

Description of Cultura en la Villa de Bilbao
Presentamos una conferencia de Gonzalo Olabarria, Concejal de Cultura del Ayuntamiento de Bilbao, quien desgrana cómo la ciudad ha pasado de un profundo declive industrial a consolidarse como un referente cultural internacional.
Olabarria explica que la verdadera transformación de Bilbao no reside únicamente en el "efecto Guggenheim", sino en la regeneración de la ría, un proyecto que permitió a la ciudad dejar de vivir de espaldas al agua para convertirla en un eje de esparcimiento y turismo. Bajo la premisa de que la cultura es un elemento transformador, el Ayuntamiento ha impulsado el Plan Estratégico de Cultura 2023-2033, una hoja de ruta a diez años construida de forma participativa con más de 5.000 aportaciones ciudadanas.
Durante la sesión, se analizan los pilares fundamentales de esta estrategia:
Cohesión social y salud: La cultura como herramienta para integrar a la población migrante y mejorar el bienestar emocional de la ciudadanía.
Transversalidad: Cómo la política cultural se entrelaza con áreas como la vivienda (creando espacios para artistas), la seguridad y la movilidad.
Identidad y sostenibilidad: El fomento del euskera, la visibilización de las mujeres en las artes y el compromiso con los Objetivos de Desarrollo Sostenible.
El ponente también destaca la impresionante oferta de la ciudad, que cuenta con una media de ocho eventos culturales diarios y una red de equipamientos de primer nivel como el Teatro Arriaga, Bilbaoarte y Azcuna Zentroa. Finalmente, reflexiona sobre la necesidad de proteger las humanidades y fomentar un pensamiento crítico frente a la desinformación actual
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Imaginemos por un momento una ciudad donde la ría principal es literalmente una cloaca abierta. ¡Buf! Una imagen nada agradable, desde luego. Sí, sí, es terrible. Una zona urbana ahogada por el colapso de la industria pesada, los cielos grises y una tasa de desempleo que en algunos barrios rozaba el 40 o el 41%. A esto hay que sumarle los estragos de unas inundaciones catastróficas.
Un escenario casi apocalíptico para la época. Totalmente. Pues ahora imaginemos a un grupo de gestores públicos diciéndole a esa población desesperada, oye, la salida a esta crisis, nuestro gran salvavidas, va a ser el arte contemporáneo y la cultura. Madre mía, suena a broma de mal gusto, la verdad. O a un delirio utópico de alguien que no pisa la calle. Exacto, es que suena a locura. Sin embargo...
Hoy vamos a analizar el caso real de cómo la ciudad de Bilbao hizo exactamente eso en los años 80 y 90. Bienvenidos a una nueva inmersión a fondo. Lo interesante de hoy es que no vamos a hablar desde la teoría abstracta, que a veces peca de idealista. Las fuentes que manejamos provienen del audio de una charla exhaustiva y su posterior sesión de preguntas, protagonizada por el propio liderazgo cultural de la ciudad. Eso es.
Es un material lleno de pragmatismo. Nos alejo en toco de la simple postal turística para mostrarnos, digamos, las cicatrices del proceso. Gestores públicos lidiando con presupuestos, con ciudadanos y con debates muy profundos. Y esa es precisamente nuestra misión hoy. Queremos extraer los mecanismos económicos, urbanísticos y, sobre todo, psicológicos que utilizaron para sacar a una ciudad de la ruina industrial a través de la cultura.
Claro, porque la narrativa mundial siempre reduce el milagro de Bilbao a un hito arquitectónico, o sea, la construcción del Museo Gugengen. Como si hubiera aterrizado una nave espacial de titanio y solucionado la economía por arte de magia. Tal cual. Parece magia, pero las fuentes revelan que la verdadera transformación, la que realmente supuso un punto de inflexión, no fue el edificio, fue el agua. ¡Ostras! ¡El agua! El agua es el verdadero kilómetro cero de esta historia.
Hay que situarse en el contexto. Durante décadas la ciudad había vivido completamente de espaldas a ese cauce, sencillamente porque la Ría del Nervión era un vertedero de aguas fecales y residuos de la industria pesada. ¿Qué barbaridad? Pues regenerar esa lámina de agua costó alrededor de 100 millones de euros. Y para dar a la audiencia un poco de perspectiva, esa es una cifra superior a lo que costó levantar el propio museo. Claro, fíjate.
Intentando visualizar esa escala de prioridades se me ocurre una analogía. Es como intentar montar el chasis de un Ferrari espectacular y carísimo, el Guggenheim en este caso, sobre un motor que está completamente gripado, oxidado y lleno de lodo. Eso es.
Puedes poner la carrocería más deslumbrante del mundo, que si no te gastas los ahorros en sacar la contaminación de las tuberías y del bloque del motor, el coche no va a arrancar jamás. O sea, la metáfora del motor funciona muy bien para la parte mecánica del proceso, pero el material de la charla nos exige llevarle un paso más allá. La contaminación de la ría no era solo un problema de ingeniería, ¿sabes? Era una herida social profundísima. Claro.
Limpiar el agua no consistió únicamente en hacer que dejara de oler mal. Al descontaminar la ría, se eliminó una barrera tóxica que literalmente dividía la ciudad. Se habilitaron paseos, se unieron barrios que vivían aislados y de repente la ciudad entera se giró para mirar al agua. Y eso atrajo también a la industria no contaminante, ¿no? Exactamente.
Ese cambio urbanístico fue indispensable para atraer turismo e industria avanzada. Sin esa higiene básica, ningún turista habría querido pasear por los aledaños del museo, por muy brillante que fuera el titanio. Y ese giro es lo que el liderazgo cultural define como el verdadero detonante del efecto Guggenheim. Explican en la charla que el impacto real no se quedó en las paredes del museo, sino que operó un cambio drástico en la psicología colectiva de la población.
Pasar de la derrota industrial absoluta al orgullo ciudadano. La gente empezó a creerse de verdad que la cultura podía ser su motor transformador.
Y ese es precisamente el desafío más complejo para cualquier administración. Porque, a ver, una vez que logras ese cambio psicológico inicial, el gran peligro es conformarte. Claro, sentarte a mirar tu museo bonito. Exacto. Vivir de las rentas de un edificio icónico es una tentación enorme. Lo que vemos en el análisis de estas fuentes es un intento metódico de no improvisar, de sistematizar ese éxito para que no sea solo un espejismo de unos años.
Comprendieron que la cultura no consiste en colgar cuadros bonitos. Tiene que ser una herramienta transversal. Y esa transversalidad, fíjate, queda clarísima en la formulación de su plan estratégico para 2023 a 2033.



















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