
De la basura al bien común: el modelo de reciclaje inclusivo
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Experiencias publico-comunitarias de reciclaje en Buenos Aires, un referente internacional de gestión público-comunitaria y economía popular.
Pereira Dore, M. (2025). Experiencias público-comunitarias de reciclaje en Buenos Aires: hacia nuevas institucionalidades para los comunes urbanos. Revista Española de Sociología, 34(4), a276.
https://doi.org/10.22325/fes/res.2025.27
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Bienvenidos a nuestro análisis de hoy.
Nos vamos a Buenos Aires para hablar de residuos, pero desde una perspectiva diferente.
Exacto.
Hablamos de cifras muy grandes.
Solo en la ciudad, 1,6 millones de toneladas en 2019.
Una barbaridad.
Una barbaridad, sí.
Pero lo interesante aquí es el modelo.
Residuos secos gestionados no por empresas, sino por cooperativas de recuperadores urbanos, los famosos cartoneros, en colaboración con el gobierno.
Eso es.
Y para entenderlo bien, nos basamos en una investigación muy buena de Mayane Pereira Doré, que salió en la revista española de Sociología.
Ella analiza a fondo esta colaboración, digamos, público-comunitaria, con sus logros, que los tiene, pero sobre todo con las tensiones que hay, que son muchas.
O sea que no es solo un tema técnico de recoger basura.
Interesante.
¿Y cómo se llega a esto? Porque no parece algo que surja de la nada.
¡Qué va! Hay que irse atrás a los 90 y, sobre todo, a la crisis argentina de 2001.
Políticas neoliberales, desempleo masivo.
Y mucha gente buscando cómo sobrevivir, claro.
Exacto.
Y ahí aparece el cartoneo, recoger cartón, plástico, lo que fuera de la basura.
Era pura necesidad al principio.
Pero pasó de ser algo individual a algo más organizado, ¿no? Justo. Y esa es la clave.
Muchos venían del mundo sindical, tenían experiencia organizativa.
No se quedaron en el sálvese quien pueda.
Se juntaron.
Se juntaron, crearon cooperativas, movimientos y lucharon por el reconocimiento.
Y lo consiguieron, ¿eh? Leyes como la 992 en 2003, la Ley Basura Cero en 2005, fueron hitos.
Eso es. Y cambia todo.
Cambia cómo se les ve a ellos y cómo se ve la propia basura.
Ya no es solo un desecho, es un recurso que da trabajo digno.
Un bien común, como deseamos.
Vale, he entendido el origen.
¿Y hoy cómo funciona exactamente? ¿Cómo es esa colaboración? Pues mira, son 12 cooperativas grandes que mueven a unos 6.500 trabajadores.
Ellas se encargan de recoger y clasificar los residuos secos en toda la ciudad.
¿Y el gobierno de Buenos Aires? ¿Qué papel juega ahí? Pues un papel crucial, diría yo.
Les da un salario base, unos 200 dólares al mes, más incentivos y reciclan más.
Ah, bien.
Y pone la infraestructura, los centros verdes, que son las naves donde clasifican, los camiones, uniformes, hasta cobertura médica.
¿Es un soporte vital? Como decía un cooperativista en el estudio, sin ese apoyo del Estado, los costes serían imposibles de asumir.
Claro.
¿Y las cooperativas, entonces, organizan el día a día, clasifican y venden los materiales por su cuenta? Exacto.
Pero, y aquí viene lo interesante del estudio de Pereyre Doré, esa relación con el Estado es de todo menos sencilla.
Ambivalente, quizás.
Muy ambivalente.
Por un lado, el Estado es quien posibilita todo esto a gran escala.
Pero, por otro, es también un obstáculo.
Crea una dependencia muy fuerte.
Las cooperativas no son dueñas de las máquinas, de los camiones.
Y eso genera problemas.
Sobre todo con el mantenimiento.
Parece ser, según cuentan, que es muy deficiente.
Y es una fuente de conflicto, vamos, continua.
¿Hasta qué punto? Pues, fíjate, el caso más grave fue un incendio en una planta grande, en Barracas, de la cooperativa Amanecer de los Cartoneros.
¡Ostras! Ya habían avisado de que el sistema antiincendios fallaba.
No se hizo nada y ardió.
¡Qué desastre! Me imagino la frustración y el perjuicio para la gente.
Terrible.
Una trabajadora contaba que la máquina principal llevaba rota años, sin que nadie la arreglara en serio.
Y eso es menos ingresos, claro.
Pero también afecta la dignidad.
¡Hombre, claro! Otra mujer hablaba del dolor que sentía al ver cómo se deterioraba todo por esa falta de respuesta.
Es una puja constante, decía ella.
Una lucha diaria, entonces.
Y súmale la burocracia, el riesgo de que las decisiones dependan de la política de turno, o que se sigan lógicas de mercado, como externalizar el mantenimiento a privados, o que bajen los precios del cartón por las importaciones.
Complicado, sí.
Una dependencia con muchas aristas.
Y frente a todo eso, ¿qué es lo que les mueve? ¿Solo la parte económica? Ahí está lo bonito, yo creo.
El etos comunitario.
No es solo reciclar y ganar algo de dinero.
Hay algo más.
Mucho más.
Seguían por la solidaridad, la inclusión social.
Vienen de luchar juntos por sobrevivir.
El presidente de una de las coopes más antiguas, el Ceibo, contaba que todo empezó viendo a sus padres y a los vecinos rebuscar en la basura para comer.
O sea, el objetivo es dar dignidad y una salida a gente que el sistema deja fuera.
Esa es la idea central.
Un cooperativista lo llamaba reciclado con inclusión social.
Buscan activamente meter a gente muy vulnerable, muchos sin estudios.
Y eso se ve en cosas concretas, imagino.
Sí, sí.
Montan ollas populares, guarderías para que las madres y padres puedan trabajar tranquilos, algo que una coordinadora destacaba como esencial.
Defienden a los cartoneros que aún van por libre.
Eso es lo que pasa.
















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