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Analizamos la violencia en nombre de las religiones

Analizamos la violencia en nombre de las religiones

2/20/2026 · 21:26
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¿Son los monoteísmos una fuente inevitable de violencia o una herramienta para limitarla? En esta profunda charla, Juan Luis de León analiza la compleja relación entre la fe y el conflicto en el Antiguo Testamento y el Corán.
Frente a las duras críticas de autores como Richard Dawkins, quien describe al Dios bíblico como "desagradable" y "genocida", el ponente nos invita a realizar una lectura histórica. En el Antiguo Testamento, la violencia —incluyendo el terrible concepto del anatema o exterminio total— refleja la mentalidad del Antiguo Oriente Próximo, donde los dioses eran vistos como guerreros que otorgaban la victoria. Sin embargo, la Biblia también ofrece un contrapunto esencial: el concepto de Shalom. Esta paz no es solo la ausencia de guerra, sino un estado de plenitud, bienestar e integridad que busca restaurar lo que está roto.
En cuanto al Corán, De León clarifica el polémico concepto de Jihad. Lejos de las interpretaciones extremistas modernas, su significado original es "esfuerzo". La Jihad mayor es la lucha interna de cada creyente por ser fiel a Dios, mientras que la menor es una defensa militar regulada por normas éticas que, en su época, fueron revolucionarias: prohibición de matar civiles (mujeres, niños y ancianos) y la obligación de tratar con dignidad a los prisioneros.

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Es una paradoja bastante fascinante. A menudo las grandes religiones se presentan ante el mundo como la fuente definitiva de paz, de amor y de compasión. Claro, se supone que son el refugio moral de la humanidad. Totalmente. Pero, bueno, basta con encender las noticias cualquier día de la semana o abrir un libro de historia al azar para encontrar un panorama drásticamente distinto.

Conflictos sangrientos, guerras interminables, atrocidades increíbles, y todo ello, profunda y fervientemente justificado en nombre de Dios. Es una contradicción que desconcierta, tiene tela. Ya te diré. Y esa contradicción nos lleva al centro de nuestra exploración detallada de hoy. Queremos plantear una gran pregunta. ¿Son los monoteísmos, fijándonos específicamente en los textos del Antiguo Testamento y el Corán, inherentemente violentos e intransigentes? Es una pregunta gigante. Lo es. Y para desentrañar esto, contamos con un material de partida excepcional. Una extensa conferencia académica en audio del profesor Juan Luis de León. Ah, sí. Pero antes de arrancar, hay que poner una regla inquebrantable sobre la mesa. Por supuesto.

Vamos a pisar un terreno que toca sensibilidades muy profundas, creencias arraigadas y cuestiones históricas y políticas sumamente complejas. Así que la idea hoy no es tomar partido, ni juzgar, ni validar ninguna ideología en particular, ya sea religiosa, política o atea. Nos vamos a limitar a observar los textos, los hechos y las tesis que plantea esta investigación académica en su contexto original.

Nuestra labor es exponer ese análisis de la forma más imparcial posible para quien busque entender el origen de estos escritos. Yo estoy segura de que esto va a ser un viaje intenso para nuestra audiencia. Con rodeos. Y arranca directamente abordando las críticas contemporáneas más feroces que recibe la religión. Se menciona, por ejemplo, al biólogo Richard Dawkins. Y, a ver, no se guarda ningún adjetivo. Describe al dios del Antiguo Testamento como el personaje de ficción más desagradable. Madre mía.

Sí, sí. Lo etiqueta de megalómano, vengativo, limbiador étnico, sediento de sangre y genocida.

Es una descripción implacable. Y no es el único. También se trae a colación al neurocientífico Sam Harris, quien sostiene sin titubeos que la religión es, históricamente, la fuente más prolífica de violencia de nuestra especie. Frente a un muro de afirmaciones tan categóricas, uno se pregunta qué queda para los textos sagrados. ¿Estamos verdaderamente ante un manual de instrucciones para una secta hiperviolenta? Esto plantea una pregunta importante. ¿Es justo? O, metodológicamente útil, resumir milenios de evolución teológica, literatura e historia bajo una etiqueta moderna tan absoluta.

Al analizar estos textos, la clave está en aplicar el método histórico crítico. Básicamente, esto significa que no podemos leer un manuscrito de hace 3.000 años con las gafas intelectuales del siglo XXI. Reducir el Antiguo Testamento a una mera crónica de matanzas es perder de vista el marco mental de quienes lo escribieron.

Si ignoramos cómo funcionaba el Antiguo Oriente Próximo, el texto se convierte en una caricatura incomprensible. Y para entender ese marco, primero hay que mirar de frente la violencia que sí está en el texto. Porque la hay, y en abundancia. El análisis empieza por algo más sutil, la violencia implícita. Hablamos de esas estrictas leyes de pureza que estructuraban la sociedad, marginando temporalmente a las personas por cuestiones naturales, como la menstruación.

O los flujos seminales. Claro, esa es una violencia estructural, de control social. Eso es. Pero luego está la violencia explícita, la divina, que es la que más choca hoy en día. El ejemplo paradigmático es el mito del diluvio universal. Donde la divinidad literalmente ahoga a casi toda la humanidad.

Exacto. Es una narrativa heredada de antiguas tradiciones mesopotámicas, donde la divinidad arrasa con el mundo para limpiarlo y empezar de cero. Pero para comprender esa violencia bélica y divina, hay que sumergirse en cómo entendían la guerra los grandes imperios de la época, como el Asirio o el Babilónico.

En aquel entonces, la guerra no era secular. No era un asunto de política exterior, como lo entendemos hoy. No era una cuestión de firmar tratados y mover fronteras en un mapa de forma diplomática. En absoluto. Era un asunto puramente cósmico. El dios supremo de cualquier nación era, por definición, un dios guerrero. Un rey no iba a la batalla simplemente por ambición material. Iba porque sus oráculos aseguraban que la divinidad exigía y garantizaba la victoria. El mundo se dividía en dos conceptos.

El orden, que representaba al propio imperio y la civilización, y el caos, que era todo lo de fuera, la barbarie. O sea que hacer la guerra y expandir el imperio era, irónicamente, la forma de poner orden en el universo.

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