

Description of Abrazar la Cruz
La Cruz en el centro de nuestra vida
Huir de la Cruz es una tentación de hoy y de todos los tiempos, porque nuestra naturaleza caída no quiere sufrir. Entendemos el sufrimiento como algo pasajero, y lo vivimos esperando que pase y con miedo a que vuelva. No queremos sufrir. Y esto es humano.
Los cristianos buscamos seguir a Jesús y -a la vez- estar bien, disfrutar de las cosas del mundo, mejorar nuestra situación económica, tener buenas condiciones laborales, buen ambiente familiar, buenas relaciones con los hijos…
Hay un momento en que esto se rompe y llega la hora de la prueba. Entonces, nos tambaleamos, gritamos y clamamos a Dios: ¿Qué tengo que hacer? En realidad, decimos: ¿Qué tengo que hacer para salir de esta situación? ¿En qué me he equivocado? ¿Por qué me está pasando esto?
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Abrazar la cruz En uno de los evangelios apócrifos de finales del siglo II, titulado Hechos de Pedro, se cuenta que durante la persecución a los cristianos sobre el año 66 en Roma hay un plan para matar a Pedro.
Un grupo de creyentes le exhortan a que salga de roba.
—No seremos, acaso, unos desertores —se inquieta Pedro.
—No —le responden sus hermanos—, es para que pueda seguir sirviendo al Señor, predicando en otros lugares.
Pedro decide huir de Roma.
Apenas ha salido por la puerta de la ciudad, se cruza con Jesús, a punto de entrar, es decir, en la dirección contraria.
Pedro le pregunta, —¿Cu vadis Domine? —¿A dónde vas, Señor? —A Roma, para ser de nuevo crucificado.
Pedro comprende el reproche y da media vuelta.
Regresa a Roma, donde será crucificado.
La opción de Pedro de huir de Roma era buena, muy razonable, muy lógica y de muy buenas intenciones.
Todos nosotros estamos haciendo cosas buenas, es más, cosas para el reino de Dios, para servir al Señor.
La fe y el seguimiento de Cristo no es algo razonable que podamos meter en nuestros criterios humanos.
Nuestra fe tiene un camino, seguir a Cristo.
Pedro vuelve a Roma porque Jesús va a Roma y su opción esencial es seguir al Maestro.
Jesús no rechazó la cruz.
Fue a Jerusalén sabiendo que allí le esperaba la cruz.
La experiencia anterior de Pedro nos pone en la situación de quien está huyendo de la cruz.
Es una tentación de hoy y de todos los tiempos porque nuestra naturaleza caída no quiere sufrir.
Entendemos el sufrimiento como algo pasajero y lo vivimos esperando que pase y con miedo a que vuelva.
No queremos sufrir y esto es humano.
Los cristianos buscamos seguir a Jesús y a la vez estar bien, disfrutar de las cosas del mundo, mejorar nuestra situación económica, tener buenas condiciones laborales, buen ambiente familiar, buenas relaciones con los hijos.
Hay un momento en que esto se rompe y llega la hora de la prueba.
Entonces nos tambaleamos, gritamos y clamamos a Dios, ¿qué tengo que hacer? En realidad decimos, ¿qué tengo que hacer para salir de esta situación?, ¿en qué me he equivocado?, ¿por qué me está pasando esto? Las primeras etapas del seguimiento de Jesús quieren compaginar fe y mundo, estar con Jesús y estar bien en el mundo.
Porque muchos viven, según os dije tantas veces y ahora os lo repito con lágrimas, como enemigos de la cruz de Cristo, cuyo final es la perdición.
Para estos su Dios es el vientre, su gloria lo vergonzoso y su apetencia lo terreno.
Pero nosotros somos ciudadanos del cielo, de donde esperamos como salvador al Señor Jesucristo.
Filipenses 3, 18-19 Yo personalmente he escuchado siempre esta lectura de una manera clara, los otros son los enemigos de la cruz y nosotros somos los ciudadanos del cielo.
Los enemigos de la cruz son los borrachos y comilones, los que viven para las cosas de la tierra y no para las del cielo.
Si contemplamos el mundo con una mirada más divina, podemos decir que todos buscan la felicidad, la vida verdadera.
En última instancia, a Dios, aunque no lo sepan, y no lo van a encontrar por este camino del placer, su huida de la cruz es la huida de Dios que está en la cruz.
Tanto amó Dios al mundo que envió a su Hijo único para que el mundo se salve por él.
La iglesia ha nacido para evangelizar y el campo de evangelización es el mundo.
La iglesia se encuentra queriendo coquetear con el mundo y enemistada con la cruz.
Busca un discurso que el mundo pueda entender, los valores, la paz, el respeto, la solidaridad, como si Cristo hubiera sido un conciliador de pluralismos.
Él es el camino, la verdad y la vida.
Si la sal se desvirtúa, dice Mateo 5,13, ¿quién la salará? El mundo camina hacia una deshumanización, hacia la destrucción de la persona en su nacimiento, en su vida y en su muerte.
Se está perdiendo el verdadero sentido de la persona humana.
El resto de Israel está en la iglesia.










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