, ya lo hemos visto en alguna meditación, consiste en tener un corazón como el descrito en estas Bienaventuranzas que tú nos diste, Señor.

Un corazón pobre, hambriento, lloroso, lleno de gozo en la persecución, pero que es recompensado por ti con el reino de Dios, con la saciedad, con la risa. Es además la descripción de cómo es tu corazón, Señor. Tu corazón es así. Ya hemos hablado de todo esto en dos meditaciones pasadas, creo que eran la número 88 y la 89, y seguíamos entonces la descripción o la enumeración de las bienaventuranzas que nos da Mateo, mientras que hoy aparece el pasaje equivalente de Lucas. En esta ocasión, además de ser más corta la enumeración, porque solamente hay cuatro bienaventuranzas en vez de las ocho de Mateo, se incluyen los cuatro ayes o malaventuranzas. Y estas cuatro bienaventuranzas se cumplen sobre todo en ti, Jesús, y en ti sobre todo en la cruz. Ahí es donde tú estás pobre, te han arrancado los vestidos, te han dejado sin amigos, te han dejado reducido la mínima expresión sin fuerzas, apenas puedes ver con los ojos hinchados, apenas puedes hablar porque te cuesta respirar.

Pobre, verdaderamente pobre, eres tú en la cruz. También en la cruz te vemos hambriento. Hambriento de cumplir la voluntad del Padre. Hambriento, Señor, de salvarnos, de abrirnos las puertas del cielo. Hambriento y sediento, sediento de almas. Tengo sed. Son unas últimas palabras que dices en la cruz. El Señor tiene sed de tu amor y del mío. Le vemos también al Señor llorando. En Getsemaní, ante lo que se venía, no es difícil pensar que el Señor lloró de dolor muchas veces en la cruz, sobre todo de dolor moral, no solamente por el dolor en sus manos y en sus pies, y en sus espaldas por los latigazos, sino que sabiendo que todo eso era consecuencia de la maldad en el mundo, el Señor veía todo el mal y lloraba, lógicamente, todo el mal que nos produce tanto sufrimiento a nosotros. Y el Señor era odiado por los fariseos, excluido, le crucificaron fuera de la ciudad sin un juicio justo.

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