
Description of La Cosa del Tejado (Robert E. Howard)
Nuestro protagonista escucha la historia del viaje de un amigo a un extraño templo en CentroAmérica.
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Avanzan pesadamente a través de la noche con su paso elefantino. Tiemblo atemorizado y me acurruco en la cama. Elevan alas colosales sobre los tejados a dos aguas que retumban bajo las pisadas de sus pezuñas mastodónticas. Justin Joffrey, lo que procede del país antiguo. Empezaré diciendo que me sorprendió la llamada de Tushman. Nunca habíamos sido amigos íntimos. Sus instintos mercenarios me repelían, y desde nuestra amarga polémica de tres años antes, cuando intentó desacreditar mi pruebas de la cultura Nahua en el Yucatán, que había sido el resultado de años de cuidadosa investigación, nuestras relaciones habían sido cualquier cosa menos cordiales. Sin embargo, le recibí y sus modales me parecieron apremiantes y bruscos. pero más bien distraídos, como si su disgusto hacia mí hubiera sido dejado de lado por alguna pasión obsesiva que se hubiera adueñado de él. Pronto expuso la razón que le había traído ante mí. Deseaba que le prestara ayuda para obtener un ejemplar de la primera edición de Los cultos sin nombre de Bon Just, la edición conocida como El libro negro. No por su color, sino por sus oscuros contenidos.
Igual me podría haber pedido la traducción griega original del Necronomicon. Aunque desde mi regreso de Yucatán había dedicado prácticamente todo mi tiempo a mi vocación de coleccionismo de libros. No había tropezado con nada que indicase que el volumen de la edición de Dusseldorf siguiera estando disponible. Un inciso sobre esta obra rara. Su extrema ambigüedad en algunos aspectos, unida al increíble tema que trata, ha provocado que durante mucho tiempo sea considerada una simple colección de desvaríos de un maníaco, y el autor ha sido maldito con la marca de la locura. Pero el hecho es que gran parte de sus afirmaciones son incontestables, y que pasó los 45 años de su vida indagando en lugares extraños y descubriendo cosas secretas y abismales. No se imprimieron muchos ejemplares de la primera edición y gran parte de ellos fueron quemados por sus astutos propietarios cuando encontraron a Bon Juns estrangulado de forma misteriosa dentro de su habitación cerrada con llave en una noche de 1840, seis meses después de que hubiera regresado de un misterioso viaje a Mongolia.
Cinco años después, Un impresor de Londres, un tal Bridwell, hizo una edición pirata de la obra y publicó una traducción barata que hacía hincapié en los aspectos sensacionalistas, llena de grabados grotescos y sembrada de erratas, traducciones equivocadas y los errores habituales de una edición pobre y no académica. Esto sirvió para desacreditar todavía más la obra original, y los editores y el público se olvidaron del libro hasta 1909, cuando la Golden Goblin Press de Nueva York sacó una edición. Su versión fue tan cuidadosamente expurgada que un cuarto del material original se quedó fuera. El libro estaba espléndidamente encuadernado y decorado con las exquisitas y extrañamente imaginativas ilustraciones de Diego Vázquez. La edición estaba pensada para el consumo popular, pero las inclinaciones artísticas de los editores traicionaron esa finalidad, ya que el coste de la producción del libro fue tan alto que se vieron obligados a ponerlo a la venta a un precio prohibitivo. Le estaba explicando todo esto a Tushman cuando me interrumpió bruscamente para decirme que no era un completo ignorante en semejantes materias.
Uno de los libros de Golden Goblin adornaba su biblioteca, dijo, y fue en él donde encontró cierta frase que despertó su interés. Si pudiera proporcionarle una copia de la edición original de 1839, se aseguraría de compensarme. Sabiendo, añadió, que sería inútil ofrecerme dinero a cambio de mis molestias. Lo que haría sería presentar una retractación completa de sus antiguas acusaciones en referencia a mis investigaciones en el Yucatán y ofrecer una disculpa en The Scientific News. Admito que me quedé perplejo ante esto y comprendí que si la cuestión significaba tanto para Tuchman como para estar dispuesto a hacer semejantes concesiones, debía de tratarse de algo de la máxima importancia. Le contesté que consideraba que había refutado sus acusaciones satisfactoriamente ante los ojos del mundo y que no tenía ningún deseo de ponerle en una situación humillante, pero que haría todo lo que estuviera en mi mano para proporcionarle lo que quería. Me dio las gracias bruscamente y se marchó, diciendo de forma más bien vaga que en el libro negro esperaba encontrar la exposición completa de algo que había sido evidentemente resumido en la edición posterior.





















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