Besa la alegría mientras vuela

Besa la alegría mientras vuela

8/16/2026 · 06:46
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Desde mi ser
Episode of Desde mi ser

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¿Por qué será que aquello que más miedo nos da perder... muchas veces nos impide disfrutarlo mientras todavía lo tenemos?

Hay personas, momentos y etapas de nuestra vida que quisiéramos conservar para siempre. Y quizá, sin darnos cuenta, en el intento de retenerlos dejamos de habitarlos.

A partir de una frase de William Blake, en este episodio exploramos el apego, el cambio y una posibilidad diferente de relacionarnos con aquello que amamos: disfrutar profundamente sin necesidad de poseer.

Porque quizá la belleza de algunos momentos no está en que duren para siempre, sino en haber estado suficientemente presentes para vivirlos mientras sucedían.

¿Qué cambiaría si dejaras de intentar conservar la vida... y empezaras simplemente a habitarla?

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¿Por qué será que aquello que más miedo nos da a perder muchas veces nos impide disfrutarlo mientras todavía lo tenemos? Hace unos días estaba leyendo a William Blake y encontré una frase que me hizo parar y cuestionarme. Y no porque fuera difícil de entender, ¿sabes? Sino porque sentí que hablaba de algo que a todos nos ha pasado, que todos hemos vivido. Y la frase decía así. Aquel que se ata a una alegría, la alada vida destruye. Aquel que besa la alegría según vuela, vive la aurora de la eternidad. Leí una vez, luego volví a leerla y otra vez la leí. Hasta que de repente lejé de leer la frase y empecé a leerme a mí. Porque me di cuenta que muchas veces no sufrimos cuando las cosas terminan. El sufrimiento incluso comienza mucho antes. Sufrimos desde el momento en que aparece el miedo a perderlas. Y esto es muy curioso. Imagínate que conoces a alguien que te hace feliz.

Y casi sin darte cuenta aparece una vocecita en tu cabeza que te dice, ojalá esto nunca termine. No sé, vives un momento inolvidable y piensas, quisiera quedarme aquí para siempre. Entiende algo. Tus padres envejecen, tus hijos crecen, tu perrito incluso comienza a caminar más despacio. Y una parte de ti comienza a pelear contra algo que nunca ha dejado de ocurrir. Y eso es el paso del tiempo. Quizás el problema nunca fue que las cosas cambien. Quizás el problema es que nosotros esperamos a que no cambien, ¿sabes? Y la vida que tú y yo vivimos tiene una característica muy curiosa. Nunca se queda quieta. Todo cambia. Las estaciones, los árboles, el cuerpo, las amistades, los sueños, las metas, nosotros. Todo cambia. Y sin embargo, vivimos intentando detener aquello que nació para moverse. No sé, es como intentar sostener agua entre las dos manos.

Y mientras más fuerza haces, más rápido se te escapa. Y creo que hacemos exactamente lo mismo con las personas, con los momentos, con la felicidad, con la juventud, incluso con la idea que tenemos de nosotros mismos. Queremos conservarlo todo, como si amar fuera un sinónimo de poseer, hasta que un día logre entender algo. Quizás amar nunca fue eso, ¿sabes? Quizás amar consiste en participar completamente de un momento. Osho decía, Que muchas personas ven una flor hermosa y la arrancan. Creen que porque les gusta deben llevársela. Pero quizás amar una flor no consiste en cortarla. Consiste en regarla. Y sí, sé que alguien podría pensar. Pero es que si me gusta y me voy y vuelvo mañana y ya no está. Pues no está. Pero si hoy la arrancaste por miedo a perderla algún día. La perdiste mucho antes. Y mientras pensaba en esta historia me di cuenta de algo que me incomodó muchísimo.

Y fue el cuestionarme cuántas veces hice esto en mi vida. Cuántas veces quise controlar conversaciones, resultados, relaciones, personas. Cuántas veces quise congelar momentos que solo eran hermosos porque estaban vivos. Y todo lo que está vivo cambia, respira, se transforma. Y hace un tiempo, no muy lejano, elegí prueba algo diferente. Y no fue una decisión fácil, fue práctica. Cada vez que aparecía el deseo de controlar, buscaba hacer algo mucho más simple. Estar. Nada más. Si estaba abrazando a alguien, solo abrazaba. Si estaba viendo un atardecer, solo lo veía. Si estaba riéndome con un amigo, solo me reía sin pensar cuánto iba a durar el momento. Y ocurrió algo muy extraño. Mientras menos intentaba retener los momentos que estaba viviendo, más profundamente los vivía. Fue como descubrí la intensidad que no nace de la duración.

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