
Ecosistema malos viajes 5: Síndrome de Munchausen digital. Cuando quien te destruye es quien te protege.

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En este quinto episodio de Ecosistema malos viajes partimos del documental de Netflix Número desconocido: falsa identidad en el instituto para hablar de un fenómeno tan inquietante como actual: el daño psicológico fabricado desde el entorno íntimo. Lo que empieza como un caso de ciberacoso adolescente acaba abriendo una pregunta mucho más profunda: ¿qué ocurre cuando la amenaza y el refugio vienen de la misma persona?
A través del llamado síndrome de Munchausen digital, el ciberacoso, la manipulación relacional y el trauma de apego, exploramos cómo una víctima puede quedar atrapada emocionalmente en el vínculo con quien la destruye. Porque no todos los malos viajes son de sustancias: algunos ocurren dentro de la familia, en la pantalla del móvil y en esa zona confusa donde cuidado y peligro se mezclan hasta romper la confianza.
Muchas gracias por escuchar.
Música:
Intro por Carlos Vargas Cruz, en exclusiva para el programa. ¡Gracias!
Final por el grupo español Toundra, con la canción Titelsequenz.
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Bienvenidos a la mente y sus cicatrices. Soy Pablo de Lorenzo, psicólogo experto en trauma y acoso. Hoy traigo un caso real que se trata en el documental de Netflix. Número desconocido, falsa identidad en el instituto. Pero esto no es un resumen del documental. La idea es utilizar esto como punto de entrada a un fenómeno clínico y social bastante más amplio. Cuando hay alguien que fabrica una amenaza digital y al mismo tiempo ocupa un lugar cercano a la víctima. Aviso de spoilers, por si acaso alguien quiere ver el documental antes, que lo deje aquí mismo si quiere. Dicho esto, vamos a ello, porque hay casos que lo interesan solo por el giro final, porque aquí hay muchísimo más realmente de lo que se explica incluso en el propio documental, ya que nos obliga un poco a revisar ideas muy básicas sobre lo que es el vínculo, lo que sentimos por confianza y lo que muchas veces hemos comentado de la manipulación. Este caso que inspira es uno de esos. Empieza aparentemente como un caso de ciberacoso adolescente. Mensajes anónimos, insultos, amenazas, humillaciones.
Empieza a haber sospechas en el instituto y una pareja joven, que es la principal hostigada, empieza a ser tensionadísima por algo que no saben de dónde viene. Todo por mensajes de la aplicación de WhatsApp o la aplicación que tienen allí, Estados Unidos. Y hasta aquí. Por decirlo así, podríamos pensar en algo conocido. Pues un número desconocido, un agresor cobarde, alguien escondido detrás de una pantalla. Esto lo hemos visto muchas veces, por decirlo así. Es como el típico ciberacoso. Pero el problema del acoso digital es precisamente que el agresor no necesita estar delante para invadir la vida de una víctima. El teléfono hace de puerta de entrada y... precisamente por eso es casi omnipresente. La amenaza puede aparecer de noche, de día, en clase, en casa, en el momento menos esperado, incluso justo antes de dormir o que te despierte un mensaje de esos a mitad de la noche. Pero este caso tiene una capa más. Y esa es la capa que lo vuelve clínicamente muchísimo más interesante. Porque lo que tenemos que preguntarnos no es sólo quién manda los mensajes. La pregunta...
En este caso es, ¿qué pasa cuando el daño y el consuelo empiezan a venir del mismo ecosistema afectivo? Y vamos a entrar poquito a poco. Primero, en el fenómeno del acoso sin cuerpo, que es este ciego acoso, por decirlo así. Y luego, la lógica de lo que podemos llamar síndrome de Munchausen por internet. Después, lo más inquietante, fabricar una crisis alrededor de otro para ocupar el centro emocional. Y al final, la parte que a mí más me interesa, el por qué una víctima puede seguir emocionalmente enganchadísima y dependiente de una persona que le ha hecho un daño enorme. Y esto no es para justificar nada, sino para entenderlo. Y entender nos hace más libres. Empecemos con el acoso sin cuerpo. Porque el ciberacoso tiene una característica muy distinta del acoso clásico. Y creo que os lo podéis imaginar. En el acoso presencial hay un lugar, una cara, un grupo... Y una escena, generalmente es bastante incluso previsible o acotado a un sitio. Es el recreo, pasillo, el barrio... incluso el pueblo entero, pero en el acoso digital el límite espacial se rompe.
El agresor puede entrar en cualquier momento. A ver, a veces es tan sencillo como apagar el teléfono, pero muchas veces el teléfono ya forma parte intrínseca de nuestra vida, con lo bueno y con lo malo. Y esto produce un tipo de ansiedad muy particular. La persona no solo teme lo que ocurre, empieza a temer la próxima notificación, sea de quien sea, porque puede ser del agresor o puede ser de su mejor amigo. El móvil ya no es una herramienta, se vuelve una alarma constante que activa el organismo. Ese es el problema también. Cada vibración, cada sonido, cada sonido de campanita puede traer una agresión nueva o al revés, ser algo totalmente anodino y normal. Además en adolescentes esto es especialmente duro porque el teléfono no es un simple objeto, es toda la vida social. La pareja, el grupo, la reputación, la identidad. Recordemos TikTok. recordemos Instagram, recordemos todo este ecosistema actual. Y si el ataque llega por ahí, no ataca solo la tranquilidad, ataca el lugar que uno ocupa entre los demás. Por eso a veces no es tan fácil como decir simplemente apaga el móvil.















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