
Capítulo 5. La pérdida del monopolio musical

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Muchas vidas han muerto dentro de mí sin que yo haya muerto. Les confieso que ya no corro como antes, pero avanzo con mayor conciencia. Ya no veo bien sin lentes, aunque leo con más profundidad. Ayer la fuerza estaba en mis brazos; hoy habita en mi voluntad. En el pasado buscaba aprobaciones, hoy valoro las miradas serenas. Creía que el tiempo era infinito, hoy sé que no es así. El joven que fui se alejó de mí y año a año he experimentado la mudanza de mi cuerpo.
Escuché la radio cuando solo emitía en onda corta y en AM. Luego fui feliz con la FM y después pude ver la llegada de internet al dial. La radio no muere, lo que muere son sus formas envejecidas. Esta serie radial es, precisamente, el relato de esas transformaciones. Veinte capítulos, veinte “muertes” simbólicas.
En esa lenta transformación descubrimos una verdad serena: no morimos cuando cambiamos; morimos cuando nos negamos a cambiar.
El futuro es un territorio en construcción y necesita de una radio que sepa despedirse de lo que fue para atreverse, con valentía y esperanza, a ser lo que aún no imagina. Tu vida y mi vida han cambiado. La radio también lo ha hecho y debe seguir haciéndolo. Por favor, no se lo impidas. No permitas que tus miedos abracen a nuestro querido medio de comunicación.
Nuestra tesis es clara y deliberadamente incómoda:
la Radio atraviesa un proceso de declive y aspiramos demostrarlo.
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Capítulo 5. Sin el monopolio de la música. En mi mensaje anterior.
Te prometí compartir una preocupación que me ronda desde hace tiempo. He perdido el dominio sobre la música. Eso me duele, y quizá los vientos cambiantes de los tiempos modernos son los que me tienen así, desvanecida. Te escribo desde mi casa. Estoy en la misma camilla que te había descrito antes.
El doctor me ha dicho que mis signos empeoran y que de seguir así tendría que ir a la clínica más cercana. Creo que mi enfermedad no es solo física. Es existencial. He perdido el monopolio de la música y con él una parte esencial de mi identidad.
Las canciones que antes cautivaban, ahora no son solo mías. Y hoy apenas soy una opción más. Y ahora, con el tiempo, con las nuevas plataformas para escuchar música, pues ese monopolio se ha diluido.
Y aunque en un principio pensamos en que iba a ser mucho más democrático, porque en esas plataformas donde ahora se puede escuchar la música como a la carta, iba a ser la posibilidad de que muchos artistas pudieran subir sus propios contenidos y otros pudiéramos conocerlos, pues al final de cuentas se está generando un mismo fenómeno de concentración.
En unas cuantas plataformas como antaño eran las disqueras comerciales ahora son las plataformas de música comerciales que hacen que el algoritmo pues desplace a esta música, a estas obras musicales alternativas y priven esencialmente los contenidos que impulsan estas plataformas en función de la monetización que hacen de esos contenidos.
Recuerdo cuando vivía en un reino donde los oyentes, con el alma en suspenso, aguardaban el instante sagrado en que sus canciones favoritas se deslizaban por mí. Pero ahora, esa era ha quedado sepultada bajo el polvo del progreso.
Las cintas se han enredado, las grabadoras han enmudecido y las identificaciones que me anunciaban antes un emblema de poder, hoy son un eco perdido. Crack, crack, su latido va, la radio que calla, pero quiere hablar.
La revolución digital ha llegado como una tempestad, despojándome de mis dominios. La música ya no es mía, es de todos, de cualquiera, y quizás en esa dispersión es de nadie. La radio que calla, ¿quién la escuchará? Un susurro en la noche que no volverá. La verdad es una sola. Perdí el monopolio de la música. Crack, crack, su latido va. La radio que calla, pero quiere hablar. No te molesto más con mis quejas y achaques.
Te cuento que nunca había tosido tanto como anoche. Dormí mal, la camilla y la clínica ya me incomodan. Ya no soy yo. Quiero que me visites por favor.










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