
DEx 09x45 La guerra invisible: las almas errantes de Vietnam

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En 1968, en plena guerra de Vietnam, el Pentágono lanzó una de las operaciones psicológicas más extrañas de la historia militar moderna: grabar voces de "almas en pena" y emitirlas desde helicópteros sobre la jungla, con la esperanza de aterrorizar al Vietcong. La llamaron Ghost Tape Number 10. Pero esta es solo la punta del iceberg. En este episodio recorremos los fantasmas reales y simbólicos de aquella guerra: las apariciones que vieron los soldados americanos, el Agente Naranja como una forma química de exorcismo, los rituales con los que las aldeas vietnamitas siguen hoy hablando con sus muertos… y un giro final que conecta Vietnam con Okinawa, los Balcanes y las cunetas españolas. Porque las guerras no terminan cuando se firman los tratados. Terminan —si terminan— cuando los vivos consiguen sentarse a hablar con sus muertos.
Y ademas:
Montañas sagradas, con Raul Ferrero
Ciencia de Vanguardia, con Pablo Fuente
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Amigos, hola amigas, bienvenidos una semana más a nuestra cita en estos días extraños. Imagina por un momento que vas conduciendo de noche por una carretera secundaria. No hay luna, no hay farolas, el GPS del coche se ha quedado sin cobertura y el mapa que llevabas en la cabeza, ese que parecía tan claro cuando saliste de casa, bueno, pues se ha disuelto en algún punto del trayecto. Así que estás perdido. No sabes si seguir recto, si girar a la derecha, si dar media vuelta y entonces, sin que sepas muy bien por qué, algo dentro de ti dice por aquí no. No es una voz, no llega a ser ni siquiera un pensamiento articulado, es algo más sutil, es una especie de tirón, una incomodidad sorda en el pecho. O no, todo lo contrario, una calma extraña que te empuja a tomar el desvío menos obvio.
Eso que acabas de sentir tiene muchos nombres a lo largo de la historia. Los griegos lo llamaron daimón. Sócrates decía que tenía uno dentro, que le avisaba cuando se iba a equivocar. Los románticos hablaban de la voz interior. La psicología contemporánea, que es mucho más prosaica, lo llama procesamiento inconsciente, cognición implícita, somatización emocional. Pero la mayor parte de nosotros lo conocemos con un nombre mucho más sencillo. Intuición. La intuición, por mucho que el lenguaje espiritual la haya envuelto en incienso y velas, es uno de los fenómenos más estudiados y peor comprendidos de la mente humana. Neurocientíficos como Antonio Damasio llevan décadas demostrando que el cuerpo procesa información mucho antes de que la mente consciente se entere.
Que tomamos decisiones con la tripa antes de tomarlas con la cabeza y que, a veces, ojo, a veces, la tripa tiene razón. A ver, tampoco te voy a dar una lección de neurociencia, que para hablar de ciencia dentro de un rato tendremos a Pablo Fuente. No, quiero hablarte a ti. A ti que escuchas esto en el coche o en el metro, o mientras paseas al perro, o intentas dormir. A ti que quizás llevas semanas o meses o años con la sensación de estar perdido, de no saber muy bien hacia dónde tira tu vida, de preguntarte si lo que haces tiene algún sentido. Bueno, si esto te ha pasado o te está pasando, sigue escuchando porque esto va de ti. A ver, la confusión, ese estado tan incómodo de no saber qué hacer, casi nunca viene de la falta de información. Viene del miedo, así de clarito, del miedo.
Del miedo a equivocarse, del miedo a decepcionar, del miedo a dejar atrás una vida segura por algo incierto, del miedo a fracasar, a veces incluso del miedo a tener éxito. Y el miedo... es un ruido, y el ruido tapa la señal. Por eso muchas veces cuando te sientes bloqueado no es que no sepas qué hacer, es que lo sabes perfectamente pero no quieres oírlo, porque lo que sabes implica un cambio, implica una conversación difícil, implica soltar algo, implica empezar. Para escuchar la intuición, primero hay que aprender a silenciar la mente, no para anularla, que la mente racional es maravillosa, no hay que tirarla por la borda, sino para bajarle el volumen lo justo y necesario para que se cuele otra cosa. Llámalo meditación, llámalo paseo, llámalo una ducha larga, llámalo mirar por la ventana sin hacer nada.




















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