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CINE DE VERANO: La caída de la casa Usher, de Edgar Allan Poe

CINE DE VERANO: La caída de la casa Usher, de Edgar Allan Poe

8/28/2026 · 54:03
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¡Claqueta final en nuestro CINE DE VERANO de Historias para ser leídas! 🎬🍿
Cerramos el ciclo con un clásico absoluto: La caída de la Casa Usher, el icónico relato de Edgar Allan Poe que ha inspirado incontables adaptaciones en la gran pantalla.
La atmósfera es pesada, el aire está corrompido y las grietas de la vieja mansión Usher parecen respirar. Acompaña a nuestro narrador en este viaje hacia la decadencia, el aislamiento y la locura familiar de los hermanos Roderick y Madeline Usher. Si quieres despedir las noches de verano con la pieza más oscura y atmosférica de nuestra colección... dale al play.

🎞Un día de otoño, triste, oscuro y mudo, cuando las nubes se cernían bajas y pesadas en el cielo, crucé solo, a caballo, una región singularmente lúgubre de campo...

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🎙Sonido y voz Olga Paraíso
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IVox Originals presenta Historias para ser leídas Un podcast de ciencia ficción, terror y fantasía dirigido por Olga Paraíso Ficciones sonoras con las que podrás sumergirte en otra realidad Durante todo un día de otoño oscuro, triste, silencioso, en que las nubes se cernían bajas y plomizas en los cielos. Crucé solo, a caballo, una región singularmente monótona del país. Y al fin, cuando se extendían las sombras, me encontré a la vista de la melancólica casa de Usher. No sé cómo ocurrió, pero a la primera ojeada sobre el edificio, una sensación de insufrible tristeza invadió mi espíritu. Digo insufrible, pues aquel sentimiento no lo mitigaba esa emoción semiagradable, por poética, con que el ánimo acoge, por lo general, la severidad de las naturales imágenes de la desolación o de lo terrible. Contemplé la escena que ante mí tenía, la simple casa. El sencillo paisaje característico de la heredad, los desnudos muros, las ventanas, ojos vacíos, algunas hileras de juncos y unos cuantos troncos de árboles agostados.

Con una fuerte depresión de ánimo sólo comparable como sensación terrena al ensueño posterior del fumador de opio, a la amarga vuelta a la existencia cotidiana, al atroz descorrerse del velo. Era una sensación glacial, un abatimiento, una náusea del corazón, una irremediable tristeza mental que ningún estímulo de la imaginación podía impulsar a lo sublime. ¿Qué era aquello? Me detuve a pensar. ¿Qué era aquello que así me desalentaba al contemplar la casa Usher? Misterio de todo punto insoluble, y no podía luchar contra las sombrías visiones que sobre mí se amontonaban mientras reflexionaba. Me di forzado a recurrir a la insatisfacción conclusión de que existen, fuera de toda duda, combinaciones simplísimas de objetos naturales que tienen el poder de afectarnos así, mientras el análisis de este poder se halla aún entre consideraciones alejadas de nuestro alcance.

Era posible, pensé, que una simple disposición diferente de los detalles de la escena, de los pormenores del cuadro, bastase para modificar, para anular quizá su poder de impresión dolorosa. Y obrando conforme a esa idea, guié mi caballo hasta la escarpada orilla de un negro y fantástico estanque que extendía su tranquilo brillo hasta la mansión. Pero, con un estremecimiento aún más aterrador que antes, contemplé fijamente las imágenes reflejadas e invertidas de los juncos grises, de los espectrales troncos lívidos y de las vacías ventanas como ojos. En aquella mansión de melancolía pensaba, sin embargo, residir unas semanas. Su dueño, Roderick Husser, había sido uno de mis joviales compañeros de adolescencia. Muchos años habían transcurrido desde nuestro último encuentro. Pero una carta suya me había llegado recientemente a una región alejada.

Por su tono de vehemente apremio, aquella carta no admitía otra respuesta que mi presencia. La letra mostraba una evidente agitación nerviosa. El autor hablaba de una valencia física aguda, de un trastorno mental que le oprimía y de un vivo deseo de verme por ser su mejor y, en realidad, su único amigo. Pensando hallar en la jovialidad de mi compañía algún alivio a su mal. Era la forma en que decía todas estas cosas y muchas más. Era la manera suplicante de abrirme su pecho, lo que no me permitía vacilar y, en consecuencia, obedecí de inmediato a lo que yo, pese a todo, consideraba como un requerimiento extrañísimo. Aunque de muchachos hubiéramos sido camaradas íntimos, bien mirados había poco de mi amigo. Su reserva fue siempre excesiva y constante. Sabía yo, sin embargo, que su antiquidad

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