
El conjuro, de Emilia Pardo Bazán, una terrible invocación en la oscuridad

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A veces la casa de la bruja no duerme del todo. Entre sus paredes quedan ecos de historias pequeñas. Acompáñame y escucha este susurro. Los cuentos de la casa de la bruja presentan El conjuro, de Emilia Pardo Bazán, narrado por Juan Carlos Albarracín. El pensador oyó sonar pausadamente. cayendo del alto reloj inglés que coronaban estatuitas de bronce, las doce de la noche del último día del año. Después de cada campanada, la caja sonora y seca del reloj quedaba vibrando como si se estremeciese de terror misterioso. Se levantó el pensador de su antiguo sillón de cuero, bruñido por el roce de sus espaldas y brazos durante luengas jornadas estudiosas y solitarias. Y como quien adopta definitiva resolución, se acercó a la chimenea encendida. Y entonces, o nunca, era la ocasión favorable para el conjuro.
Descolgó de una panoplia una espada que conservaba en la ranura el óxido producido, por la sangre bebida antaño en riñas y batallas, y con ella describió, frente a la chimenea y alejándose de ella lo suficiente, un pantaclo en el cual quedó inconcluso. Chispezuelas de fuego brotaban de la punta de la tizona y la superficie del piso apareció como carbonizada allí donde se inscribió el cerco mágico, alrededor del osado que se atrevía a practicar el rito de brujería, ya olvidado casi. Mientras trazaba el círculo, murmuraba las palabras cabalísticas. Una figura alta y sombría pareció surgir de la chimenea y fue adelantándose hacia el invocador sin ruido de pasos con el avance mudo de las sombras. La capa vasta, flotante, color de humo, en que se rebozaba la figura, el sombrero oscuro, inmenso, cuya ala descendía hasta el embozo, no permitían ver el rostro del aparecido, y el pensador no podía acercarse a él.
Un encanto le sujetaba dentro del círculo. Solo se libertaría si recitase el conjuro al revés y marcase el pantaclo en sentido también inverso. Pero le faltaba valor. Sentía cuajarse sus venas ante el figurón silencioso que acaso no tenía cuerpo, que tal vez era una ilusión perversa de los sentidos, una niebla psíquica. ¿Satanás? ¿Luzbel? ¿Astaroth? ¿Belial? ¿Belfegor? ¿Belzebú? Articuló ansiosamente interrogando. ¿Cuál de los nobles príncipes del abismo me honra acudiendo a mi invocación? El espectro se desembozó suavemente. No tenía cara. En vez de semblante vio el pensador una especie de mancha cambiante, informe. La voz salía del hueco del pecho como de una devastada caverna. No soy de los duques y archiduques del abismo. Si tuviese sobrenombre, me llamaría el caballero de la nada, porque no existo. Me habéis inventado vosotros.
El pensador adivinó quién era el fantasma sin rostro, invención del hombre. No en balde había gustado el amargo licor de la sabiduría, lentamente y a sorbos profundos, en la quietud de su biblioteca, decantando la ciencia antigua al través del filtro nuevo. El caballero de la nada, el que sólo existe en nuestra mente, que cree abarcar su ser y no estrecha, sino el vacío, es el tiempo, el tiempo soberano. Ya que has venido, te pediré a ti lo que iba a pedir a los príncipes negros. Detente, tiempo, detente para mí. La sucesión de instantes que eslabona tu cadena, roza y gasta el tejido de nuestra pobre vida. Durante toda ella, oh tiempo informe, te he sentido que me roías y me pulverizabas al existir. Fuiste mi carcoma, fuiste mi pesadilla. A cada latido del corazón, en vez de decir uno más, dije uno menos. Ahora mismo acabas de robarme un año. Me lo ha anunciado la lengua de bronce.




















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