
"Ese Autobús es Otro Mundo" de Stephen King

Description of "Ese Autobús es Otro Mundo" de Stephen King
Hay una clase de terror particularmente eficaz que no necesita monstruos, casas encantadas, criaturas sobrenaturales ni acontecimientos imposibles. Es el terror que aparece cuando la realidad cotidiana nos coloca frente a una decisión moral y descubrimos, quizá demasiado tarde, que ninguna de las opciones disponibles resulta completamente cómoda. Stephen King ha demostrado en numerosas ocasiones que entiende perfectamente esta clase de miedo, y «Ese autobús es otro mundo» (That Bus Is Another World) es uno de los ejemplos más interesantes de esa vertiente de su literatura.
El relato apareció originalmente en Esquire en 2014 y posteriormente fue incluido en The Bazaar of Bad Dreams, colección publicada en 2015 y formada por una veintena de relatos en los que King explora diferentes formas de culpa, miedo, muerte, moralidad y consecuencias inesperadas. La historia se aparta deliberadamente de buena parte de los elementos más reconocibles del autor. No estamos ante un pueblo de Maine amenazado por una criatura, ni ante una presencia sobrenatural que invade la vida de una familia. El protagonista es un hombre corriente que viaja en taxi por Nueva York para acudir a una reunión profesional extraordinariamente importante cuando, desde el interior del vehículo, observa algo terrible en un autobús que circula junto a él.
Música y Ambientación:
Mattia Cupelli
Remixed by JoTa
Blog del Podcast:
https://lanebulosaeclectica.blogspot.com/
X:
@nebulectica
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Ese autobús es otro mundo. De Stephen King, la madre de Wilson, que no era la alegría de la huerta, solía decir, cuando las cosas empiezan a torcerse, siguen torciéndose hasta que hay lágrimas. Consciente de ello, como de todas las manifestaciones de sabiduría popular que había aprendido a las faldas de su madre, una naranja es oro por la mañana y plomo por la noche. Esa era otra de las perlas de su madre. Wilson tenía la cautela de proveerse de un seguro de viaje, que él consideraba un parachoques. Antes de ocasiones que eran especialmente importantes. Y en su vida adulta ninguna ocasión había sido tan importante como esa visita a Nueva York, donde presentaría su portafolio a los mandamases de Market Forward. MF era una de las principales agencias de publicidad en la era de Internet.
La agencia de Wilson Southland Concepts era una empresa de un solo empleado con sede en Birmingham. Oportunidades como esa no se presentaban dos veces, y por tanto un parachoques resultaba vital. Por eso llegó al aeropuerto de Birmingham, Sutherwald, a las 4 de la madrugada, para un vuelo sin escalas que despegaba a las 6. Aterrizaría en la guardia a las 9 y 20. La reunión, en realidad una prueba, estaba programada a las 2 y media. Un parachoques de 5 horas le parecía un seguro de viaje más que suficiente. Al principio fue todo bien. El auxiliar de vuelo, tras consultarlo con sus superiores y recibir su aprobación, autorizó a Wilson a guardar su portafolio en el portaequipaje de primera clase, pese a que el propio Wilson viajaba en clase turista.
En tales cuestiones, la clave estaba en solicitarlo con tiempo, antes de que la gente empezara a agobiarse. La gente agobiada no quería ni oír hablar de lo importante que era el portafolio de un pasajero, o de que acaso fuera su billete al futuro. Tuvo que facturar una maleta, porque si resultaba que quedaba finalista para hacerse con la cuenta de Siglo Verde, y era una posibilidad, porque de hecho se hallaba muy bien situado, ¿acaso pasara diez días en Nueva York? Desconocía cuánto tiempo se prolongaría el proceso de criba y no quería mandar su ropa a la lavandería del hotel, como tampoco quería encargar las comidas al servicio de habitaciones. Los extras de los hoteles eran caros en todas las grandes ciudades y exorbitantemente caros en la Gran Manzana.
Las cosas no se torcieron hasta que el avión, que despegó puntualmente, llegó a Nueva York. Allí, como consecuencia de un atasco de tráfico aéreo, ocupó su posición en la cola. Y, subiendo y bajando en aire gris, voló en círculo por encima de ese punto de destino que los pilotos, con toda la razón, consideraban un vertedero. Se oyeron chistes no especialmente graciosos y francas quejas, pero Wilson permaneció sereno. Disponía de su seguro de viaje. El parachoques era holgado. El avión aterrizó a las diez y media, con poco más de una hora de retraso. Wilson fue la cinta de recogida de equipaje, donde su maleta no apareció. Y no apareció. Y no apareció. Finalmente solo quedaban él y un viejo barbudo con boina negra, y en la cinta solo faltaban por recoger un par de raquetas de nieve.



















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