
2379.bis. Santa Cruz y apostolado (NUEVA)

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Meditación predicada a personas del Opus Dei, en la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, sobre la fecundidad apostólica de la Santa Cruz, es decir, del sacrificio voluntario por amor a los demás en nuestra vida. Al igual que la Cruz de palo aparece hoy adornada con flores, nuestra vida sacrificada florece en eficacia apostólica.
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Por la señal de la Santa Cruz de nuestros enemigos, líbranos Señor Dios nuestro. En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Señor mío y Dios mío, creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes. Te adoro con profunda reverencia. Te pido perdón de mis pecados y gracia para hacer con fruto este rato de oración. Madre mía inmaculada, San José mi Padre y Señor, ángel de mi guarda, intercede por mí. Hemos amanecido este día y nos hemos encontrado la cruz florecida. Y esta mañana leeremos en la misa esa escena de Moisés y la serpiente de bronce, que es una figura de nuestro Señor Jesucristo y de su poder salvífico. Al final del episodio del Libro de los Números se dice que cuando una serpiente mordía a uno, él miraba a la serpiente de bronce y quedaba curado.
La serpiente es la serpiente original, es el diablo, es el pecado, ¿verdad? Cuando una serpiente mordía a uno, él miraba a la serpiente de bronce, a la cruz, a Cristo, y quedaba curado. Y nosotros, Señor, cuando nos muerda la serpiente de la soberbia, del egoísmo, de la comodidad, de la pereza, de la frivolidad o de la sensualidad, pues hemos de poner los ojos en ti, en Cristo crucificado. Y así quedaremos curados. Se dice en ese canto, ¿no? Mirad el árbol de la cruz donde estuvo clavado el Salvador del mundo. Y nosotros nos pasamos el día mirando a Cristo en ese árbol, en esa cruz, para recordar una y otra vez. Nos hace mucho bien a nuestra alma. Es lo que dice el Salmo de hoy precisamente. No olvidéis las acciones del Señor. Y sobre todo, la gran acción del Señor es nuestra redención. muriendo por nosotros en la cruz.
Por eso, cuando aquel chaval jovencito, casi un niño, le pregunté, ¿y tú vives el minuto heroico? Y me contestó, sí, desde que uno me explicó que podía repetir, Jesús, Jesús, yo en la cama y tú en la cruz. Me levanto enseguida. Pues mirar el árbol de la cruz. nos da tanta fuerza en nuestra lucha. Nuestro Padre escribió en el Vía Crucis estas palabras, los verdaderos obstáculos que te separan de Cristo, la soberbia, la sensualidad, esa serpiente de la que estamos haciendo referencia, con su mordedura mortal, se superan con oración y penitencia. Y rezar y mortificarse es también ocuparse de los demás y olvidarse de sí mismo. No solamente mortificarse, sino rezar, dice nuestro Padre, es también preocuparse de los demás y olvidarse de uno mismo. Si vives así, verás cómo la mayor parte de los contratiempos que tienes desaparecen.
O sea que la cruz no es algo que añada dureza a nuestra vida, sino todo lo contrario. La cruz es algo que nos da dulcedumbre, que nos da fortaleza, que nos da victoria. Porque la cruz nos ayuda a vivir nuestra vocación y a vivir aquello que somos y para lo que estamos hechos y por tanto sentirnos felices, dichosísimos, sacrificándonos para que la obra se realice, para que las personas se acerquen a Dios, para lo que sea. Porque la cruz es amar con obras, darse a los demás aunque cueste, olvidarnos de nosotros. Y por eso, Señor, vamos a hacer ese propósito de vivir para los demás, morir a nosotros mismos, para que las demás de casa, las demás, todas nuestras amigas, pues vivan para ti. Pero no basta mirar la cruz florecida, ¿no? No basta mirar esa cruz de palo, no basta mirar al crucificado. ¿Quién podría?















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