
CCP 1x16 - Meryl se viste de Prada (por segunda vez)

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En este episodio de Culturiza Como Puedas nos adentramos en el irresistible universo de El diablo viste de Prada 2, una secuela que nos sirve como punto de partida para hablar de cine, moda, poder, cultura pop y el magnetismo eterno de Meryl Streep.
Luis Campoy abre el programa con una crítica detallada de la película, analizando su tono, su narrativa y su diálogo con la cinta original. A continuación, Francisco Martínez Vegazo firma una semblanza luminosa de Meryl Streep, repasando su trayectoria, su influencia y su capacidad para convertir cualquier papel en un acontecimiento cultural.
🦖 Jurásico aporta su mirada afilada al mundo de la moda, diseccionando sus códigos, sus excesos y su impacto en la cultura contemporánea. 🕵️ El Vigía reflexiona sobre el ocaso de la prensa escrita, un tema que conecta de forma sorprendente con el universo de Miranda Priestly y con la transformación del periodismo en la era digital.
Como cierre, en El Último Rollo, recibimos al fotógrafo Fran Rubio, que nos habla de imagen, estética, narrativa visual y del poder que tiene una fotografía para contar historias sin necesidad de palabras.
Un episodio lleno de estilo, análisis y cultura. Eso es todo.
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Hoy en Culturiza como Puedas nos calzamos los tacones más afilados del cine para hablar de El Diablo viste de Prada 2 y rendir homenaje a la única actriz capaz de convertir una mirada en sentencia Doña Meryl Streep Culturiza como puedas. Cine, series y cultura sin límites y sin complejos. Saludos culturales pero informales. Soy Luis Campoy y de nuevo voy a ser vuestro anfitrión en este episodio 16 de Culturiza como puedas. En esta ocasión nos adentramos en el universo de El Diablo viste de Prada 2 y su estrella más rutilante.
Yo mismo me ocuparé de la crítica de la película, mientras Francisco Martínez Vegazo repasará la trayectoria y el magnetismo de Meryl Streep. Jurásico nos guiará por el mundo de la moda y el glamour y El Vigía reflexionará sobre el ocaso de la prensa escrita. Y en El último rollo, una conversación con el fotógrafo Fran Rubio para entender cómo se construye una imagen con belleza y poder.
Poneos cómodos que empezamos el desfile con la crítica de cine. El cine es cultura. Hace 20 años, una lujosa comedia ambientada en el bullicioso mundo de la moda obtuvo un éxito considerable que no pasó desapercibido. La historia se basaba en los recuerdos personales de la autora de la novela homónima, que durante 11 meses trabajó para la editora en jefe de la revista Vogue.
Experiencia que le resultó agotadora y extenuante. El éxito de la película no se basó únicamente en su argumento o su atractiva puesta en escena, sino sobre todo en un reparto lleno de carisma en el que brillaba por encima de todos una Meryl Streep fabulosa que, aun encarnando un personaje claramente secundario, lograba posicionar su nombre por encima del de todos sus compañeros.
Dos décadas después de que El diablo viste de Prada se convirtiera en un fenómeno cultural, llega su muy tardía secuela. Y aunque me parecería injusto llamarla innecesaria, tampoco puede decirse que aporte algo realmente significativo al legado de la original. Es una continuación lógica, funcional, casi de manual, que cumple con lo que promete pero que no justifica en absoluto que haya habido que esperar 20 añazos para disfrutarla.
Lo curioso es que por la mayoría de sus protagonistas no parece que hayan pasado 20 años. El reparto principal, Anne Hathaway, Emily Blunt, Stanley Tucci y, como no, la maravillosa Meryl Streep, se conservan tan bien que la película juega incluso con esa idea. El tiempo pasa, pero la imagen y el bisturí.
Y el sérum de 300 euros pasa aún mejor. La nueva película replica el esquema de la primera entrega con una precisión casi quirúrgica. Hay un nuevo viaje a Europa, esta vez a Milán, capital de la moda y del postureo con fundamento, hay cameos de diseñadores y celebridades del sector y hay un desfile constante de estilismos imposibles que justifican por sí solos el precio de la entrada. El guión...
Eso sí, se mueve en terreno seguro, tan seguro que a veces parece que avanza con ruedines. No arriesga, no sorprende, no incomoda. Es como si la película quisiera complacer a todo el mundo y en ese intento se quedara sin voz propia. Una de las novedades más visibles está en el reparto de personajes secundarios. Las nuevas incorporaciones aportan diversidad racial, corporal y sexual.
Y lo hacen con una claridad tan evidente que cuesta no pensar que el objetivo es blindarse ante cualquier acusación de racismo, xenofobia, homofobia o gordofobia. No es que esté mal, al contrario, se agradece, pero la sutileza no es precisamente su fuerte. Si hay un punto débil que destaca por encima del resto, es el nuevo romance del personaje de Anne Hathaway. Está acogido con pinzas.
No tiene química y el actor elegido, Patrick Bramall, carece del carisma necesario para sostener una subtrama que debería aportar emoción y termina aportando poco, muy poco. Como era de esperar, el apartado visual vuelve a ser el corazón de la película. El diseño de vestuario es un festival, un catálogo de tendencias, tejidos, colores y excesos que funcionan como un personaje más.
En eso, la secuela no decepciona.




















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