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6x08 360 Grados. Una mujer, una moto y el mundo (II). Alicia Sornosa

6x08 360 Grados. Una mujer, una moto y el mundo (II). Alicia Sornosa

11/22/2025 · 33:46
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Cuento contigo
Episode of Cuento contigo

Description of 6x08 360 Grados. Una mujer, una moto y el mundo (II). Alicia Sornosa

Hola a tod@s. Un nuevo episodio en el que seguimos con las aventuras de Sonia en su viaje por la vuelta al mundo en el libro de Alicia Sornosa 360 grados. Una mujer, una moto y el mundo.

Todas las músicas incluidas en este episodio están libres de derechos de autor.
Textos narrados bajo consentimiento del autor y/o editorial.

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Hola, ¿qué tal? ¿Cómo estáis? Bienvenidos. Preparados una vez más para un viaje inolvidable en una nueva edición del podcast Cuento Contigo. Mi nombre es Giuseppe y, como siempre, agradecer vuestra presencia y ayuda a este podcast de entretenimiento con vuestros comentarios y me gusta. Agradecemos la colaboración de Interfolio Libros, Ricardo Fité, Sonia Barbosa, Ramón Parreño, La Mala Suerte Ediciones y Alicia Sornosa por su colaboración con este podcast. ¡Comenzamos! Hoy seguimos con el libro de Alicia Sornosa, 360 grados. Una mujer, una moto y el mundo. Editado por Banda Aparte.

Habíamos dejado a Sonia, protagonista de la historia, con un inesperado desembarco en el puerto de Alejandría, el lugar de Tel Aviv, propiciado por un Pedro que poco a poco se va mostrando como realmente es. Veamos qué es lo que nos cuenta Sonia en las próximas páginas. Capítulo tercero. El barco por el Mediterráneo.

Cada isla se me antojaba de un color. Con su propio cintineo.

Australia. Febrero. El tren en el que viajo por el desierto australiano vuelve a moverse. Despacio. Poco a poco su traqueteo vuelve a mecerme. Los pasajeros comienzan a acomodarse y se preparan para disfrutar de un día entero cruzando el amplio desierto naranja. El Outback australiano. Son las 10 de la mañana y yo, que llevo el ritmo cambiado, salgo hacia el vagón cafetería. Me siento junto a una ventana y pido de nuevo lo más económico del menú.

Esta vez una taza de café y un plátano. El camarero me sonríe y no coge mi dinero. Me dice guiñándome un ojo. Le doy las gracias y regreso a mi asento junto al ventanal, donde me espera mi portátil. Lo enciendo y me pongo a clasificar las fotos de mi llegada a África. Hasta ahora no he tenido oportunidad de hacerlo. Cuando abro la carpeta echo un vistazo a algunas imágenes y comienzo a recordar.

Egipto. Octubre. Las motos permanecieron en el puerto de Alejandría hasta que, a la mañana siguiente, pudimos rellenar el papeleo de entrada en el país. Por la mañana temprano y gracias a la ayuda de un fixer, que nos cobró una hermosa cantidad de dinero por superar la burocracia del país, las motos tuvieron puestas sus nuevas matrículas amarillas con letras negras en árabe y nosotros nuevos carnes de conducir.

Alejandría era la oscura sombra de un pasado muy lejano. Una ciudad que un día estuvo llena de encanto y de riqueza y que ahora era cutre hasta decir basta. Después de coger un hotel igual de cutre, Pedro y yo decidimos buscar un buen restaurante, hartos ya de la comida italiana del carguero. Cenamos en el Acenas, un local pegado al paseo marítimo de Alejandría con una decoración art deco que me sorprendió. En su época debió de ser un gran edificio donde, presumiblemente, se celebrarían grandes fiestas y banquetes, en el que las mujeres decorarían su pelo con cintas y plumas cuando lo dorado era lo que se llevaba. Exageradamente pomposo y rancio.

«Buenas noches, ¿qué desean cenar los señores?», nos preguntó en inglés el camarero perfectamente uniformado en negro y blanco. Se acercó a nuestra mesa con un paño inmaculado en el brazo izquierdo mientras nos saludaba con la cabeza. Yo ya había olido al delicioso aroma de las especias que emanaba de la cocina de ese lugar.

«Buenas noches», contesté de buen humor. «Nos va a traer una crema de sésamo, una ensalada egipcia y un plato de pescado variado. Todo para compartir».

A los pocos minutos teníamos sobre la mesa la crema, la ensalada y una enorme bandeja con calamares revolzados, brochetas de algo como el rape y un pez que parecía una sardina y sabía a pescado de río, todo cubierto por un montón de patatas fritas. Para beber, dos botellas de Estela, la cerveza nacional, bien fría.

Volvimos en Calesa al hotel, y aunque suene muy romántico, no vi nada del camino porque me tocó sentarme detrás de Pedro con la cámara.

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