
Amianto, una historia obrera - 01 - Prólogo

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Comenzamos una serie de lecturas escogidas de la novela Amianto, una historia obrera de Alberto Prunetti.
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Amianto, una historia obrera de Alberto Prunetti. Lecturas en la linterna de Diógenes. Manos. La mano de Renato, ya se ha dicho, tiene callos. Hermosos callos, como las arrugas de un anciano o la rugosidad de una corteza. Marcas de vida. Los callos del trabajador, bien distintos a los callos hoy más frecuentes del usuario de gimnasio. como diferentes son los sudores del trabajo y del deporte, son muchas cosas a la vez. Cumplen muchas funciones simultáneas. Son un dispositivo de precisión, sí, y por tanto una prueba de experiencia y un título de capacitación, resultado de años de manejar, apretar, golpear, levantar, forzar. Pero el callo es también una cicatriz. la huella que dejan el esfuerzo, la intemperie y las heridas. Son también memoria. Tocar un callo es apretar una tecla que dispara recuerdos. Toda la película de una vida, la laboral.
Un callo es además un depósito de rencor, a la vez que un tatuaje orgulloso y una contraseña de pertenencia a una clase. Los integrantes de ciertos colectivos se reconocen fácilmente con solo mirarse las manos. Lo mismo las curtidas del jornalero que las que nunca consiguen quitar la grasa mecánica inscrita en las huellas dactilares o las manos irritadas por la lejía de quien limpia. Hoy mismo los callos que el manillar ciclista deja en las manos de los riders para quienes también está escrita amianto. Cicatrices, memoria, rencor, orgullo, conciencia de clase. Con estos materiales trabaja Alberto Prunetti para construir Amianto, una historia obrera. El cuerpo. Lo llamamos trabajo manual, pero sería más exacto hablar de trabajo corporal. El cuerpo entero del obrero, la totalidad de su organismo al servicio de la producción. Músculos, huesos, órganos, sangre, cerebro.
Y como en las manos callosas, también en el cuerpo hay cicatrices, heridas, destrozos. Renato tiene las manos castigadas por cortes, quemaduras, herramientas desviadas. Pero la exposición durante años a un trabajo de gran dureza física y ambiental le daña también los oídos, los ojos, los dientes. Cuando tiene la misma edad a la que hoy escribe su hijo, Renato ya lleva audífono, gafas gruesas, dentadura postiza. Un viejo prematuro. Y otro daño invisible, pero que será fatal en pocos años. Los gases respirados, la microscópica partícula de amianto alojada en sus pulmones. No es el único. Mientras seguimos su historia, de fondo vemos cuerpos de obreros reventados por una máquina, aplastados en accidentes, abrasados por el metal fundido, devorados por el dragón que reclama frecuentes sacrificios. Obreros intoxicados por la fábrica o por el alcohol con que soportan el trabajo.
Obreros envenenados por la exposición a químicos y que acabarán inválidos, enfermos crónicos, muertos. Y sus hijos, los niños que juegan un fútbol salvaje sobre asfalto, dentro de una fundición abandonada. Rodillas y codos destrozados. Una forma de ir acostumbrando sus cuerpos a los futuros accidentes de trabajo. 3. No voy a confesar aquí todas mis filias, pero idéntica fascinación que la observación del trabajo me produce la visión de una gran fábrica cuyos procesos productivos ignoro. Una coreográfica cadena de montaje, un almacén de largos pasillos y estantes hasta el cielo, una estación de mercancías con cientos de contenedores apilados, un gran astillero con barquitos de juguete a medio construir, no digamos una refinería que levanta miles de tuberías enroscadas en un mecano fantástico, o una siderurgia, la increíble acería.




















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