
EMMER & RASK: Los Matahéroes – Cap. 1. El Corazón de Oro

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El tecnogoblin Rask y Emmersonius el minotauro (Emmer para los amigos) vivían tan plácidamente en su laberinto, repleto de monstruos enrollados y amigables. Entonces llegó un héroe puro y auténtico y lo echó todo a perder. Muchos buenos amigos hubo que dejar atrás. Tras haber viajado al futuro y haberse armado hasta los dientes con tecnología futura, Emmer y Rask buscarán una venganza fría y brutal. Y si para ello deben arrasar con cuantos héroes se encuentren, que así sea.
En este capítulo 1, “EL CORAZÓN DE ORO”, nuestros bribones matahéroes llegarán a un reino de sobra conocido para ponerlo todo patas arriba. Todo ello mientas conceden declaraciones honestas al documental que está narrando su agitada vida.
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Emery Rask, los mata-héroes. Bueno, pues ya estamos aquí, reconfigurando puerta. Vale, tenemos cuatro días para montar la de Dios en este puto sitio. Encontramos a nuestro objetivo, le quitamos lo que nos robó y le damos su merecido. ¿Estás total y concluyentemente preparado, Marsonius? ¿En serio tenemos que ser tan drásticos? Yo no quiero vengarme. Solo quiero lo que me pertenece. Vengarse es total y concluyentemente necesario. ¿Es que no recuerdas lo que te hicieron? ¿Ahora me vas a decir que ese gentuzón no merece un aplastamiento descoyuntante, una incineración calcinante o una, no sé, desatomización que te cagas? No sé, tío. Tampoco creo que sea para tanto. No sé, tío. Tampoco creo que sea para tanto. Pero tú eres gilipollas. ¿Acaso debo recordarte por qué estamos aquí? ¡Hombre! No, en serio. ¿Acaso debo recordarte por qué estamos aquí? Vale, hacemos un poco de resumen. De entrada, me llamo Rask. Soy el único tecnogoblin que conozco, lo que no está nada mal. Y ojo, no me confundáis con esos patéticos steampunk goblins. Lo mío es diferente. Sé que suena muy egocéntrico y poco modesto decir que soy un genio, pero estaría faltando a la verdad, o por lo menos no la estaría contando toda, si no os dijera que lo soy.
Y lo soy. Así que cuando os conviertáis en genios, a mí no me parecerá mal que lo confeséis. Mi buen amigo es Emersonius, o Emer, para los amigos. Y eres un minotauro. Yo soy un tecnogoblin y eres un minotauro. La gente como nosotros no se hacen amigos. Pero nosotros nos hicimos amigos del alma porque, entre otras cosas, somos víctimas. Víctimas destinadas al sacrificio, al olvido, a ser los monstruitos feroces que veis en las portadas de los cómics de fantasía. Con un forzudo en cueros y una tía espléndida medio desnuda a sus pies, enfrentándose a gente como Emmer y yo. Y digamos que nos hemos cansado de eso. Hace cosa de diez años, un buen número de amigos perseguidos, vilipendiados y proscritos, construimos nuestro propio laberinto, no para que sirviera de prisión, sino para que sirviera de refugio. Queríamos vivir en paz, pasando de los humanos y viviendo con honradez, a nuestro rollo. Y nos fue bien porque todo aquel despistado que se metía en nuestro laberinto, o bien se perdía y moría de inanición, que ya os digo, que nuestro laberinto tiene el tamaño de un país medio, o bien, bueno...
El intruso caía en alguna trampa mortífera o tenía algún encuentro. Y como los habitantes del laberinto éramos todos monstruos, pues digamos que los asustábamos un poco, los perseguíamos y por fin los machacábamos. Y a veces pues nos los merendábamos dependiendo de cómo anduviéramos de hambre. Malditos monstruos, enfrentaros a mí, soy un guerrero poderoso, os voy a dar caña y os voy a titular con mi espada. Todo fue bien durante años y hubo un poco de todo, guerreros, soldados, mercenarios, incluso un pequeño ejército real de no sé qué sitio que pasaba por allí. Nuestro laberinto gigante estaba enclaustrado en una enorme cordillera y gran parte de su construcción se había excavado hacia las entrañas de la tierra, así que ya debías ir bastante perdido para que acabaras llegando a la puerta de nuestro laberinto. Y lo dejábamos bien claro en el portal de la entrada. Laberinto. Y luego, runas de peligro y mucho peligro y de cuidado anda. Con todo... La gente se metía dentro porque, en fin, en muchos laberintos hay tesoros y dragones de oro que conceden deseos y otras cosas de ese tipo, ¿no? Pues no.
Esos son mazmorras, no laberintos. En los laberintos solamente hay monstruos, o por lo menos uno. Además, los dragones de oro no conceden más deseos que calcinar a su cena si esta lo pide, por favor. ¿Tesoros? ¿En un laberinto? ¿En serio? El caso es no querer enterarse. Hola, soy Granks Tranks Franks y soy un dragón de oro. Y no concedo deseos. No me gusta la carne humana. Yo soy más de cerdo, ternera, vamos, lo normal. Y los refrescos con gas que me chiflan, sí. Ya te digo que sí. Bueno, Emersonius, como Minotauro que es, era el alcalde del laberinto y no es que sea muy listo, pero es justo. Y creo que a su manera tiene buen fondo. Y eso, los que le conocen, lo detectan a la primera. Es un buen tipo. Merece la pena luchar a su lado. Incluso merecería la pena morir por él. Preferiría no tener que hacerlo, pero si no hubiera más remedio, si de verdad no hubiera más remedio, yo lo haría. La vida de Mern no fue fácil ni un día, y la mía tampoco. El caso es que todo empeoró de verdad el día que llegó el primer héroe a nuestro laberinto. Un soldado...




















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